por Jorge Domínguez Luna *

El 9 de febrero, el gobierno federal realizó una ceremonia para conmemorar un aniversario más (el número cien) del episodio conocido como la “marcha de la lealtad”. De entre las tantas y distintas conmemoraciones que promueve el estado, ésta resulta particularmente significativa por los mensajes directos y contundentes que se envían desde y para el presente utilizando a la historia. Además, el evento forma parte de la famosa “decena trágica” aunque, curiosamente, la acción estatal se ocupa más del inicio de los hechos que de su conclusión.

La celebración, como todas las que se hacen cada año, sirvió como marco para que las fuerzas armadas del país refrendaran su lealtad al presidente, tal como lo hicieran los cadetes del Colegio Militar para con Francisco I. Madero en 1913. La extrapolación del mensaje al presente nos remite a dos escenarios: uno de corte político y otro historiográfico.

Victoriano Huerta al lado de Francisco Madero, 9 de febrero, 1913
Victoriano Huerta al lado de Francisco Madero, el 9 de febrero, 1913. (Foto: Casasola.)

En el primero, el discurso oficial cae nuevamente en el cliché de la historia para legitimar, convocar, advertir, educar y varios verbos más que contribuyen a lo que los gobernantes entienden por “avanzar”. La decena trágica en su conjunto es y ha sido utilizada para advertir los riesgos que implica la división nacional y, con mayor énfasis, la confrontación de las fuerzas sociales. Sin duda alguna, el presidente actual no corre el menor riesgo de sufrir el mismo final que Madero y Pino Suárez, por lo que la manera en que se entiende la lealtad se limita a la visión de país que tiene; especialmente sobre las formas, ya que hoy, como hace cien años y como hace doscientos, se pretende avanzar, lo que quiera que ello signifique e implique.

El extremo llegó cuando el secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, comparó el tan cuestionado y cuestionable “pacto por México” con la “marcha de la lealtad”. Habrá que avisarle al segundo al mando de las fuerzas armadas que el acuerdo entre los dirigentes de los tres principales partidos políticos se cae a pedazos, y que la lealtad —si es que alguna vez existió— se encuentra en vías de extinción (incluso en el momento en que pronunciaba su discurso), tal como sucedió con la confianza depositada en Victoriano Huerta para restablecer el orden y contener el alzamiento. Es el problema de leer la historia como episodios aislados.

En el segundo de los escenarios, el historiográfico, llama mi atención la manera en que se ha construido la historia patria; no sólo la del episodio de la decena trágica. Inicialmente, la “lección” maniqueísta que proporciona este caso sirve para recordar que, a pesar de los intentos malvados, el bien siempre ha triunfado en la nuestra historia. Como supongo que ha ocurrido en todas la historias nacionales. El caso de Victoriano Huerta es uno de los ejemplos que mejor evidencian cómo el “villano” no logra triunfar en la historia. Si bien existen personajes que son identificados como los malos de la historia (Iturbide, Santa Anna y el mismo Huerta) que por momentos parecieron triunfar, la historiografía nos cuenta y nos ha contado que la teleología de la nación apunta en la dirección contraria.

Aunque son evidentes las razones por las que no sucede, resulta absurdo —y ello habla de nuestra madurez como sociedad— que después de más de doscientos años de vida independiente la historiografía no sea capaz de reconocer que muchas veces, tal vez más de las que pudiera confesarse, los vencedores no son los mejores hombres y mujeres que esta tierra haya visto nacer. Un gran avance, aunque no un triunfo, sería que la historiografía que está por escribirse señale cómo personajes de la calaña de Díaz Ordaz, Salinas de Gortari o Calderón Hinojosa “traicionaron” —por decir lo menos— su responsabilidad en la conducción del país. Y que por ello sus decisiones pueden y deben ser cuestionadas y denunciadas desde la práctica profesional de este gremio que no termina de asumir su responsabilidad social.

* Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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