por Pedro Salmerón Sanginés *

Según el diccionario (el de la RAE, que usaré a lo largo de estas notas), la primera acepción de criticar es “juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte”. Eso es exactamente lo que he intentado hacer en los últimos meses en diversos ámbitos: ejercitar la crítica. Ante la gran cantidad y diversidad de respuestas y, sobre todo, frente a la réplica de muchos militantes de Morena a mi crítica al señor Alfredo Jalife-Rahme, creo pertinente recordar brevemente algunas verdades de perogrullo sobre la crítica y su necesidad.

1. La crítica en historiografía. Es curioso el crecimiento no sólo entre los estudiantes de historia, sino en el público en general, de las posiciones que sostienen que en historia no existen verdades ni hechos, sólo interpretaciones. Estas posiciones son resultado de una evolución del relativismo histórico postulado por Benedetto Croce y R. G. Collingwood, quienes plantean que no existen hechos históricos objetivos, sino productos del pensamiento. Ahora bien, Croce y Collingwood todavía eran historiadores y, por lo tanto, sabían que la interpretación debía resultar de la investigación, y que si bien no existía la verdad en la historia, sí creían que existen verdades relativas. Pero sus continuadores llegan a negar toda validez científica a la historia, sin haberse acercado siquiera, la mayoría de ellos, a la investigación. Josep Fontana ha mostrado cuál es el objetivo explícito o implícito en muchos de los teóricos partidarios incluso de la inexistencia de la historia (es relato, aseguran):

Destruir la racionalidad de unas interpretaciones del pasado —de cualquier interpretación del pasado— significa privar de base a las proyecciones hacia el futuro que hayan querido construirse sobre ellas. Las esperanzas de una revolución que transforme la sociedad no tiene ningún apoyo en las lecciones de la historia, porque no existen tales lecciones.

En esa posición teórica se basan las respuestas que los seguidores de Catón, Zunzunegui, Villalpando y Schettino dieron a mis críticas: no hay verdad ni verdades, únicamente relato e interpretación (equiparando descaradamente “invención” a “interpretación”). Por lo tanto, toda fuente, todo relato, tiene la misma validez que otra… siempre que sirva para reforzar los prejuicios del “investigador”. De la misma forma procede el señor Jalife.

2. La crítica marxista. El pensamiento marxista nace de la crítica, la crítica a las condiciones de vida de los seres humanos, la crítica a las relaciones sociales existentes y la crítica a las formas de pensamiento dominantes. Toda la obra de Marx tiene ese sentido: El capital es la crítica a las condiciones y a las relaciones sociales, La ideología alemana y La sagrada familia son críticas devastadoras a las formas de pensamiento, El 18 brumario es la crítica a las formas de la política. De modo que sin el ejercicio de la crítica es inimaginable la tradición revolucionaria contemporánea, fundada en el marxismo. Pero en el pensamiento marxista es fundamental, también, la crítica interna, por ejemplo, la del propio Marx sobre Bakunin y sobre Lasalle.

El leninismo y, por lo tanto, el triunfo de la revolución rusa, no pueden comprenderse sin la crítica permanente y bien fundamentada de Lenin contra muchos antiguos compañeros de lucha que se fueron deslindando de la revolución como estrategia del marxismo. Ejemplar y devastador es La revolución proletaria y el renegado Kautsky, donde muestra cómo el jefe de la II Internacional pretendía despojar al marxismo de su contenido revolucionario.

¿Qué ocurre cuando se erradica la crítica dentro del movimiento revolucionario? Trotsky lo ilustró permanentemente luego de su caída en desgracia, pero desde antes lo había previsto: “La organización partidaria sustituirá entonces al partido en su conjunto; entonces el comité central sustituirá a la organización, y finalmente, un solo dictador sustituirá al comité central.”

3. Del procedimiento de Alfredo Jalife. Los falsificadores de la historia a los que he venido señalando tienen en común fobia a las revoluciones y a la movilización popular. Por lo tanto, de una u otra manera son intelectuales (perdón por el abuso del término para referirme a algunos de ellos) al servicio del poder. Las descalificaciones que recibí en las redes sociales en respuesta a mis artículos a ellos dedicados venían también de nostálgicos de dictaduras, imperios y manos duras. Mucho más complicado ha sido criticar a alguien ¿de casa?, y mucho más violentas y sorprendentemente desagradables, las respuestas.

