por Alicia del Bosque *

Está previsto que, en unas horas, Barak Obama pronuncie el discurso conmemorativo oficial del cincuentenario de la  “marcha sobre Washington” del 28 de agosto de 1963. Dadas las circunstancias, su discurso ha comenzado a generar una cierta expectativa que por desgracia, pero de manera irremediable, se verá frustrada. Porque no hay forma que aun un orador de su calibre esté a la altura de un episodio cuyo momento culminante fue ese discurso de Martin Luther King (lamentablemente) conocido como “I Have a Dream.”

Hace cincuenta años, cobijado por la estatua de quien apenas un siglo atrás había abolido la esclavitud en Estados Unidos, King se dirigió a una multitud irritada pero llena de esperanza que había colmado la inmensa explanada de la capital estadounidense que se extiende frente al monumento a Lincoln. Se dijo entonces que los manifestantes eran 250 mil, casi todos “negros”, aunque de ninguna manera nada más “negros”. Nunca se había producido una concentración de esa naturaleza, tan masiva, tan ecléctica y tan combativa. King habló poco pero desde una inusitada posición de fuerza: desde la fuerza que generan los movimientos sociales en ascenso. Si su discurso resultó electrizante fue sobre todo porque en unos cuantos minutos sintetizó el sentido de un movimiento ya entonces antiguo y fogueado, cuyas victorias más espectaculares y decisivas —la ley de derechos civiles de 1964, en particular— estaban todavía en el futuro: “No habrá descanso ni tranquilidad en Estados Unidos sino hasta que al negro se le garanticen sus derechos ciudadanos.” Y más: “Hoy es el tiempo de hacer reales las promesas de la democracia.” (Aquí está el texto.)

Medio siglo después, el panorama no puede ser más desolador, incluso si Obama puede genuinamente enorgullecerse de haber sido el primer presidente “negro” de una república fundada por dueños de esclavos africanos: la desigualdad entre “blancos” y “negros” —y también, por supuesto, “morenos”— en Estados Unidos sigue siendo prácticamente la misma que en 1963. Es cierto que los aspectos más groseros del sistema de segregación racial establecido a fines del siglo XIX y principios del XX —el mundo de Jim Crow— fueron destruidos en los años inmediatamente posteriores al discurso de King y hoy, por ejemplo, el emparejamiento de “negros” con “blancas” ya no es un delito como lo fue en Virginia hasta 1967. Pero eso apenas modificó las estructuras profundas de la opresión afro-estadounidense: apenas erosionados por fenómenos como la inmigración latinoamericana o terriblemente acentuados por el desmantelamiento del estado de bienestar a partir de los años setenta, la segregación espacial y cultural, la pobreza y marginación económicas, y el hecho de que la violencia estatal la afecta muchísimo más que al resto de la sociedad, siguen siendo los rasgos centrales de la experiencia social de la población conocida entonces Negro y hoy como African-American. Basta darse una vuelta por Washington, D. C., por Chicago, Los Ángeles o Nueva York para advertirlo sin necesidad de acudir a la multitud de estudios sociológicos o demográficos existentes —aunque, si de leer se trata, pocos trabajos más desoladoramente magníficos que Urban Outcasts: A Comparative Sociology of Advanced Marginatiliy (Cambridge: Polity, 2008), de Loïc Wacquant.

Desde el poder, en la cresta del neoliberaismo y ante un movimiento social dividido y debilitado —debilitado entre otras cosas porque un sector importante de la militancia afro-estadounidense tuvo la mala suerte de volcarse a una religión que desde 2001 es vilipendiada cotidianamente en Estados Unidos—, es claro que Obama no podrá servirse ni siquiera de uno de los pocos momentos patrioteros del discurso de King (“[…] todavía tengo un sueño. Un sueño anclado firmemente en el sueño estadounidense”) para articular un proyecto social y cultural progresista e incluyente. La timidez exasperante de su gobierno, la triste manera en que ha dilapidado el capital político con que el que alcanzó la presidencia hace cinco años son indicios más que suficientes de lo poco que cabe esperar de su homenaje a la marcha sobre Washington. Y también de lo larga que sigue siendo la sombra de aquel otro afro-estadounidense ganador del premio Nobel de la Paz.

1 Comment

  1. Sería bueno que te dieras una vuelta por Washington, D. C., por Chicago, Los Ángeles o Nueva York para que vieras cómo los negros practican el racismo con la comunidad latinoamericana que debería preocuparnos más que los protagonistas de otras luchas. No sería mala idea que hablaras de Chávez o de otros luchadores sociales de origen latino allá, con nuestros amurallados vecinos del norte.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s