Historia pública en construcción

por Halina Gutiérrez Mariscal, Fernando Pérez Montesinos y Luis Fernando Granados *

Trescientos sesenta y cinco días después, quienes hacemos esta publicación hemos confirmado eso que Perogrullo —y la antropología y a veces también la sociología— saben desde tiempo inmemorial: que las comunidades se hacen, se construyen de manera cotidiana. Cada día un poco más, tropezándose a veces, encontrándose a menudo, balbuceando una conversación que todavía, al menos en nuestro caso, está lejos de convertirse en discurso.

Durante un año escaso y a la vez larguísimo, la comunidad que se constituye y se encuentra en este espacio —más de dos mil personas que “siguen” el blog en Facebook, Twitter y por correo electrónico, las más de 180 mil veces que algún texto ha sido leído—, ha ido descubriendo e inventando una manera de practicar la historia para la cual no recibimos educación alguna: desde el presente y para el presente, negando la idea de que el pasado es algo desligado de la vida, intentando transparentar las maneras en que se construye el conocimiento histórico, experimentando con géneros y saberes ajenos a nuestra formación, imaginando soluciones para los muchos dilemas que enfrenta la disciplina, fantaseando con romper las camisas de fuerza que definen a nuestro oficio. Como este ensayar una historia pública está en construcción, a nadie deberían sorprender nuestros deslices e imprudencias, la inocencia de algunos de nuestros textos, lo heteróclito de nuestras miradas, la torpeza con que a veces nos expresamos; también los tropezones forman parte del aprendizaje.

Heterogeneidad discursiva

Heterogeneidad discursiva

Paradójicamente, la creatividad, el sentido crítico y la determinación de quienes leen y comentan y escriben en este sitio no es sino consecuencia de la crisis política y cultural por la que atraviesa nuestro país. Si alguien imaginó que la restauración priista iba a significar el restablecimiento de la paz social o la reconstrucción del estado (mafioso) de bienestar, los últimos diez meses han actualizado —dolorosa, groseramente— la sabiduría desplegada por Marx al principio de El 18 brumario de Luis Bonaparte: no hay peor cosa que la segunda parte de una mala obra.

Nada lo ilustra mejor que la política educativa del gobierno. Acaso porque la SEP está encabezada por el responsable último de la matanza de Acteal, el nuevo régimen sólo ha sabido comportarse de manera sectaria y gangsteril, primero decapitando al sindicato de profesores sin tocar su estructura antidemocrática, más tarde cediendo a la presión de quienes buscan transformar el patrimonio histórico y cultural en mercancía turística, y finalmente, y de modo más oneroso para el futuro de la sociedad, imponiendo una reforma laboral que socava —volatilizándolas— las condiciones de trabajo de los docentes de primaria y secundaria sin atender en absoluto las causas del deterioro de la educación pública en México.

En ese sentido, la comunidad y la visión que ha ido articulándose en este espacio puede verse como una de las muchas respuestas sociales a la crisis del sistema educativo en su conjunto. No es casual que los dos textos más difundidos hasta ahora sean el de Aurora Vázquez Flores con la primicia de la destitución de Boris Berenzon de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (36 811 lectores) y el de Renata Schneider sobre el despido de Sergio Raúl Arroyo de la dirección del INAH (11 420 lectores).

La suerte de la educación pública nos preocupa y nos compete porque, más allá de las diferencias políticas, profesionales y metodológicas con que nos acercamos al pasado, lo que parece unir nuestro esfuerzo es la certeza de que la historia es ante todo un aprendizaje: un proceso de interrogación, crítica y debate —que expresamos como estudiantes y como maestros, que practicamos cuando escribimos o cuando ensayamos otras formas de comunicación— que sólo tiene sentido si se hace de manera colectiva, en sociedad y de cara a la sociedad.

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