De casa, digo, porque con Alfredo Jalife comparto dos espacios: el del diario más crítico en el espectro de los medios mexicanos (en el que también comparto espacio con analistas excelentes, que ya han sido blanco de las iras de Jalife, como Rolando Cordera, Adolfo Gilly y Arnoldo Krauss), y el de Morena, el movimiento de izquierda que pensamos construir para, entre otras cosas, recuperar la ética en el quehacer político.

Por ello creo que es necesario señalar a Jalife como lo que es: un difusor del odio y de la descalificación como herramientas de “análisis”, y de la calumnia y la difamación como mecanismos de “debate”. Es necesario, para impedir el preocupante crecimiento de un racismo y antisemitismo de “izquierda”, que ya ha sido señalado —ésta vez con cierta razón— por dos opinólogos vinculados a los círculos del poder político, que lo usarán, que ya lo usan, como armas contra Morena: Enrique Krauze y Julio Patán (véase, por ejemplo, ésta entrada del blog de Letras Libres.)

Señalaré rápidamente dos aspectos del proceder de Jalife:

A) De sus fuentes. El señor Jalife procede en sus artículos del modo que señalábamos arriba: cualquier cosa, venga de donde venga, que le sirva para sostener sus prejuicios y una visión del mundo basada en el control de la vida y del orbe por un puñado de banqueros anglo-sionistas (o algo así), que extienden sus redes por todos lados y atentan contra todos los pueblos. Así, columna a columna va hilando datos sin relación entre sí, siempre y cuando sostengan sus prejuicios. Con cada uno de sus artículos un investigador serio podría hacer el ejercicio que hizo Adolfo Gilly con dos de sus textos (que están aquí, para quien quiera verlos de nuevo). La crítica es rotunda, devastadora, total, salvo para aquellos que ignoren por completo el significado de la palabra “investigación”

En respuesta, Jalife argumentó que sólo en Google había “14 mil 600 páginas [¡así, con cinco dígitos!]; cada una de ellas consta de diez citas de fuentes multivariadas” que sostenían sus dichos y llamó a investigarlas. Su respuesta lo revela como alguien que desconoce la discriminación y la crítica de fuentes y, además, como un mentiroso: nadie puede, en el plazo de cuatro días —lo que tardó en responder, tras unas “breves vacaciones”— confrontar 14 600 páginas o documentos para averiguar que todos y cada uno contienen diez citas de fuentes multivariadas.

Ahora bien, además de un investigador que no investiga ni cuestiona, sino que realiza únicamente lo que los estudiantes llaman copy-paste, Jalife es —y eso es lo preocupante— un constructor de odio.

B) De su antisemitismo, judeofobia u odio. El señor Jalife responde a sus críticos con el monopolio de los conceptos: sólo él sabe, en México, lo que significa “antisemitismo” y sólo él sabe cuál es el uso correcto de la palabra “odio” en política. ¿Qué es lo que al respecto dice el diccionario? La primera acepción de odio es “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. La primera de antisemita, es “enemigo de la raza hebrea, de su cultura o de su influencia”. De semita, sin embargo, según el mismo diccionario (segunda acepción) “se dice de los árabes, hebreos y otros pueblos”.

De acuerdo con éste último significado, concedamos al señor Jalife que no es antisemita, como él asegura reiteradamente. Pero convengamos, con Miguel Ángel Granados Chapa, que es judeófobo y que manifiesta opiniones que “recuerdan demasiado la prédica antisemita que precedió al exterminio sistemático de la población de origen judío en las naciones dominadas por el nazismo”. Como señaló Granados Chapa, los críticos de Jalife (más de medio millar de mexicanos de todas las tendencias políticas que firmaron un desplegado contra el antisemitismo de Jalife, en diciembre de 2008) le reprocharon con razón llegar “a extremos comparables a los del libelo Los protocolos de los sabios de Sión, panfleto antisemita creado en Rusia a fines del siglo XIX y utilizado en forma destacada por el régimen nazi, donde se acusa al pueblo judío de planear el control del mundo a través de todo tipo de acciones criminales”.

