Lo duro de las ciencias blandas

por Rafael Guevara Fefer *

En el principio fueron nuestros ancestros… Por eso no es casual volver a usar las palabras de nuestro sempiterno historiador, Edmundo O’Gorman, quien hizo del aforismo un desafío a su inteligencia y a la sabiduría histórica. Por ello, para observar la dinámica social de las ciencias recuerdo sus palabras: “El sexo débil, ni tan débil; el sexo fuerte ni tan sexo”. La breve precisión de don Edmundo no deja de asombrarme después de décadas de haberlo leído. La gran lección del citado aforismo ha sido recordada en clase, en sobremesas, en cantinas y en momentos diversos vacíos por el aburrimiento o en otros plenos de diversión.

Así, como no queriendo, sin saberlo, esas palabras de aquel historiador sufrieron una metamorfosis en el salón de clase en el que se piensa la ciencia desde la historia, hasta que un día se convirtieron en la frase “La ciencias blandas, ni tan blandas; las ciencias duras, ni tan ciencias”. Ésta sintetiza una crítica a los prejuicios que pululan alrededor de la dicotomía ciencias naturales-sociales, prejuicios que provocan que las ciencias estén por un lado y la humanidades por otro, dando origen a lo que C.P. Snow llamó “las dos culturas”.

El autor de las dos culturas.

El autor de las dos culturas.

Así la cosas, “la guerra de los sexos” no está sola; la acompaña muy de cerca “la guerra de las ciencias”, pues las ciencias todas han sido utilizadas para aprehender esa doble realidad de nuestra especie que contiene masculino y femenino. Para los duros más recalcitrantes, el dúo hombre-mujer sólo tiene explicaciones biológicas; en ocasiones, estos recuren a conocimientos fisicoquímicos para ser más eficientes. Mientras tanto, para algunas ciencias llamadas blandas, no hay biología que valga ni que se imponga: la niña y el niño son un producto 100 por ciento artificial de esos que produce la cultura sin importar en qué geografía o en qué tiempo se viva.

Este breve espacio exige que enfoquemos nuestras energía en decir por qué las ciencias duras son como el león; es decir, no son como las pintan. Resulta que cualquier ciudadano que pasó por la escuela pública o privada puede enfrentar las contradicciones propias de las ciencias: cuando pregunta a que distancia está esa estrella y en lugar de una respuesta precisa recibe aproximaciones a través de analogías o metáforas. Algo parecido pasa cuando un paisano o extranjero pregunta por qué me dio cáncer o, peor, cuándo el mismo preguntón interroga después de cirugía, radiación y quimioterapia por qué me queda tan poco tiempo de vida y al primo de un amigo lo dieron de alta con el mismo tratamiento.

Ciertos científicos duros afirman con satisfacción que el universo surgió hace 13 700 millones de años, más o menos, y que preguntar si entonces era de día o de noche es estúpido, aunque nuestra temporalidad a ras de tierra es un tránsito permanente entre lo diurno y lo nocturno. Otros expertos, de esos de los duros, juegan con partículas invisibles en costosísimos artefactos productos de sus teorías e ingenios. Algunos más creen que el trabajo de sus estudiantes les pertenece, pues sus ideas tienen valor de cambio en la institucionalizada práctica científica. Hay quienes creen que sus experimentos son la realidad misma y no un artificio que producen sus mentes y sus cuerpos para explicar la naturaleza. Y por supuesto no faltan los que afirman que las ciencias son imprescindibles, sobre todo las que ellos detentan, aunque olvidan o nunca supieron que la ciencias como las conocemos tienen poquito más de dos siglos de existencia —tiempo harto breve entre los miles de años que lleva la comedia humana desde que la especie biológica que somos se hizo cultura.

Y qué de duro tiene un quehacer científico que juega con bolas de billar o con partículas de dios. Duro —como dice mi socióloga favorita— resulta hacer que la gente no se mate, que vote, que conozca y exija sus derechos. Duro es evitar la corrupción, la violencia simbólica y la otra. Duro es lograr que la gente pague impuestos, que la desigualdad no sea la norma en la práctica, que la discriminación no sea moneda corriente. En fin, duro es conocernos para vivir mejor.

3 Respuestas a “Lo duro de las ciencias blandas

    • Eso es generalizar, estoy seguro de que un historiador de la ciencia como lo es el Doctor Guevara, sabe tanto sobre ciencias “duras” como de “blandas”,

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    • Lo malo de algunas personas es que juzgan y generalizan sin conocer o tener una noción completa del autor y del tema.

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