por Wilphen Vázquez Ruiz *

Las precipitaciones pluviales que han azotado buena parte del territorio nacional durante esta temporada han sido históricas; empero, ello no cambia el hecho de que el nuestro es un país cuya mayor parte del territorio es árida o semiárida, por lo que el agua en sí es un recurso relativamente escaso si se promedia la disponibilidad que de ella se tiene por habitante —aún cuando en la región sureste este líquido abunde.

El agua, sin duda, refleja en buena medida la relación desleal que hemos mantenido con el medio ambiente. En lo que toca a la zona metropolitana del valle de México, por ejemplo, la transformación del entorno difícilmente encuentra un parangón semejante. Esto es, la ciudad se asienta sobre una cuenca que a partir de la conquista de México —concretamente con los trabajos de Enrico Martínez al despuntar el siglo XVII— comenzó a ser drenada, proceso que continuó hasta el siglo XX. Del sistema lacustre original sólo sobreviven un puñado de canales en Xochimilco, un humedal en la zona de Chalco y los remanentes del lago de Texcoco empleados como contenedores en la época de lluvias. De esta forma, el área que formaban los lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco, que rondaba los 800 o 1 100 kilómetros cuadrados (dependiendo de la época del año), fue sustituida por una plancha de concreto y asfalto que supera los 3 mil kilómetros cuadrados de extensión.

Durante los siglos en que la población de la ciudad permaneció estable y reducida, los requerimientos de agua fueron satisfechos con fuentes colindantes; empero, con el aumentó vertiginoso de la población estas fuentes de abastecimiento vieron tanto su agotamiento como su insuficiencia para cubrir las demandas de una urbe que a la fecha supera los 20 millones de habitantes. La única solución que se planteó como viable fue importar el líquido de cuencas vecinas. Esto fue posible a partir de 1951, durante el sexenio de Miguel Alemán Valdés, con la inauguración del sistema Lerma, mismo que posteriormente fue ampliado en 1976, durante el sexenio de Luis Echeverría, con el sistema Cutzamala. En conjunto ambos aportan el 42 por ciento de los más de 31 metros cúbicos por segundo que consume la parte de la ciudad que se encuentra en el Distrito Federal. Un porcentaje menor se obtiene del sistema de pozos de Barrientos y de la Caldera, así como de otros manantiales, en tanto que el 47 por ciento restante se obtiene por la extracción del vital líquido de los mantos freáticos. Cabe decir que, en la actualidad, la extracción se lleva a cabo desde profundidades que rondan los 300-450 metros, dependiendo de la zona en que se ubiquen los pozos.

La fuente de Tláloc en Chapultepec, edificada en uno de los puntos del sistema Lerma, y decorada por Diego Rivera.
La fuente de Tláloc en Chapultepec, edificada en uno de los puntos del sistema Lerma, y decorada por Diego Rivera.

Traer agua a la ciudad mediante el sistema Lerma-Cutzamala implica, por una parte, afectaciones importantes para las comunidades a las que son retirados estos recursos hídricos, principalmente en lo que se refiere a agricultura y ganadería. Ello sin contar los enormes costos económicos que representa el bombeo de grandes caudales de agua desde una altura de 1 600  metros sobre el nivel del mar a una de 2 700 metros, amén de recorrer desde el punto de origen al de llegada una distancia de 62 kilómetros, en el caso del río Lerma, y 130 kilómetros desde el Cutzamala. Por otra parte, la extracción de agua del subsuelo ha provocado que, en los últimos 150 años, algunas zonas de la ciudad se hayan hundido cerca de 13 metros, lo que abunda en un círculo vicioso por el que hasta el 40 por ciento del agua se desperdicia —ya sea por fugas en la red de distribución o, lamentablemente, por un malas prácticas de consumo.

En lo tocante al tratamiento y uso de aguas residuales, la ciudad cuenta con una capacidad cercana a los 3.5 metros cúbicos por segundo, cantidad nada despreciable pero sí insuficiente para la demanda de usos que no requieren de agua apta para el consumo humano.

Ahora, de acuerdo con parámetros establecidos por la Organización Mundial de la Salud, el consumo diario mínimo de agua para una persona debe ser de 50 litros, a fin de satisfacer sus necesidades de alimentación e higiene. En las urbes, sin contar el desperdicio, el promedio de consumo de agua por persona ronda los 200 litros diarios, rango en el cual están los capitalinos; empero, las diferencias en la disponibilidad del vital líquido llegan a ser por demás abismales si se comparan los 20 litros de los que disponen los estratos de menores ingresos con los 600 o más que consumen los segmentos con mayores recursos económicos. Si a esto le añadimos una baja recaudación por parte de las autoridades por los costos del Sistema de Aguas de la ciudad de México, el resultado es el que vivimos cotidianamente y con un serio déficit de recarga de los mantos freáticos que, al ritmo actual de consumo, se estima serán explotables tan sólo 30 o 40 años más.

Por supuesto, el problema del abasto y distribución de agua en las grandes urbes, como la nuestra, nunca estará exento de problemas. Sin embargo, en nuestro caso en particular, la condición se agrava por una cultura muy pobre no sólo hacia el agua sino hacia el medio ambiente en general. Si bien es cierto que en las zonas urbanas se comienzan a dar los primeros pasos para que la conciencia ecológica vaya permeando las conciencias de los niños pequeños y estudiantes de otros niveles, el camino es aún muy largo y tortuoso para lograr que los vicios en el consumo de agua sean, si no eliminados, cuando menos sensiblemente aminorados. Por lo pronto, estamos obligados a impulsar ese cambio con nuestro actuar diario.

4 Comments

  1. Aunque la tecnología actual permite la reducción de costos y el incremento de la captación, no se ve intención de las autoridades por realizar cambios o para establecer un programa de sustitución y mantenimiento adecuado. Las instalaciones envejecen a la par de que se construyen edificios sin tener certificación de autosustentables y propiciando al continua centralización urbana de la capital. Al respecto se requiere de la conformación de organizaciones universitarias que diagnostiquen, propongan y difundan el problema desde las diferentes disciplinas que lo integren.

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  2. Hola, me parece oportuna tu nota, sin embargo, sesgada y con el lugar común de que “el ciudadano” es el responsable de todo. No disculpo la falta de conciencia ambiental entre los mexicanos, pero me parece que el discurso sobre “la culpa”, además de rizar el rizo, lo que hace es que no nos demos cuenta de que la mayor obligación sobre el asunto la tienen gobiernos y empresarios… yo jamás tendría dinero para comprar un pedazo de monte, talarlo y convertir el sitio en un centro comercial (date una vuelta pasando Perinorte y me comprenderás)… estas inundaciones tienen relación también con la “cementización” de áreas verdes que quedan incapacitadas para “tomarse” el agua del cielo y que no nos inundemos, además de el problema de la basura. No es que sólo tiremos basura, es que también pagamos impuestos para se recogan los desechos de quienes no tienen esta conciencia ambiental, y el sistema de recogia de basura en México… ¿es un sistema, tienen sistema?… En el DF ya hay que separar la basura y sacarla en días señalados… ¿y lo que yo reciclo termina en contenedores específicos de diferentes materiales?… Por favor, dejémos de sentirnos culpables de todo y miremos a quienes deciden y organizan este país “democráticamente”. Saludos

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  3. Gracias por advertir la errata —que se fue así en la primera versión de la compilación hedomadaria—. Tenemos la cara roja de vergüenza desde entonces.

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