por Carlos Betancourt Cid *

Algo de lo que no nos podemos quejar los historiadores es del número de actividades relacionadas con nuestra disciplina que se llevan a cabo en todo el país. A lo largo del territorio, las inquietudes sobre lo acontecido en el pasado que nos une se despliegan en un mar de opiniones y encuentros, que nutren la discusión en torno de la materia histórica Para corroborarlo basta seguir las publicaciones diarias del servicio de información H-México, en el que se anuncian mesas redondas, presentaciones de libros, conferencias magistrales, foros académicos y de divulgación, así como congresos, mesas temáticas, cursos, homenajes, sesiones de cine, recientes publicaciones y un largo etcétera; en fin, una carta de opciones variada y para todos los gustos.

Más allá de la oferta, es sumamente interesante observar con detenimiento quiénes son las personas que asisten a estos eventos, la mayoría de ellos patrocinados por entidades gubernamentales, aunque también debe mencionarse la colaboración de organismos privados, que igualmente promueven la difusión de nuestra ciencia. Con una variedad rica en contrastes, el tipo de público que asiste a estas actividades media entre la edad de 40 y los 80 años. La presencia de jóvenes es escasa, si no es porque estudian historia o, específicamente, porque son alumnos del profesor que dicta la plática u organiza el encuentro. Lo innegable es que la cabeza cana se destaca en el panorama de las sesiones dedicadas a rememorar los tiempos transcurridos, quizá con un dejo de nostalgia por los propios que también se fueron pero que se alojan en la memoria.

No obstante, y según mi experiencia, al contrario de lo que podría pensarse, este tipo de público no es para nada pasivo. Su interés por la historia es verdadero. No trata nada más de ocupar su tiempo libre y asistir a actividades gratuitas. Muchos buscan la oportunidad de intercambiar sus preocupaciones con los ponentes o se acercan a los historiadores para plantear cuestiones singulares sobre los temas abordados. De este modo es posible valorar cuál es la percepción que se tiene, entre los no profesionales de la historia, de los asuntos que nos llaman la atención a todos. Sus preguntas son inquisitivas y pretenden aportar puntos de vista distintos al debate sobre el conocimiento del pretérito. De ellos, seguro, mucho se aprende.

Así, por más de 25 años de presenciar este tipo de actividades, he tenido la oportunidad de relacionarme con gente por demás diversa y fascinante. Desde el familiar del protagonista de tiempos idos, quien nos cuenta anécdotas sobre el personaje que no están en los libros, o que comparte los papeles guardados por su antepasado (que resguarda como tesoros), así como personas con intereses perfectamente definidos que emprenden, por cuenta propia y como un gusto personal, sugestivas investigaciones para las que solicitan asesoría y que ejecutan con la misma disciplina que lo hace un profesional. Además, uno puede encontrarse con amantes de los libros quienes, con notable generosidad, los prestan a sus compañeros y circulan con ellos bajo el brazo con el orgullo de mostrar que aman nuestro pasado común.

La atención a lo que se expresa y comenta desde la mesa o el presídium es siempre continua. Estos públicos no dejan de aprovechar la oportunidad para obtener ya sea la firma del libro del autor o un comentario directo del que sigue las pistas del pasado, en búsqueda de respuestas o de más preguntas para, siempre, adquirir más entendimiento.

Es cierto que a los historiadores que pretendemos divulgar nuestro saber entre un número mayor de gente nos agrada sobremanera ver auditorios llenos; de ahí que acercarse a los vehículos para difundir nuestro trabajo sea una prioridad. Empero, diversificar las posibilidades para que asistentes de todas las edades sean asiduos a los eventos relacionados con la historia no deja de ser una faena ardua y compleja. Creo que extender la posibilidad de compartir nuestras reflexiones a través de los más avanzados medios de comunicación podría ser un camino para atraer, desde una edad más temprana, a públicos que gusten de la historia, para seguir departiendo todos en nuestras instituciones sobre lo que ya no es pero que no se ha ido —porque lo seguimos pensando.

1 Comment

  1. Artículo muy positivo. Sería interesante ver los niveles de procedencia de quienes llenan los auditorios y los lugares en que se ubican los centros de difusión de la historia. Tener una estadística sobre el impacto en los diversos núcleos de población ayudaría mucho a mostrar necesidades y/o carencias de la disciplina.
    Una acotación. Elhecho de que haya muchas interpretaciones a un hecho impide que la historia sea una ciencia.
    Saludos.

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