por Alicia del Bosque *

Quienes compraron el página hace dos días debían ante todo disfrutar, y conmoverse, ante la severa crónica de Alejandra Dandan sobre la manera en que se produjo la sentencia a cadena perpetua contra Santiago Omar Riveros y Reynaldo Benito Bignone —el último presidente de la dictadura más reciente— por haber ordenado el secuestro y desaparición de veintitrés personas, incluidas siete muchachas que dieron a luz niñxs quienes fueron traficadxs por las fuerzas armadas y distribuidxs entre familias militares. Camina lenta la justicia, pero camina, debió haber pensado más de una persona.

La portada de Página 12
Portada de la edición del 13 de marzo, 2013

Al medio día, sin embargo, la sensación de justicia largamente esperada —“Esto fue como volver un poco a la vida”, poetizaba Julia Elena Villagra, tía de una de las desaparecidas, al conocer la sentencia— se estampó contra la nubecita blanquecina que comenzó a elevarse desde la capilla sixtina: el antiguo provincial de los jesuitas argentinos, una y otra vez señalado cómo cómplice de la violencia genocida de las fuerzas armadas a mediados de los años setenta, acababa de convertirse en Francisco I. Camina lenta la justicia, pero no siempre, debió concluir esa misma u otra persona, con la amargura que en general suscitan esta clase de coincidencias.

Y que no se diga que se trata nada más de “acusaciones”. Hace muchos años ya Horacio Verbitsky había escrito un libro para llamar a las cosas por su nombre: El silencio: De Paulo VI a Bergoglio: Las relaciones secretas de la iglesia con la ESMA (Buenos Aires: Sudamericana, 2005). Como ya se ha dicho, por aquí y por allá, desde el miércoles pasado, el libro refería de manera particular el caso de dos jesuitas a quienes su provincial no sólo abandonó a su suerte cuando cayó sobre ellos la patota, o sea la represión militar, sino que aún fue cómplice de ella. (Un viejo texto de Verbitsky sobre el asunto puede verse aquí.)

Y que no se diga, como con “imparcialidad” vomitiva refiere la entrada wikipédica del nuevo papa, que Verbitsky debe ser identificado como antiguo montonero y no, por ejemplo, como autor de El vuelo (Buenos Aires: Planeta, 1994), otro libro de “acusaciones” —el relato estremecedor acerca de los detenidos arrojados al Río de la Plata desde aviones militares con el fin de borrar todo rastro de su “desaparición”— que terminó por ser validado por la justicia unos pocos años más tarde.

Horacio Verbitsky en 2011
Horacio Verbitsky en 2011

Es cierto que Bergoglio no ha sido declarado culpable por un tribunal de justicia. Quien sabe, de hecho, si llegue alguna vez a ser enjuiciado. Pero que conste que no se trata de afirmar la existencia de una verdad mayor o más importante que la verdad jurídica —la tan cacareada verdad histórica.

Por lo pronto no hay que olvidar que las verdades del derecho son tan históricas como cualquier otra afirmación sobre la realidad (sobre todo las dogmáticas): hace apenas veintitantos años, el gobierno de Carlos Menem imaginó que unas leyes y unos perdones podrían salvar para siempre a los represores de los años setenta, y hoy —poco a poquito, y siempre de modo que apenas si se siente reparador— casi todos artífices y responsables de la guerra sucia han sido condenados por tribunales de justicia menos timoratos que los de entonces.

“Todo está guardado en la memoria”, cantaba León Gieco hace unos años. Que un suceso de los años setenta se mantenga vivo en el presente, que ensombrezca el comienzo del nuevo papado, parece confirmar que la conciencia, al hacer actos de memoria, transforma la historia en algo diferente, o que vuelva a la historia —tan pulcra ella— en algo urgente jurídica, moral y políticamente. Allá la historia con su afán de comprender. La memoria exige algo más, que es también menos y quizá por ello más importante: exige justicia.

2 Comments

  1. “Allá la historia con su afán de comprender. La memoria exige algo más, que es también menos y quizá por ello más importante: exige justicia.”
    Muy claro y esto tanto en Argentina como en Latinoamérica.

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