por Diana Barreto Ávila *

Una parte importante del manifiesto originario de este observatorio fue preguntarnos “¿qué tipo de historia necesita nuestra sociedad?” En relación con esta pregunta casi existencial, me ha parecido fundamental investigar un poco acerca de cómo está constituido nuestro gremio en México.

Mi objetivo final es llegar a un mero dato estadístico: ¿cuántos mexicanxs hay por cada historiadorx? Para poder responder a esta pregunta, que parece bastante simple, es necesario realizar un análisis que iré presentado poco a poco, con la intención de reflexionar sobre el lugar que ocupa la historia como disciplina en la sociedad mexicana y la vinculación que tenemos con ella.

El panteón de la historia.
El panteón de la historia.

Según el último censo, en 2010 éramos 112 336 538 mexicanos y mexicanas. De todos estos millones, ¿cuántas personas estudian historia? Para comenzar a tener una aproximación, conviene consultar el  Informe de educación superior en Iberoamérica, 2011, comp. José Joaquín Brunner y Rocío Ferrada Hurtado (Santiago de Chile: Centro Interuniversitario de Desarrollo-Universia, 2011, p. 141), de acuerdo con el cual 488 927 personas tuvieron acceso a la educación superior entre 2005 y 2011. Es decir que de cada mil mexicanxs, 4.3 ingresaron a la universidad pública o privada en esos años. Según el mismo estudio (p. 175), sólo 23 468 eligieron una carrera de humanidades, lo que significa que sólo dos de cada 10 mil personas estudiaron algo relacionado con esta área de conocimientos. (El documento completo está aquí.) De estas dos personas hipotéticas, ¿cuántas habrán elegido el oficio de historiadorx, profesión —me atrevo a decirlo— un poco elitista, como lo es en general nuestro sistema de educación?

A este país le aquejan muchos males. La falta de oportunidades para estudiar es la raíz de todos los demás. En 2012, el 90 por ciento de los jóvenes que aspiraban ingresar a la licenciatura en la Universidad Nacional Autónoma de México fueron rechazados: 62 682 presentaron el examen, de los cuales sólo 6 mil 500 (10.3 por ciento) obtuvieron lugar en alguna de las 99 carreras de la UNAM. (Aquí está la nota respectiva de La Jornada.) Cabe señalar que las carreras con más demanda fueron “médico cirujano” y derecho; por supuesto que  la carrera de historia no es de las más taquilleras.

Estoy convencida que éste sería un mejor país sí la gente estudiara masivamente historia. Ésta es una creencia personal sujeta a discusión, pero me parece que al ser nuestro gremio  tan reducido deberíamos preocuparnos por encontrar mecanismos para reproducirnos. Como último dato para reflexionar, tan solo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en 2011 hubo 71 titulaciones de la licenciatura en historia. Es alarmante pensar que, además de todo, lxs nuevxs profesionales de la historia probablemente no encuentren un trabajo en el que puedan desarrollar investigaciones históricas —sin mencionar las amenazas constantes al recorte de lugares en el posgrado de dicha institución.

5 Comments

  1. Me parece muy bueno el análisis, pero podría ser mejor y más indicativo si se considera desde la densidad de población por profesional tanto de humanidades como técnico hasta su distribución geográfica en el país observado. Claro que sería más complejo y consumiría mayor tiempo pero se vería por ejemplo cuántos ingenieros hay por historiador, o cuántos médicos por sociólogo y cómo se conecta con los índices de bienestar nacional en diversos países del mundo.
    Es natural que cada país tiene sus condiciones propias que van desde su Estado de bienestar hasta su grado de analfabetismo, pero se tendría un mejor parámetro de evaluación no solo para conocer el nivel en que estamos sino para canalizar a los estudiantes a las áreas más necesarias para la sociedad de acuerdo con los centros de concentración poblacional.

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  2. más allá de la numeralia (coincido con el comentario: muy bien hecha y mejor argumentada)… ¿para qué sirven ese puñado de historiadores?, ¿para qué le servimos a la sociedad o a la nación?

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    1. Estimado Pedro: soy un lector asiduo de sus columnas, gracias a las cuales llegué a este blog, donde siempre encuentro textos que me parecen muy interesantes.
      Me permito intentar una respuesta a sus preguntas: para mí la categoría correcta es la de profesor-investigador. Es decir, todo investigador (sobre todo si tiene beca del SNI) debe impartir al menos una clase en cada periodo lectivo en carreras afines a su perfil, y ser asesor de 1 estudiante de licenciatura, de 1 estudiante de posgrado y de 1 investigador postdoctoral, al mismo tiempo. En mi opinión, no hay mejor retribución a la sociedad que educarla de manera continua en las aulas, formar a los nuevos profesionistas, y hacer la investigación que nos apasiona.

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  3. Dos comentarios: creo que tendríamos que pensar que la historia que necesita la sociedad es aquella que puede generar dicha sociedad. Me doy a entender: si sólo se puede generar conocimiento histórico en los institutos y facultades de nuestras universidades, entonces estamos perdidos, pues se genera como conocimiento especializado, altamente elitista, aunque estudie problemas sociales diversos. Me parece que deberíamos preocuparnos los historiadores por propiciar espacios donde la gente de cualquier tipo ejerza su pensamiento histórico, que es una capacidad de los seres humanos ligada a la adquisición y desarrollo de la lengua, de la palabra, del discurso que nos permite construir una idea de nosostros mismos frente a los otros y con los otros.
    Los historiadores somos pocos con seguridad, como la mayoría de las carreras universitarias, en relación con las necesidades de la población; pero somos muchos si sólo pensamos en los espacios de trabajo que en el mundo laboral actual se reducen y reducen. ¿Cómo crecer como gremio, pero a la vez cómo pensar otras maneras del ejercicio de la práctica historiadora que no sea exclusivamente la de las universidades? dado que no sólo en las universidades debería ejercerse el pensamiento histórico? Y no se interprete como que hay que ampliar espacios profesionales en la divulgación de la historia, que no está mal, pero yo me refiero más bien a cómo rescatamos el ejercicio de generar y hacer historia todos. No enseñar historia, sino construirla juntos

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