por David F. Uriegas *

Una de las características más fascinantes acerca de las historiografías son sus cambios —aunque por cambios no debe entenderse necesariamente progreso, desarrollo o evolución, pues aunque algunos de estos sí se han desarrollado en cierta medida hacia algo mejor, es difícil, complejo e incluso autoritario decir que tal o cuál historiografía es mejor.

Estos cambios en las historiografías nos han servido para comprender el devenir de la historia de maneras distintas. Tales cambios han sucedido gracias a los cambios de paradigmas filosóficos o teológicos que se han hecho en torno de la manera en que se ha comprendido y pensado el mundo, lo real. Por esa razón (mas no la única), las formas en que se han escrito las historias también han sido diversas. No por nada muchos académicos ponen énfasis en la historia de la historiografía, tanto mexicana como universal. Y no por nada, por otro lado, el esfuerzo de una gran variedad de intelectuales por esclarecer los problemas que tales cambios representan en la comprensión e interpretación de la historia.

Todo cambio en el pensamiento, digamos, social, local, familiar, nacional, continental, etcétera, representa un cambio deliberado en la forma en que los sujetos comprendemos el mundo. En otras palabras, cuando al niño se le revela que el tal gordo navideño no es real, el niño comienza a replantear su propia comprensión acerca de dicha festividad. Y no sólo eso: también sus prácticas en torno de tal festividad sufrirán cambios novedosos. Si bien éste es un ejemplo burdo, no nos cabe duda que tales cambios suceden en una escala aún mayor. Ya con el advenimiento del pensamiento moderno, sacar a dios de la ecuación de la historia fue una cuestión que revolucionó la manera en que las potencias europeas comprendían su mundo: ya no era dios quien hacía la historia, sino los hombres (de occidente).

Si bien las teorías y filosofías de la historia contienen una profunda controversia y complejidad que aquí no puedo (ni soy capaz de) detallar, es un hecho que tales cosas no son ajenas a ninguno de nosotros: todo individuo está sumergido en tal o cual ideología que hace pensar su mundo de tal o cual manera. El conocimiento acerca del pasado influye en la cosmovisión que se tiene, y tal conocimiento queda reflejado en las prácticas sociales.

Luego entonces, ¿cómo los mexicanos han estado entendiendo el conocimiento del pasado? ¿Lo están conociendo? ¿Cómo es posible conocer el pasado si el sistema educativo primario y secundario está cimentado en una enseñanza memorística que, no es que no sirva, sino que poco ayuda? Y, si se está conociendo el pasado de tal manera (si uno de los paradigmas es la tal actitud memorística), ¿cómo es que ese “conocimiento” se está reflejando en las prácticas sociales? Quizá para muchos la respuesta sea que tal conocimiento no se refleja en las prácticas, y sería mejor que la asignatura de historia fuera eliminada de la currícula educativa de primaria y secundaria… ¿Acaso esto no suena familiar? ¿Será que los encargados de la currícula del país piensan que tal conocimiento no se refleja en una práctica, o será que lo saben tan bien como para tener la intención de eliminar a la historia de la educación básica?

Representación "histórica" en una secundaria (la secundaria 68 del estado de México).
Representación “histórica” en una secundaria (la secundaria 68).

Los hechos históricos son cosas que siempre van a entenderse de manera distinta, y tener memoria de ellos no sólo es símbolo de salud, sino de identidad. El problema de la disciplina de la historia no es la tal actitud memorística —pues en buena medida, tal actitud tiende a ser indispensable—; el problema (o uno de miles) es lo mucho que se aprende y lo poco que se piensa en lo que se aprende.

1 Comment

  1. Reblogueó esto en @eudoxay comentado:
    El estudio de la historia debe ser, como cualquier otro, un estudio apoyado en el pensamiento crítico. ¿De qué nos sirve memorizar el pasado sin someterlo a un análisis que sirva para el presente?

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