por Rafael Guevara Fefer *

La polisemia propia de la palabra revolución permite que ésta pueda ser adjetivada como científica, política, artística, tecnológica, social o, si se prefiere, neolítica. Pero, ¿qué pasa más allá de la categoría explicativa? Ahí hallamos la realidad histórica y le damos nombre, como en el caso de la “revolución mexicana”. Cierto es que ésta fue una revolución política, pero también es verdad que durante su tiempo hubo otra, una revolución científica que permitió la emergencia de las disciplinas científicas e ingenieriles que habitan en nuestras universidades… y también que, paralelamente, estaba ocurriendo otra, que impelía el arte por el arte y nuevas tecnologías para su producción. La revolución mexicana coincide en tiempo y espacio con la consolidación del cine como técnica, como medio de comunicación y como arte. Y, por supuesto, dicha revolución fue objeto privilegiado de las cámaras que hacían posible el cine.

La revolución cinematográfica se parece a la gestación de disciplinas científicas, la voluntad de nuevas expresiones artísticas, la aparición de nuevos aparatos y prácticas como la que significó “ir al cine”, en que al principio el cine retrataba la realidad y la comunicaba, pero en los años siguientes se invirtió la fórmula: como el arte y la ciencia y la técnica, el cine ya no retrata fielmente la realidad aunque en ocasiones la explica rotundamente, usando sus recursos técnicos y su tradición. (Por eso no debe sorprender la declaración de Hayden White, de que él conoce América Latina a través de Gabriel García Márquez y de Carlos Fuentes, y no gracias a sus historiadores o a cualquier otro científico social.)

Podríamos aceptar que las revoluciones las conocemos por el ojo de Andrej Wajda, Sergei Eisenstein o Felipe Cazals. Estas visiones serían mejor entendidas y disfrutables si conociéramos más sobre las revoluciones y sobre cómo y por qué se hacen las películas que las recrean, ayudándonos a no olvidarlas. Importante asunto cuando el historiador compite con la industria del cine a la hora de contar una historia, pues el pasado humano no está monopolizado por el historiador; al contrario, quienes dominan el mercado de producción y consumo de las mercancías históricas son otros: el estado, Televisa, Hollywood o algunos autores que venden traiciones, amores y toda clase de mercancías propias de mercachifle.

El ciudadano Buelna, de Felipe Cazals (México, 2013), es una película pero también es una representación de la revolución a toro pasado, en tiempos en los que ya había acabado la guerra fría y el PRI estaba por regresar al ejecutivo. La disfruté tanto como su película anterior, Chicogrande (México, 2010). Quizá más, pues tuve la fortuna de hablar de la esta película, entre cervezas y comentarios triviales, que suelen ser la sal de la vida, con un querido colega y experto en nuestra revolución quien, contagiado por mi entusiasmo, me dijo: no he visto la película, pero léete Las caballerías de la revolución: Hazañas de Rafael Buelna, de José C. Valadés (México: Botas, 1937). Seguí su consejo y leí y leí, y no paré de leer hasta que acabé un magnífico texto, que me permitió seguir disfrutando las películas de Cazals.

Rafael Buelna, el "granito de oro".
Rafael Buelna, el “granito de oro”.

Aprovecho para invitar todos a ir al cine y exijo a quien corresponda, es decir al gobierno en sentido amplio, a que trabaje y haga todo lo que se tenga que hacer, para que los ciudadanos podamos ir al cine más seguido a ver películas mexicanas, tal y como lo prometió Carlos Salinas de Gortari cuando inició el desmantelamiento de la industria cinematográfica nacional. También invito al respetable a leer Entre la ficción y la realidad: Fin de la industria cienematográfica mexicana, 1989-1994 (México: Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, 2007), de nuestra querida colega Isis Saavedra.

Ahí podemos encontrar claves históricas para comprender la trayectoria de “nuestro cine, y cómo fue que el espejismo —tan vívido y verosímil que nos vendió Carlos Salinas y su grupo compacto de amigos tecnócratas— permitió que el sempiterno afán de modernizarlo todo nos llevara a asistir a una larga función de seis años en la que el guión visible era mejorar la calidad del cine y ampliar su exhibición internacional; sin embargo, el guión oculto era desmantelar una industria que competía con Hollywood y nos ayudaba a reconocernos como mexicanos” (véase mi reseña del libro: “La industria cinematográfica mexicana: Entre la ficción y la realidad”, en Versión 23 [invierno 2009]: 257-261).

1 Comment

  1. Estimado Rafael, aquí te dejo unos textos que quizá conozcas pero que brindan bastante y muy interesante información sobre la situación del cine mexicano y su relación con instituciones federales.

    El primero es una nota de Vicente Gutiérrez titulada “Revisarán apoyos estatales al cine mexicano”: http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2013/04/14/revisaran-apoyos-estatales-cine-mexicano
    Y el segundo es una réplica que hizo Felipe Cazals a la nota de Vicente Gutiérrez: http://media.eleconomista.com.mx/contenido/especiales/201304/docs240413/felipe_cazals.pdf

    Saludos.

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