por Alejandro Herrera Dublán *

Estimadxs Daniel Castillo Santander, José Luis Valdés Ortiz, Leislie Michelle Guendulain Quintero, Julián González de León Heiblum, Francisco Javier Orozco López, Rubén Octavio Amador Zamora, Luis Fernando Granados, Gerardo López Luna, Marcela Arce Tena, María Cristina Montoya Rivero, Rosalía Velázquez Estrada, Hugo Betancourt León, Georgina García Sandoval, Rosa Carmen Merino Corona, Adriana Fernanda Rivas de la Chica, Omar Ali Salazar Blas, Elizabeth Carbajal Huerta, Alejandro Reyes Juárez, Víctor Manuel III Cuchí Espada, Pablo Escalante Gonzalbo, Estela Roselló Soberón, Thalía Iglesias Chacón, Daniela García Díaz, Susana García, Angélica Portillo, Concepción Jiménez, Gabriela Fernández, Paulina Latapí Escalante, Federico Navarrete, Eulalia Ribó, Álvaro Vázquez, Marialba Pastor, Mercado Pérez Tagle, Francisco Márquez de Sampedro, Benjamín de Jesús, Silvia Ramírez Campos, Sergio Orlando Gómez Méndez, Cristina Yarza Chousal, Esteban Marín Ávila, Ana Silvia Rábago Cordero, Miguel Ángel Ramírez Batalla, Alejandro Zavaleta Chávez, Leonardo Salinas, Consuelo Rosa Sosa López, Marco Antonio Cervantes González, Olivia Morales Castillo, Franco Savarino Roggero, Lilia Juárez Fiesco, Andrea Mutolo, Susana Luisa Sosenski Correa, Sebastián Plá Pérez, Natzín Itzaé García Macías, Elisa Speckman, Alfredo Ávila, Erika Pani, Felipe Ávila, Evelia Trejo, Leonor García Millé, Álvaro Matute Aguirre, María de la Luz Vázquez Segura, Consuelo Gómez Sañudo, Carolina Lugo Vázquez, María Karina Armendáriz Juárez, Harim Benjamín Gutiérrez Márquez, Mario Rafael Vázquez Olivera, Israel Álvarez Moctezuma, Alberto Betancourt Posada, León Enrique Ávila Romero, Armando Pavón Romero, Clara Inés Ramírez González, Rosalina Ríos Zúñiga, Elvia Zúñiga Lázaro, Antonio Avitia Hernández, Thalía Iglesias, Marco Izaguirre, Héctor Guzmán, Carmen Guzmán, Enrique Krauze, Andrea Martínez, Patricia María Montoya Rivero, Ma. Guadalupe Ramírez Ornelas, José de Jesús Nieto López, María del Socorro Betancourt Suárez, Rigoberto F. Nieto López, Oxana Pérez, Dessireé Herrera, Rosa Ortiz, Teresa Armendáriz, Gabriela Estela, César Isaac Velázquez Piedras, Samuel Soria Reyes, Rosario Rico Galindo, Margarita Ávila Ramírez, Cristina Yarza Chousal, Francisco Quijano Velasco, Ríos Saloma, Martín F., Tania P. Gopar Aguilar, Ruth Aguilera Zúñiga, Alfonso Rodríguez, Enrique Ávila, Carlos Andaluz, Efraín Gracida, Susana García, Alfredo Ruiz Islas, K. Alejandra Pinal Rodríguez, Alejandro Zabaleta Chávez, Adela Cedillo Cedillo, Ricardo Gamboa Ramírez, Alberto Sánchez Cervantes, Cecilia Rosario Urbán Sánchez, María de Lourdes Hernández Rosales, Mayra Santos Medina, Arturo Miguel Ramos, Rosario Benítez García, Rolando Rosas Camacho, Claudia Sierra Campuzano, Gabriel Torres Puga, Luis Alberto Arrioja Díaz Virruel, Luis Aboites Aguilar, Ana Silvia Valdés Borja, Ana Itzel Juárez Martín, Susana Dessireé García Herrera, Erika Granja Hernández, Michell Schwulera Muro y Ana Cristina González Casillas:

Sus nombres aparecen en la lista publicada en el Diario Oficial de la Federación del 25 de julio de 2013 como autores de los libros de texto autorizados por el gobierno federal para su uso en las escuelas secundarias del sistema educativo nacional en el ciclo escolar 2013-2014. Para lograr lo anterior, ustedes aceptaron realizar una tarea que es noble y solidaria porque parte del principio de servicio a la comunidad que directa o indirectamente ha construido las condiciones bajo las cuales cada unx se preparó académicamente, de manera mayoritaria, en escuelas públicas.

Ante la aprobación de la reforma educativa y sus leyes secundarias, así como por la manifiesta inconformidad de una gran cantidad de maestros de educación básica frente a ese hecho, creo pertinente enfatizar que su labor como autores de la que todavía es la principal herramienta de trabajo en el proceso de enseñanza-aprendizaje de la historia no termina con el reconocimiento de validez que les concedió el estado. Considero que la responsabilidad que asumieron los obliga a mantener un estrecho contacto con los protagonistas de ese proceso, que de manera señera somos los alumnos y maestros que usamos sus libros.

