por Rafael Guevara Fefer *

Ignoro todo lo que hay que saber sobre bioética e ignoro todo lo que hay que saber y sentir sobre los toros que matan cada domingo en esta vieja ciudad de hierro, de asfalto, de cartón-piedra y de carne y hueso. Con ganas de conversar, porque la conversación nos hace ágiles y humanos, me atrevo escribir para contestar a las sabias voces que se oponen a las corridas de toros. Antes que nada, difícil se me hace hablar por alguien, así sea un toro con nombre y ganadería o sobre su especie toda, objeto multidimencional que todavía se sigue definiendo y defendiendo con ayuda de algunos buenos samaritanos; menos podría hablar por todos aquellos que quieren y aman ese entero de tres tercios que es la corrida.

Fabián Barba en la Plaza México.
Fabián Barba en la Plaza México.

En principio, creo que no hay que olvidar que hay prácticas de larga, larguísima duración, que conviven con otras de reciente creación: como el viejo espectáculo de matar animales y las novísimas luchas por salvar ballenas y delfines. Lo cierto es que en este mundo muchos son yuxtapuestos, en contradicción y al borde del conflicto. Cierto es que la fiesta taurina creció por obra y gracia de la política franquista en España; también es verdad que nuestra nostalgia por las cosas de la naturaleza es producto de sendas revoluciones industriales que han urbanizado nuestros hábitos, nuestras prácticas y nuestros sueños. Tanto, que comenzamos por inventar la playa con cerveza fría y hamaca al mismo tiempo que nacían los paseos por la montaña, lugar antes mágico y peligroso y que hoy da para ese sector económico llamado turismo, o ese otro gran mercado que representan los perros, sus dueños, sus croquetas y sus cagadas, ese mercado que tiene un gorda industria en torno al ser humano y su mejor amigo. La paradoja es que muchos perros viven mejor que muchísimos seres humanos y que gracias a la perruna industria pueden vivir hartas familias.

Podemos entonces decir que acabar con la crianza y matanza de toros de lidia podría dejar huérfanos de trabajo y de sociabilidad a no sé cuántos ciudadanos, o que nuestra nostalgia por la naturaleza nos permite olvidar que hemos luchado por sobrevivir ante ésta, y que, desde tradiciones lejanas y cercanas, ésta está para que dispongamos de plantas y animales, para expresar la fuerza divina contra el pecado o favor del poder legítimo. Ya Renato Leduc, en otro tiempo más taurino, sentenciaba: “Lujo y crueldad son las características de la fiesta de toros y ésas han sido también las características de todas la religiones que en el curso de los tiempos, han arraigado y se han impuesto en el alma de los pueblos, y muy particularmente, en el alama de los sensitivos o sensibleros pueblos meridionales” (Renato Leduc “Tauromaquia y religión” en Historia de lo inmediato [México, FCE, 1976, p. 70]).

Cuando el domingo se hace visitando la plaza de toros o se va a misa, se hace la vida en comunidad, se asiste a la plaza pública. Cuando sale el toro del corredor formando estruendo, la emoción se hace sensación, pero todo comenzó horas antes, en la calle, donde los aficionados, comprometidos o no, se encuentran para departir y hacerse parte de la ciudad que habitan, tan suya, siempre secuestrada por quienes la gobiernan. La matanza de marras también es una costumbre que heredan padres y abuelos a hijos y nietos, en la que se aprende a apreciar el valor de vida humana y el profundo respeto que debería merecernos, mientras hay diversión y una pirotecnia de emociones individual y colectiva, que puede incluir mentadas de madre como en un frontón en el que, en lugar de pelotas, se lanzan gritos, frases, provocaciones, canciones y lamentos, y que en cada tiro puede ser devuelto por miles de tiradores.

Mientras tanto, la fiesta sufre una metamorfosis —pues la materia, como el espíritu, no se crea ni se destruye sino que sólo se transforma— por las mismas razones que la televisión mató a la estrella de la radio, y por las que el beisbol en México perdió popularidad ante el futbol: las razones de mercado, que son también las mismas que han dado espacio para que las sociedades protectoras de animales y los grupos defensores de los seres de la naturaleza logren la asombrosa transformación de la moda con texturas como la piel animal hecha con un polímero cualquiera para producir prendas costosísimas, que dicen ayudan a salvaguardar la fauna y el ambiente.

En estos tiempos sería deseable proponer una, o muchas, sociedades protectoras de Homo sapiens, pues al tiempo que la matanza del toro de lidia va a la baja, la matanza de hombres sigue a la alza, como la bolsa de valores en un buen día. Hemos vuelto a inventar la naturaleza y sus cosas, aún antes de haber inventado al hombre nuevo que prometió la modernidad y que la ilustración estaba segura de diseñar para un próximo futuro. Estamos aturdidos con el dolor animal y lo hacemos propio. Bien, muy bien, pero ¿qué hay de la pena ajena, del hambre ajena, de la violencia ajena, de la desigualdad ajena que es propia de nuestra especie en expansión? Tal vez hay que salvar, al toro, a la ballena, al delfín y al conejo teporingo —endémico del pedregal sobre el que están asentados algunos de los institutos y escuelas unameñas—, no sólo por altruismo interespecie, sino porque es preciso salvar el lugar que habitamos; de otro modo seremos unos parias o unos homeless de la galaxia. (Y, francamente, yo prefiero comer bien guisado y dormir calentito.)

Mientras algunos se ocupan de defender al toro del torero y de la multitud, otros menos vistos se ocupan de defender a la vaca lechera de una vida artificial plena de abusos, cuya existencia satisface a millones de consumidores lactantes y otros tantos depredadores de productos lácteos; con todo y que a simple vista la vaca parece vivir peor que el toro —ese que permite un ritual de suma importancia para quienes asisten a la plaza a emocionarse y aplaudir.

* Profesor de carrera, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

5 Comments

  1. Muy bien, matemos a cuanto animal y hombre se atraviesen en nuestro camino, si los demás lo hacen, porque yo no??
    Cabe mencionar que hay gente que mata enjambres de abejas, comunidades completas de hormigas con insecticidas, bien, muy bien, vayamos a matar pueblos enteros, con armas químicas, bien, muy bien.

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