por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez *

Al grito de “¡argentinos mataré… bolivianos fusilaré… peruanos degollaré…!”, un grupo de marinos chilenos se entrenaba en Viña del Mar. Tras conocerse el video que da cuenta de dicho acontecimiento, los gobiernos de los países involucrados reaccionaron, el pasado 8 de febrero, condenando los cánticos xenófobos de los marinos (Véase ésta y esta nota de Aristegui Noticias.) A través de una simple revisión histórica puede apreciarse que a veces los extranjeros son apreciados como elementos que ponen en peligro la estabilidad de cierta comunidad; es por eso que, en la mayoría de los casos, se les atribuye una naturaleza maligna. Aunque la hostilidad, odio y repugnancia hacia los extranjeros es comúnmente pensada a partir de las identidades nacionales, es pertinente advertir que es un fenómeno social que ha estado presente en distintas épocas y en diversas comunidades.

Ejemplo de ello es el odio que algunos grupos sociales de Nueva España (constituida por un principio de identidad religiosa antes que nacional) sintieron hacia los españoles. En 1808, tras la invasión napoleónica de España, muchos novohispanos empezaron a identificar a algunos españoles como agentes de Napoleón que traicionarían a la monarquía española, y por tanto ponían en peligro el principio mismo de identidad religiosa católica.

Marco Antonio Landavazo (en este artículo) ha sostenido que el odio a los españoles comenzó a construirse en el siglo XVII y que quizá la primera vez que se formuló de manera más o menos coherente fue en la guerra de independencia, tanto como manifestación discursiva (“Viva la virgen de Guadalupe y mueran los gachupìnes”) como en su manifestación práctica (las matanzas de españoles ordenadas por Hidalgo en Valladolid y en Guadalajara en noviembre y diciembre de 1811).

El odio a los españoles continuó durante el resto del siglo XIX y fue pieza fundamental en la construcción de la identidad nacional mexicana. Poco a poco se fue construyendo un imaginario antigachupín en la sociedad mexicana que respondió a la interpretación de la historia de cuño liberal, y así se expresó y se difundió en los libros de texto, en la prensa y los discursos cívicos. En 1893, por ejemplo, con motivo de la celebración del “grito de Dolores”, un profesor de la escuela primaria Ezequiel Chávez pronunció un discurso en el que hacia referencia a la “silenciosa y larga tragedia” de la época colonial y al gobierno español que calificaba como “una máquina gigantesca de hierro que trituraba a los indios”.

Puede decirse que el fundamento de dicho imaginario es la interpretación a) del pasado prehispánico como una grandiosa civilización indígena que fue destruida por los españoles, b) de la conquista como un genocidio, y c) de la época colonial como trescientos años de dominio por parte de españoles perversos y malignos que saquearon la riqueza de México.

colon_indigenas

Por sorprendente que parezca, el imaginario antigachupín todavía forma parte de nuestra sociedad. Un ejemplo más que crudo son los juicios de varios cibernautas realizados a raíz de la violación de seis ciudadanas españolas en Acapulco, el pasado 4 de febrero. Cuatro días más tarde, a las 19:25 horas del 8 de febrero, un lector identificado como “colagrande” comentó así la nota correspondiente en la versión web del periódico español El País:

son precisamente estas personas [los españoles] que llegan con aires de grandeza… que desde que llegaron en la conquista llegaron sin ningún respeto a pisotear su cultura y robar su riqueza [de los indígenas]…. que respetaba a la naturaleza y si alguna vez mataba[n] era para venerar a sus dioses… los españoles mataban por ambición, mezquindad…. [los puntos suspensivos son del original].

Como puede observarse, el imaginario antigachupín se cimienta en una interpretación decimonónica de la historia, en un relato maestro o patriótico del pasado que buscaba construir una identidad nacional. El medio académico ha dejado atrás y superado, por mucho, dicha interpretación. No así la mayoría de los mexicanos. En ese sentido, existe un gran distanciamiento entre el saber histórico académico y el que posee el resto de la población. ¿Acaso el trabajo de los historiadores está destinado a quedarse en los estantes de las bibliotecas?

* Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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