La circunstancia actual es propicia para que se manifiesten con claridad, contundencia y profundidad sobre el sentido de la reforma educativa del gobierno de Enrique Peña Nieto. Si tuvieron que aceptar ser promotores de la historia oficial —en muchos casos en contra de sus principios— para poder incidir subrepticiamente en la construcción de la conciencia histórica de los alumnos de educación básica, quiero decirles que no basta el sentido crítico con el que algunos de ustedes decidieron marcar a sus libros de texto; que la historia se construye para y desde el presente y que si siguen manteniéndose ajenos a lo que hoy sucede en el seno del magisterio nacional, sus nombres y sus obras seguirán siendo una representación más de la historia muerta, aburrida, inútil y defenestrada por los alumnos, pero tan útil y necesaria para prolongar la existencia de un sistema político y económico injusto al que con sus obras y con su silencio, están ayudando a sostener.

¿Conocimiento muerto?
¿Conocimiento muerto?

No dudo de que entre ustedes hay varixs que, por otros medios, han hecho más de lo que yo les sugiero en esta carta. Sin embargo, creo que si ya aceptaron ser congregados por este mal gobierno, bien podrían hacer el esfuerzo de reunirse, pero ahora lejos del aura del oficialismo que hoy por hoy los identifica, para pronunciarse acerca de una situación que incidirá en la utilidad y aprecio de su propio trabajo a partir del hecho de que los maestros tenemos que soportar un régimen de trabajo indigno y por lo tanto impropio para aprovechar adecuadamente sus obras.

Demuestren con acciones evidentes para todos los alumnos y maestros de secundaria que la historia sirve para algo, que “es nuestra y la escriben los pueblos” y, como tal, que la estamos haciendo día con día, que no tenemos que esperar unos años para poder “comprender o interpretar” los hechos con “perspectiva histórica”; más aún, que no se trata tanto de comprender o interpretar la historia, sino de cambiarla para bien de la mayoría.

Se los pide un maestro de historia en secundaria.

2 Comments

  1. Definitivamente comparto tu petición, que en realidad debería ser una exigencia. Recuerdo que en 2006, Enrique Krauze dio una serie de conferencias en El Colegio Nacional sobre historia. La última de ellas trataba sobre la enseñanza y difusión de la historia y estaba en efervescencia el tema de la Reforma Integral de la Educación Secundaria (RIES). Krauze aceptó preguntas en esta última charla y yo le pregunté sobre su opinión sobre la RIES y las consecuencias de recortar la historia de México en secundaria para darle lugar a eventos históricos estadounidenses y al milagroso año 2000, el año de la democracia. Para mi asombro (y digo que para el mío nada más, pues el público pareció indeferente a la respuesta), este hombre que se ha ganado un buen billete y buena posición social-intelectual, me dijo que al él no le interesaba la política y que esas eran cuestiones meramente políticas… Yo alucinaba. Sin embargo, en virtud de la pleitesía que se le rinden a las “grandes eminencias” como él, las siguientes “preguntas” del auditorio fueron más bien comentarios sobre la gran ayuda que había supuesto para los profesores allí asistentes, la impartición de las charlas… y ya sabes, agradeciendo la bondad del doctor Krauze en haberse relacionado con la plebe de la docencia durante esa semana.

    Muy triste de verdad. Yo salí muy indignada, no sólo por la respuesta de Krauze, sino por la superficialidad del auditorio. Además, si revisamos la historia de la educación en México, es evidente que el concepto “educación” tiene dos visos bien definidos: la básica y la superior. Generalmente los “avances” y las “virtudes” recaen en la segunda, mientras a la educación básica se la ha condenado a servir como “comodín” entre el populacho, al que se tiene como bruto y por el que no vale la pena voltear hacia él. Caso excepcional el de Vasconcelos, tan excepcional como el poco tiempo que duró.

    Y es que me parece que en los temas de educación también hay clases, por no decir “razas”: la clase media universitaria y, por ende, cultivada, que hace carrera en la academia es clasista-racista o no sé cómo podría llamársele. Basta pensar en los lugares de reunión de la clase intelectual mexicana… el Starbucks, por ejemplo, donde inusualmente (por no decir, nunca) se verá a un adulto mayor que está cursando programas de alfabetización.

    Además, ¿qué están haciendo los académicos en, por, para la política de este país? Estoy de acuerdo que un docente es la punta de lanza para el desarrollo de la conciencia crítica entre sus estudiantes. Pero, más allá de eso, como colectivo intelectual, ¿dónde está hoy el pronunciamiento de los profesores de planta en la universidades públicas sobre las reformas?, ¿por qué si pueden gozar de que su trabajo buena parte está sustentado en el pensar, no se vinculan para comunicar su postura crítica fundamentada en teorías y prácticas sociales?, es decir, ¿qué están haciendo, además de juntar puntos para el SNI?

    La academia universitaria mexicana es juez y parte de lo que sucede en México. Porque sus integrantes llegan a ocupar lugares privilegiados (muchos, sin merecerlo) y desde el aula teorizan sobre el mundo, pero al momento de tener agallas para enfrentar al sistema que los mantiene se echan para atrás, considerando que esos no son sus asuntos, que México siempre ha sido así, que qué les importa si la impronta que dejan en sus alumnos y en la sociedad es suficiente, en fin… que su problema es su tema de investigación sin vinculación con el mundo actual y su función es acumular canicas para el Conacyt.
    Y luego los profes nos quejamos de que los alumnos no leen… pero de alguna manera son coherentes pues miran en una buena parte de sus profesores que ni están tan leídos, ni son tan críticos, ni son tan responsables… y aún así, son académicos con muchas canicas.
    Saludos

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  2. Soy profr de educación secundaria. Mi Lic es en educación con especialidad en ciencias sociales. Mi comentario va en el sentido de que la información que nos brindan para la elección de los libros de texto de historia es corta. Mi sugerencia es que nos envíen información completa para tomar una buena eleccion del libro de texto. Gracias

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