por Fernando Pérez Montesinos *

El liberalismo vive desde hace ya bastante tiempo una crisis profunda. Se habla con frecuencia de la gran desorientación que sufren las muchas corrientes de izquierda a partir de la caída del muro de Berlín. Sin embargo, el desconcierto que reina entre las filas del credo liberal es tanto o más grave (y preocupante) que el de la atribulada izquierda. Sorprende que incluso muchos de sus más lúcidos defensores apenas hayan reparado en este hecho.

Acaso los triunfos del liberalismo económico de las últimas décadas no sólo hicieron mella entre sus opositores, sino también causaron severos estragos entre quienes por convicción encuentran en la alternativa liberal una ideología y un programa para la construcción de una mejor sociedad. La extraordinaria y hasta arrogante complacencia con la que pensadores y críticos liberales (por no mencionar a sus técnicos dentro y fuera del gobierno) abordan la subordinación de la vida pública a fines enteramente utilitarios es menos un signo de fortaleza que un síntoma de la escasez de miras de “nuestro” liberalismo —el que nos tocó vivir (padecer, dirían algunos).

El liberalismo contemporáneo, el de la supuesta victoria cultural del panismo, es una versión muy pobre de sí mismo. Ha dejado de ofrecer alternativas que apelen a la ciudadanía. Su mensaje no es ya (como algunas veces lo ha sido en estos últimos dos siglos y pico) el de ampliación de derechos y libertades. Su prioridad es simple y llanamente la de crear riqueza (no patrimonio ni bienestar, sino sólo abundancia de cosas). Incluso principios e instituciones liberales fundamentales como el gobierno representativo sirven hoy de argumento para limitar la participación ciudadana y el debate público (como las ahora tristemente célebres palabras del senador priista David Penchyna hicieron recientemente constar).

Este liberalismo es, en realidad, adverso al cambio. Califica a sus opositores de sostener ideas viejas y de negarse a entrar en sintonía con la “modernidad”, pero repite una y otra vez argumentos y promesas que se viene oyendo desde hace muchas generaciones. Se enorgullece de desmantelar derechos colectivos, pero a cambio sólo ofrece mantener un mínimo de garantías democráticas. Cuando se le obliga a ir más allá de la participación electoral o cuando sus propios argumentos sobre la justicia y la igualdad son llevados en una nueva dirección, se ofusca y se refugia en sus viejas y conocidas fórmulas. Este liberalismo inventa poco y permite muy poco la invención ajena. Está hecho para conservar.

En el fondo, lo que le ha sucedido al liberalismo es que su doctrina económica (y la visión del mundo que ella supone) terminó nuevamente por engullir sus convicciones políticas. Lo más que los defensores y promotores de la reforma energética pueden hasta ahora ofrecer es que en un tiempo aún no determinado los recibos de luz y gas serán más baratos. Cosa nada despreciable, sin duda, pero hay muchas y buenas razones para mantenerse escéptico. Más importante aún, no existe detrás de esa promesa nada con qué construir una nueva vida pública o proyecto colectivo alguno. El ideal de sociedad a la que se invita es el de un suburbio donde no hay otra plaza pública que el centro comercial, al que no se puede llegar sino en automóvil y en donde sólo se puede comprar en tiendas de grandes corporaciones repletas de productos hechos todos con los mismos colores, los mismos sabores y hasta los mismos olores. Se trata de una sociedad no sólo sin verdaderas alternativas, sino de una tremendamente monótona y aburrida.

"We Need a Revolution", de Dan Tague.
“We Need a Revolution”, de Dan Tague.

El dilema al que se enfrenta hoy el liberalismo no tiene tampoco nada de nuevo. El animal político de Locke, como muchos autores han argumentado, es en última instancia un animal económico. La política, en ese sentido, no es más que un derivado de la vida económica. Esa racionalidad mecánica fue la que, según notó lúcidamente E. P. Thompson, emparentaba al marxismo economicista ortodoxo con la economía política liberal. Esa “disposición de la especie humana a definir sus necesidades y satisfacciones en términos del mercado material —y lanzar todos los recursos del globo al mercado—“, apuntaba Thompson, “muy bien puede amenazar a la misma especie humana (tanto en el norte como el sur) con la catástrofe ecológica”. Y agregaba: “El ingeniero de esa catástrofe será el hombre económico, ya sea en forma del clásico capitalista avaricioso o en forma del hombre económico rebelde de la tradición marxista ortodoxa” (Customs in Common [Londres: Penguin Books, 1991], 15).

Poner todas las esperanzas en la abundancia material que el capitalismo ha demostrado ser capaz de generar es también apostar al desastre político. La última gran crisis del liberalismo (no sólo económico, sino político) resultó en el ascenso del fascismo y el autoritarismo. Muchos de los defensores del liberalismo, un vez más, parecen estar dispuestos a cobijarse y regodearse en los “éxitos” de su forma económica elemental —de todas la que más renuencia ha mostrado tener a transformar políticamente a la sociedad—. Acaso esta vez habrá entre ellos quienes recuerden los peligros que esa actitud complaciente acarrea (incluso para la sociedad que han creado).

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