por Rubén Amador Zamora *

¿Es importante imaginarnos el pasado para poder estudiarlo? ¿Está obligado el historiador a sentir los latidos de una época para comprenderla y explicarla mejor? ¿Es necesario ponerse los zapatos de los muertos para intentar conocer los pensamientos de los sujetos históricos, y hasta sus sentimientos, para acercarse mejor al pasado?

Desde hace algunas décadas, los historiadores hemos insistido en la importancia de recrearse mentalmente el pasado. Uno de los recursos más útiles para la recreación del pasado es la narrativa. Y, en este renglón, los historiadores han tratado de imprimir en sus escritos descripciones de vuelos literarios con el fin de hacer sentir la época investigada. Y, sin duda, los historiadores se han apoyado en la sensibilidad de escritores y películas (aunque con ciertas reservas) para imaginarse mejor determinados periodos históricos.

Pero, ¿qué tan difícil es imaginarse el pasado?, ¿qué tan complicado resulta para la mente humana recrear con cierta precisión un mundo que ya no existe? Sin duda las buenas narraciones, los recursos gráficos y videográficos, así como la lectura de documentos históricos ayudan a sentir mejor ese pasado. Pero, ¿cuánto de este material necesitamos para imaginarnos ese mundo en el cual ya no podemos pasearnos?

Esta reflexión viene a cuento dado que, en la enseñanza de la historia, conviene pensar cómo pueden los estudiantes imaginarse ese “mundo raro” que es el pasado. ¿Basta con decirle a los estudiantes, por ejemplo, que las campanas de las iglesias regulaban las actividades cotidianas de la gente en la época colonial para que se imagine ese pasado —campanadas que indicaban el momento de despertar, ir a trabajar, comer, hacer la siesta, terminar con la jornada laboral e irse a dormir—? Quizás la información sobre el pasado pueda ser asimilada por los estudiantes, pero el hecho de manejar información histórica no los traslada a la época estudiada.

Incluso si intentamos que los estudiantes imaginen un pasado más reciente llega a resultar complejo. Un estudiante urbano de clase media, ¿puede imaginarse cómo se vivía en una sociedad sin teléfonos celulares, sin control remoto para las televisiones, con ropa que se rehusaba año con año, con una vida más callejera con los amigos, sin internet? Sin duda puede llegar a recrear ese pasado, pero sostenemos que mentalmente es un proceso complicado. No bastan actividades del tipo “imagínate que eres un pili o un mercader del siglo XIII” para que el estudiante pueda adentrarse en ese pasado y tratar de conocerlo mejor y explicarlo. Tampoco ayudan nuestros programas de historia, que pasan por varios siglos y culturas en un ciclo escolar.

Comerciantes en el códice Florentino
Comerciantes en el códice Florentino

Enseñar y aprender historia en la escuela es un proceso cognitivo complejo porque, de inicio, hablamos de un mundo que ya no es. La actividad de imaginación histórica es posible, pero está claro que no se logra con la repetición de nombres, fechas, listados de causas y consecuencias, y resúmenes de libros. ¿Es importante que los estudiantes se imaginen el pasado para aprender historia o basta con repetir lo que un libro de historia dice sobre el pasado?

* Docente-tutor-investigador, Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal

5 Comments

  1. Había intentado dejar un comentario y no salió, así que va de nuez.

    La materia de historia, al menos en secundaria, está supuestamente estructurada de tal modo que los adolescentes tengan una noción del tiempo histórico y se conciban como sujetos históricos, es decir, que esten concientes de que sus actos tienen un antecedente y, por supuesto, una consecuencia. Para quienes hemos estado alguna vez en nuestra vida como profesores de la materia, el reto consiste principalmente en captar la atención jóvenes que prácticamente nacieron con los dispositivos inteligentes pegados a sus manos. Se nos ha dicho que debemos hacer uso de las TIC’s, y eso está bien, pero nada se nos dice sobre como despertar a la loca de la casa: la imaginación. Es cierto, no basta con pedirles que imaginen como era la vida sin celular, sin internet, sin ipad…

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  2. Rubén: quizá sólo lo que nos conmueve produce una empatía profunda con alguien o algo del pasado. Lo demás se puede entender, imaginar. Creo que la historia nos transforma (y como el chamán, convocamos a la magia) cuando tocamos la experiencia humana.

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  3. A veces, los docentes de historia llegan a suponer y predispuestos a la idea de que la historia no les interesa a niños y adolescentes, cuando están en una etapa formativa, si llegamos con está noción de que se les puede dificultar relacionar pasado- presente y recrear los momentos pasados en su imaginación de ahí el verdadero problema para enseñar historia. Los historiadores debemos (aunque estoy en formación) fomentar en los niños y adolescentes la imaginación y creatividad para que ellos logre comprender pero sobre todo aprender los acontecimientos y como estos han impactado el presente.

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