Doscientos cincuenta y tres

por Halina Gutiérrez Mariscal y Luis Fernando Granados *

Dicen que el tiempo es la materia prima de la historia. Y a veces que en historia el tiempo lo es todo. Dicen también que la historia no es más que fechas (o fechas con ruinas, huesos y papeles viejos); de ahí que los aniversarios parezcan a menudo ser el único momento en que la utilidad social de los historiadores resulta incuestionado. El tiempo y sus ciclos. Siempre el tiempo y sus volutas.

En este espacio hemos intentado sugerir —o afirmar más allá de la academia, porque los profesionales lo saben desde hace tiempo— que la historia como conocimiento y como realidad no puede concebirse nada más como lo pasado o como una disciplina dedicada únicamente al conocimiento de lo que ya no es. (Por supuesto quien leyó la Apología de la historia, de March Bloch, lo sabía de sobra mucho antes.) Con fortuna desigual pero con entusiasmo y compromiso, quienes desde septiembre del año pasado hemos ido construyendo este espacio no hemos querido más que sacudirle a la historia un poco de la polilla que la rodea, incluso si eso nos ha llevado a abandonar los temas que solemos considerar “históricos”.

Una placa votiva en París

Una placa votiva en París.

Nuestra apuesta ha sido y es mirar el presente desde el pasado y al pasado desde el presente. Sin avergonzarnos del sitio desde el que miramos, sin pretender que el nuestro es un oficio objetivo. Más de 61 mil miradas a lo largo de 253 días han vuelto el esfuerzo de este colectivo menos solitario y quizá menos estéril. Confiamos en que transcurrirán otros tantos días y luego otros tantos. Esperamos también que las miradas se hagan todavía más numerosas, que se multipliquen las colaboraciones espontáneas, que los comentarios a nuestras observaciones —en la red y en el teléfono, en cafés y en los salones— se engarcen en una red aún más tupida y más densa de la que hasta ahora hemos ido construyendo colectivamente.

Quizá lo que nos faltaba era extraer la conclusión lógica de una preocupación que muchos de nosotros hemos expresado en estas páginas: si el tiempo no lo es todo en historia, acaso la obsesión por los ciclos y los plazos, por los aniversarios y las recordaciones onomásticas, es tan artificial y acartonada como los gestos, los monumentos y las celebraciones que decoran calles y plazas en todo el mundo.

Quizá por eso, 253 días después de haber publicado nuestra primera nota, hemos decidido cambiar de rostro y expandir nuestro equipo de redacción. ¿Por qué 253 días y no los cien habituales? ¿Por qué no esperar a nuestro primer aniversario? La modificación gráfica busca ciertamente estimular el carácter interactivo y acumulativo de esta publicación, y es también una forma de celebrar la incorporación de Fernando Pérez Montesinos como co-editor.

Pero, en el fondo, decidirnos a significar de este modo un número que en apariencia carece de toda relevancia intrínseca es una forma de hacer un guiño a quienes desconfían de la numerología, de coincidir con quienes no entienden por qué la semana tiene siete días y no los diez que debería imponernos el sistema métrico decimal, de recordar que no hay ninguna razón para que los siglos tengan cien años —en una palabra, de recordar que los ciclos y los plazos son meros artilugios, herramientas epistemológicas que valen sólo en la medida que nos ayudan a significar aquello que queremos comprender.

2 Respuestas a “Doscientos cincuenta y tres

  1. Al principio pensé que me había equivocado de página, pero no. El nuevo diseño estimula mucho más a revisar sus contenidos. Saludos desde Perú!

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  2. Enhorabuena por estos 253 días de reflexión y de trabajo por parte del equipo de edición y de colaboradores, tan implicados en este mundo diverso y complejo que constituye la Historia.
    Y por supuesto, que sigamos celebrándolo en estos días no convencionales que hacen del Observatorio y sus propuestas algo diferente.

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