La historia como discernimiento

por Rubén Amador Zamora *

La enseñanza de las disciplinas en la educación básica y el bachillerato se ha desligado poco a poco de la repetición de los saberes aprobados por las comunidades científicas (de biólogos, químicos, matemáticos, historiadores, sociólogos, etcétera), para dar paso a nuevas formas de acercarse al conocimiento, más activas y formativas para los niños y jóvenes que asisten a la escuela.

Tradicionalmente, el conocimiento escolar era visto como la repetición de un determinado cúmulo de saberes científicos y el accionar de procedimientos técnicos básicos que tenían como propósito la asimilación de un legado cultural y el ejercicio del razonamiento lógico.

Sin embargo, la educación todavía funciona como educación de elites. La mayorías de los estudiantes simplemente son adiestrados para el manejo básico de las herramientas de la lectoescritura. En los sistemas educativos pasa lo mismo que el juego de la pirinola: quien concluye el nivel profesional se lleva todo; quien abandona los estudios “pone tres” (o todo). En otras palabras, la escuela, en términos de conocimientos, sólo resulta útil para quien sigue en la escuela. Para quien la abandona lo aprendido es poco más que inane.  Sólo entre un 5 y un 10 por ciento alcanza los objetivos óptimos planteados por los programas de estudio de las distintas disciplinas escolares. ¿Qué pasa con el resto de los estudiantes? Pues simplemente continúan sus estudios con la esperanza de ver reactivados sus potenciales (no necesariamente aquellos que se promueven en la escuela) para insertarse en la vida adulta de la mejor manera posible.

Aventuras pedagógicas

Aventuras pedagógicas

La enseñanza de las disciplinas en la escuela debe considerar un nuevo tipo de sujeto: el ciudadano de las sociedades del conocimiento y la información. Un sujeto capaz de construir conocimiento propio desde la escuela, tomar  decisiones en un mundo atiborrado de información y moverse en una sociedad de relaciones entre individuos cambiantes y cada vez más complejas.

En este contexto, la enseñanza de la historia deja de ser sólo una materia escolar de transmisión de datos, de conocimientos ya “aceptados” por la comunidad científica de historiadores (como ejemplo: las causas y consecuencias de tal proceso fueron éstas y aquéllas, sin posibilidad de otras concepciones, personales, de los estudiantes), para convertirse en una materia en la que debe enseñarse, entre otras cosas, las formas en que los estudiantes adquieren, manejan e interpretan la información (uno de los métodos del historiador) del mundo actual.

No sólo se trata de que los estudiantes, con sus clases de historia, reproduzcan un pasado seleccionado socialmente, sino que adquieran capacidades para “leer” la información de hoy. El historiador debe hacer crítica de los documentos producidos en el pasado. El profesor de historia debe enseñar, hoy día, a hacer crítica de la información actual (que está en todos lados y en todo momento) que le abruma, que la asume como fidedigna y que no sabe qué hace con ella. Como profesor de historia, uno de nuestros compromisos es que los estudiantes adquieran las habilidades para analizar la información en la que se encuentran imbuidos día a día.

* Docente-tutor-investigador, Instituto de Educación Media Superior del Distrito Federal

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