por Bernardo Ibarrola *

Escogió el nombre de Francisco: como a lo largo de casi ochocientos años ningún papa había tomado al santo de Asís como su patrón, se llamará Francisco I. Es jesuita: hasta ahora, ningún integrante de la aguerrida orden fundada por Ignacio de Loyola (por algo se llama “compañía” de Jesús) había sido electo para dirigir la iglesia católica. Es argentino: en 1978 el obispo de Cracovia se convirtió en el primer papa no italiano de los tiempos modernos; ahora, el obispo de Buenos Aires es el primer papa nacido en el Nuevo Mundo. Ni Asia ni África —continentes que iniciaron la evangelización mil quinientos años antes que América— le han dado un papa a la iglesia católica.

Se llama Jorge Mario Bergoglio y de él se dicen muchas cosas: que fue más o menos complaciente durante la dictadura militar que gobernó su país entre 1976 y 1983 o, por el contrario, que tuvo una intensa pero discreta actividad a favor de los perseguidos durante ese periodo; que inmediatamente después de ser nombrado obispo vendió el palacio donde le correspondía vivir, se mudó a un discreto departamento y utilizó el dinero de la venta en obras para pobres; que viaja en transporte público, que ha fustigado a los políticos por su avaricia y acusado a la presidenta y a los legisladores progresistas de su país de destruir el plan de Dios por aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Lo cierto es que su presentación a la ciudad y al mundo (urbi et orbi) fue muy peculiar. “Hermanos y hermanas, buenas noches”, fueron las primeras palabras que pronunció ante una multitud atónita y silenciosa que no sabía quién era ni por qué, a pesar de apellidarse Bergoglio, hablaba el italiano con acento. Luego de bromear sobre el “lejano lugar” del que proviene, mencionó al obispo coadjutor de Roma y a “nuestro amado papa emérito” y rezó con los feligreses un padre nuestro y un ave maría. Antes de dar su primera bendición, pidió que, en silencio, todos oraran para que Dios lo iluminara como papa. Se hizo, en efecto, el silencio: todo el mundo se reclinó y por un segundo pareció invertirse la lógica habitual de la ceremonia: no parecía que el nuevo elegido de Dios se dignaba a bendecir a su rebaño, sino que de la oración de éste se desprendía su investidura. Finalmente, se despidió con una sencillez desconcertante: “Que pasen buenas noches. Descansen. Nos vemos mañana.”

Francisco I
Francisco I

Los primeros gestos del nuevo papa pueden interpretarse prometedoramente. ¿Habrá llegado, 35 años después, el dirigente capaz de reencausar las tendencias progresistas del concilio Vaticano II, interrumpidas por Paulo VI y Juan Pablo II? ¿El papa argentino podrá hacer el trabajo de síntesis que insinuó Albino Luciani con algunos gestos y la elección de su nombre —el primero compuesto de la historia del papado— pero que no pudo ni anunciar en los 33 días que duró su pontificado? La vuelta a la humildad y a la pobreza que sugiere la advocación franciscana parecen urgentes en una institución sacudida por escándalos financieros y de encubrimiento sistemático de curas violadores. En todo caso, no le vendrá nada mal la sensación casi inconciente de majestad, poder y éxito que suscita su nombre completo: imposible no pensar en el legendario monarca francés cuando se lee “Francisco I”.

4 Comments

  1. Porteño del barrio Flores, hincha de San Lorenzo –el equipo “santo” que ayer difundió orgulloso el carnet de socio del Papa–, Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en un hogar de inmigrantes italianos: su padre era empleado ferroviario y su madre ama de casa. Estudió para técnico químico, pero a los 21 años decidió entrar al seminario jesuita. Se ordenó sacerdote a los 33 años e inició una rápida y siempre ascendente carrera: apenas cuatro años después ya presidía la Compañía de Jesús en Argentina.
    Durante aquella época sucedió el episodio por el que debió declarar como testigo ante la Justicia en 2010 y que aún hoy le vale las acusaciones de los organismos de derechos humanos. Hay testimonios que aseguran que Bergoglio les quitó protección a los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes hacían trabajo social en la villa de Flores y fueron secuestrados en mayo de 1976, al inicio de la dictadura. Fueron liberados cinco meses después, luego de sufrir la tortura de los interrogatorios de la ESMA. Esos testimonios sostienen que Bergoglio les había advertido que debían abandonar el trabajo social. Como los sacerdotes se negaron, les dijo que tenían que renunciar a la Compañía de Jesús, lo que fue interpretado como una luz verde por la represión.
    En su imparable ascenso, Bergoglio fue nombrado obispo de Buenos Aires en 1992, arzobispo en 1998 y en 2001 llegó a cardenal por decisión de Juan Pablo II. Desde la presidencia de la Conferencia Episcopal Argentina mantuvo su enfrentamiento con el gobierno de Néstor Kirchner primero y de Cristina Kirchner después. Las diferencias fueron tanto de políticas como de estilo. Bergoglio siempre se presentó como un cultor del diálogo, en contra de la “crispación social” que adjudicaba al kirchnerismo. Pero lo cierto es que siempre encontró reparos para mantener ese diálogo con el Gobierno, mientras que le resultó mucho más sencillo encontrarse con frecuencia con algunos dirigentes de la oposición con los que entabló una muy buena relación.
    En general, los medios del mundo destacaron el perfil “modesto” y “conservador” de Bergoglio. Obviamente, también se resaltó la inédita condición de jesuita, latinoamericano y argentino. Las palmas se las llevó el diario inglés Daily Mirror: “La nueva mano de Dios”, tituló en su portada. Pero si la historia sirve de algo, hay que remitirse al pasado inmediato para verificar las notas periodísticas “no hay por quien definirse” es decir, más de lo mismo.

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  2. Concuerdo en lo general contigo, Pharsiffal. Pero con algún matiz. Estamos hablando de la Iglesia católica, es decir, de una institución religiosa cuyos integrantes creen poseer la verdad sobre la existencia y se dedican a difundirla y, cuando pueden, a imponerla. Estamos hablando del Estado Vaticano, una teocracia; estamos hablando del papa, el último soberano absoluto de Occidente. Los jerarcas de la Iglesia actúan en función de sus intereses y designan a uno de los suyos, sería descabellado que hicieran otra cosa. En ese sentido, sí, siempre será más de lo mismo. Pero estarás de acuerdo conmigo en que, aunque ambos hayan sido papas y lo hayan sido durante el siglo XX, Pio XII y Juan XXIII son muy distintos.

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  3. Estimada Salmanfan:
    Imposible recordarte con esa identidad y el cuadrito verde que aparece a su izquierda. ¿Cómo te llamas? Angustiado ante tu observación, releí el texto en busca de faltas, pero no encontré, ¿cuáles son?
    Saludos cordiales.

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