por Fernando Pérez Montesinos *

La palabra modernizar ha estado últimamente en boca de muchos políticos y funcionarios de alto nivel y uno que otro entre los estratos más chaparros de la burocracia y los partidos políticos. Se la usa con frecuencia a propósito de la serie de reformas impulsadas por el nuevo gobierno federal —reformas que también impulsó el gobierno anterior y el anterior del anterior y así igual el anterior del anterior del anterior—. En contraste con la palabra privatizar, por ejemplo, modernizar aparenta ser un término mucho menos polémico. Se trata, cabe pensar, de una expresión políticamente correcta. Considérese la siguiente muestra en voz del actual secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell: “Pemex no se va a privatizar, eso es falso y no está concebido privatizar Pemex y mucho menos venderlo. Pemex va a estar sujeto a una reforma para hacerlo más eficiente, más moderno y que genere la mayor renta petrolera al estado” (La Jornada, 15 de febrero de 2013.)

El secretario de Energía
El secretario de Energía

A diferencia de lo que el uso corriente parece suponer, palabras como moderno, modernizar o modernización no son de ninguna manera términos neutrales ni imparciales. Se trata de expresiones que de hecho arrastran una carga difícil y problemática. Su uso público, por supuesto, no es reciente, y de hecho se encuentra ligado a una forma muy específica de ver la historia. El término moderno, según refiere Jacques Le Goff en Pensar la historia: Modernidad, presente, progreso (Barcelona: Paidós, 1991), aparece ya en el siglo VI y desde entonces adopta el sentido de “nuevo” o “reciente”. Pero no es sino hasta el renacimiento que comienza claramente a oponerse a lo antiguo. Para finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, la oposición se vuelve conflicto. Lo antiguo adopta una connotación negativa o al menos una condición de superado. Lo moderno, por su parte, se asocia cada vez más con la idea de progreso. La historia se mueve de forma lineal hacia adelante y de forma creciente, esto es, de menos a más. Estar adelante en el tiempo es también estar por arriba de lo antiguo —lo ya superado.

La asociación de la idea de progreso con lo moderno se termina de elaborar y consolidar en el siglo XIX. Lo antiguo, lo viejo, lo tradicional, se convierten definitivamente en la contraparte del progreso y, por tanto, de lo moderno. La expansión del comercio, la industria, las ideas seculares y la tecnología se asumen no sólo como criterios objetivos de “modernidad”, sino como los únicos medios posibles (y en todo caso necesarios) para alcanzar un estado superior en la marcha del progreso. Poco a poco las nociones de moderno y progreso terminan por equipararse a la capacidad, aparentemente neutral y puramente técnica, de producir más de todo en menos tiempo, es decir, de manera eficiente. A esto el siglo XX le llamará desarrollo y a los productores de mucho les llamará eficientes.

En la segunda mitad de este siglo la idea de lo que significa “moderno” dará un nuevo giró. Entre otras cosas, el verbo modernizar y el sustantivo modernización se harán moneda de uso común. Lo moderno ya no sólo describe un estado superior de la evolución histórica. También se convierte en una fórmula para llegar a ese preciado lugar. Las naciones y civilizaciones se dividen entonces en “modernas” o “desarrollas”, por un lado, y “atrasadas” o “subdesarrolladas”, por el otro. La modernización se convierte así en una especie de deus ex machina para políticos, académicos y lo que por falta de una palabra mejor llamaremos consultores. Modernizar se vuelve una prescripción (la prescripción) que los países avanzados dan a los atrasados para salir del subdesarrollo y ponerse al corriente con la historia. Crecer es la solución a todo o casi todo. Para los países desarrollados, crecer es la respuesta a los problemas causados por su propio crecimiento. Para los países subdesarrollados crecer es la vía para resolver su falta de crecimiento. Crecer para salvarse del crecimiento, el propio y el ajeno.

Privatizar es hoy la palabra incómoda. De ahí, queda claro, que se prefiera usar el término modernizar. Quizá convenga entonces que se nos explique bien a bien a qué se refieren nuestros políticos cuando lo usan. Quizá también convenga recordar que su uso ha estado estrechamente vinculado con una perspectiva particularmente teleológica de la historia. Una perspectiva que ha asumido como inherentemente superiores y virtuosas nociones como desarrollo, crecimiento y progreso. Pemex y muchas otras instituciones deben y pueden ser reformadas. Cualquier transformación, sin embargo, debe someter a examen los supuestos que están detrás de esos intentos de reforma. Más aún cuando sabemos que “modernizar” muchas veces significó el sueño de una minoría que, convencida (y a veces no tanto) de estar llevando el bien a la mayoría, presentó e impuso como únicas y necesarias sus ideas.

* Doctorado en historia, Georgetown University

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