por Wilphen Vázquez Ruiz *

La sociedad no existe, sólo los individuos — Margaret Thatcher

Imposible no hacer referencia en este espacio a una de las figuras políticas que se yergue como una de las estadistas más destacadas del último tercio del siglo XX, la llamada “dama de hierro”. Desde su arribo a la política en 1959, cuando lograra un escaño en la cámara de los Comunes, y particularmente de 1979 a 1990, periodo en el que ocupó el cargo de primera ministra, la figura de Thatcher encarnó una serie de transformaciones en lo político, lo social y lo económico que derivarían en la victoria del neoliberalismo sobre el estado del bienestar en Gran Bretaña; el retroceso de los gobiernos laboristas y el discurso triunfal del libre mercado sobre el socialismo real y el término de la guerra fría. Y qué decir de la irrupción de las mujeres en la vida política y económica así como del afianzamiento del estado sobre facciones como la del Ejército Republicano Irlandés o el gran conflicto minero de 1984-1985.

Los mineros de Port Talbot, 1984-1985. (Foto: Martin Shakeshaft.)
Los mineros de Port Talbot, 1984-1985. (Foto: Martin Shakeshaft.)

Al pensar en Margaret Thatcher como estadista, las consideraciones que Reinhart Koselleck tiene sobre la historia social y conceptual nos conducen a una reflexión teórico-práctica acerca de las posibilidades y obligaciones que tiene la historia para acercarse a lo contemporáneo. En el caso de Gran Bretaña las transformaciones que tuvieron lugar durante las décadas de los años ochenta y noventa nos permiten ver que la reconsideración que se tuvo del concepto de estado derivaron en políticas sociales y económicas cuyas consecuencias no sólo se presentaron en lo inmediato, sino que han fijado el rumbo en el mediano y largo plazos de ese país europeo.

Al detenernos en el concepto clásico de economía de mercado, la intervención del estado o, más precisamente, del gobierno es vista como fuente de todos los males y así fue en el Reino Unido, al menos en las áreas que no fueran consideradas como estratégicas. De tal forma que si bien Thatcher fue una firme defensora del combate a los sindicatos, de la privatización de empresas paraestatales ineficientes, de la reducción de impuestos y del gasto público, así como de la flexibilidad laboral, se opuso a la privatización ferroviaria (aunque más adelante se ésta se lograra) y a que la política económica del Reino Unido quedara subordinada a los acuerdos alcanzados en la materia por la Europa continental. Qué decir de la decisión del gobierno británico de que el mejor sistema de salud en el mundo no pasara a manos privadas.

Por supuesto, el espacio no alcanza sino para ofrecer un comentario acerca de la situación que guardó el Reino Unido antes y después del gobierno encabezado por Margaret Thatcher. A su término, algunos de los indicadores disponibles señalan que en ese país, durante el periodo señalado, el Producto Interno Bruto había crecido en 23 puntos porcentuales; la seguridad social y la salud en 31 cada una; en materia de educación más de 3 mil propuestas aceptadas derivaron, entre otras cosas, en  que la proporción de alumnos que asistían a las secundarias integrales aumentara del 32 al 62 por ciento.

En cuanto a educación superior, cabe decir, Gran Bretaña cuenta con uno de los sistemas más eficientes y exitosos en el orbe, que tan sólo en producción científica, en 2011, le permitió ubicarse como el tercer país con mayor número de documentos científicos publicados y con el segundo mayor número de referencias bibliográficas. México, dicho sea de paso, en ese mismo año se ubicó en el lugar 32 con una producción de artículos diez veces menor y con un porcentaje de referencias en proporción de 6 vs. 100.

Por supuesto, la comparación aludida se presenta toda vez que, en nuestro país, el discurso que sostiene la tesis de la economía de libre mercado y el retiro del gobierno como regulador de las actividades económicas pasa por alto que las condiciones en el país europeo son muy distintas a las del nuestro; que el régimen parlamentario del Reino Unido no teme remover a la figura o figuras que dejen de ser eficientes en sus tareas políticas y legislativas, y que el modelo económico británico se adapta en los detalles a su propia realidad. Todo ello lecciones, sin duda, que la historia contemporánea puede aportarnos.

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