Como señaló Granados Chapa, los firmantes del desplegado “dieron información que reduce al absurdo” los señalamientos de Jalife, a quien reclamaron que utilice “información sesgada y mal intencionada, haciendo generalizaciones discriminatorias y procediendo a una sistemática campaña de desinformación en contra de un grupo muy variado de personas de diversas nacionalidades, con muy diversas tendencias políticas, pero cuyo pecado es su origen o su identidad judía, adscripción que no es necesariamente religiosa ni es ideológicamente uniforme”.

Son esas ideas y esos prejuicios, difundidos por el señor Jalife, los que no querría ver reproducirse en Morena ni en ninguna parte del espectro de la izquierda. El antisemitismo (y aquí, como Gilly, como Granados Chapa, como los quinientos firmantes de aquel desplegado, uso la definición del diccionario, no la del señor Jalife, aunque si el lector quiere puede cambiar antisemitismo por judeofobia) es y sigue siendo propio de las peores expresiones de la derecha, como mostraré en próximos artículos.

No debería ser necesario, porque no es el tema ni se está hablando de eso aquí, pero conociendo el proceder del señor Jalife y de sus seguidores, aclaro que repudio por completo la política exterior del estado de Israel, los crímenes de lesa humanidad cometidos por dicho estado en los territorios de Gaza y Cisjordania, el respaldo que los gobiernos de Estados Unidos y la Gran Bretaña a ese estado. Aclaro también que respaldo por completo la aspiración de los palestinos a tener una patria independiente y soberana. Y aclaro, para aquellos que piensan que criticar a Jalife significa atentar contra la libertad de expresión, que esta libertad tiene límites: sus límites son la calumnia, la difamación y el infundio, tan caros al señor Jalife.

* Profesor-investigador, Departamento de Ciencia Política, ITAM

4 Comments

  1. Era necesario este escrito para poner en su lugar a cada cosa. Muy interesante, bien fundamentado y, repito, muy necesario. Una felicitación Maestro Salmerón.

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  2. Solo para aclarar algo. Jalife no es miembro del consejo de MORENA ¿O cuando lo llegaste a ver ahí? Es más, no está afiliado siquiera. No aparece en la lista de consejeros, vaya, ni de invitados especiales. Por eso Díaz Polanco no ha podido ejercer una sanción contra Jalife, ya que no está atado al Estatuto.
    A ver si ya eliminan el mito de que el cuate está en MORENA, cuando se ha dedicado solo a hablar mal de sus integrantes, eso sí, de la mano de un grupo de tuiteramente que están al servicio de Cervantes y Xasni Pliego que tienen intereses cero legítimos en MORENA. ¿Le seguimos? Información sobra y fuentes confiables existen. Que se destape rodó el cochinero y mostremos la historia reciente, para saber qué es lo que esta gente realmente busca. . .

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  3. Felicito a Pedro por tan acertada respuesta, no solo por omitir las descalificaciones, sino por construir una argumentación sólida que se basa en la explicación epistemológica de cada uno de los pilares de la disciplina histórica; tan fácil como esto, -hasta mis alumnos de prepa entienden- si tenemos un cuadro A con Pepito montado en una bicicleta y un cuadro B con Pepito tirado en la calle sin un diente, nuestra misión es comprender y cuestionar ¿por qué diablos sucedió aquello?, no porque nos caiga mal Pepito o nos haya parecido absurdo, sino coligiendo desde el método inductivo las circunstancias de tal accidente, por eso toda historia es historia contemporánea. El pasado y el presente no son dos entes aislados ni están sujetos a opiniones y parábolas, están unidos por su necesaria relación dialéctica que nos configura como protagonistas del devenir, así nomás, es facílisimo de entender, ni modo que haga una novela sobre top models en los 90 y les ponga Facebook, ¿verdad?, ¡daaaaah! tiene contexto y circunstancia…

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