por Aurora Vázquez Flores *

La construcción de una crítica de la vida social del conocimiento del pasado requiere que, de vez en cuando, reconozcamos aciertos y errores en experiencias ajenas. Veamos esta vez un museo que parece ser más cercano a lo que a lxs profesionales del pasado nos gustaría ver en nuestro país. Se trata del Museo de Historia de Estocolmo (Historiska Museet) en Suecia —cuya página electrónica en versión en inglés puede consultarse aquí.

Este museo cuenta no con una sino con varias historias de los diferentes periodos de la Escandinavia occidental, según señala su propia información en internet. La muestra se encuentra dividida en tres grandes partes: la dedicada a la prehistoria, la de los vikingos y la que aborda la historia de Suecia a partir del siglo XI. Entre éstas se encuentran, también, salas dedicadas al oro, a los tejidos y al arte gótico. La particularidad del museo radica en la propuesta que hace al espectador. En las tres grandes salas, cada vitrina, montaje y artefacto están dispuestos en función de una serie de problemas planteados al visitante al principio del recorrido.

La sala dedicada a la prehistoria intenta señalar cómo la historia está hecha de diferentes relatos. Por ello, la muestra está compuesta por las narraciones de ocho sujetos distintos y su vida cotidiana en la edad de piedra, bronce y hierro. Los objetos están encaminados a generar una reflexión sobre los roles sociales durante estas épocas. Se señala también la diferencia entre la dimensión biológica y la construcción social de los sexos. Por ello, apuntan las explicaciones, es posible que los objetos antiguos sean catalogados dentro de los museos; su acomodo —reconoce el museo— responde más a la concepción actual sobre los géneros que a su dimensión pasada.

La parte dedicada a las migraciones en Escandinavia comienza señalando que las fronteras actuales no son absolutas ni eternas. La muestra plantea opciones diferentes de recorrido en función de la elección del visitante: salas con preguntas como “¿con quién vives?”, “¿cómo está organizado tu mundo?” y “¿quién cuenta tu historia?” desembocan en la estancia en donde el museo muestra las suposiciones de su discurso. Esta sala muestra gran variedad de cepillos y pregunta qué pasa cuando acomodamos los objetos: cómo pueden ser interpretados de manera distinta dependiendo de cómo son mostrados y cómo son recibidos por los observadores, al tiempo que se invita a reacomodarlos al propio gusto.

La muestra de los vikingos comienza con la aclaración de que la labor histórica tiene que ver con el cambio. Así, la imagen del periodo vikingo no es estática; más bien ha ido cambiando a través del tiempo y es este cambio el objeto de la exposición. Ello se logra a través de la muestra y comparación de las imágenes de los vikingos como mercaderes, como asaltantes brutales o como fundadores de la nación sueca. También se señala que estos diversos usos del pasado proveen legitimidad a través de un discurso histórico.

La muestra de la historia de Suecia se basa en una línea del tiempo que coloca objetos y personajes en función de “nuevas perspectivas del ejercicio del poder”: un relato en el que la mujer encuentra un lugar central como impulsora de transformaciones junto a los grupos minoritarios. Como los sami —último grupo indígena en la península escandinava que habita en el norte de Finlandia, Noruega, Suecia y una pequeña porción de Rusia—, cuya perspectiva es objetivo principal de la muestra de los viajeros suecos y el intercambio cultural y comercial.

Mujeres sami (Foto: C. Fries)
Mujeres sami, c. 1926 (Foto: C. Fries)

El limite del innovador discurso histórico y museográfico del Historiska Museet llega cuando aquella línea del tiempo aborda el tema de la monarquía sueca. Faltan referencias, por ejemplo, a la ambigua relación entre la monarquía, la burguesía y el gobierno de Suecia con el régimen nazi o la proliferación de los llamados grupos neonazis en años recientes.

Si algo muestra un recinto como éste es que es posible imaginar y edificar un museo que sea más cercano a la historia como se vive y se construye de manera profesional. Un museo que apueste a la reflexión de quienes lo visitan y no a una mirada pasiva. Que haga el esfuerzo —al menos el esfuerzo— por incluir a aquellxs que quedan excluidxs de lo que llamamos “historia de bronce” y que muestre cómo su propio discurso histórico es resultado de ciertas ideas y circunstancias. Un museo que muestre su interior más profundo. 

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