Memoria zapatista

por Alicia del Bosque *

Una vez más, los zapatistas dieron muestras de que sólo están acabados en la cabeza de sus adversarios y de quienes son indiferentes a los indígenas de Chiapas. La movilización de cerca de cuarenta mil personas que ayer “tomaron” de manera silenciosa Altamirano, Las Margaritas, Ocosingo, Palenque y San Cristóbal de Las Casas constituye ciertamente una demostración de fuerza, pero es también —para jugar con el título del libro de Pierre Nora— un gesto de memoria sobre el que vale la pena reflexionar.

De regreso en San Cristóbal de Las Casas

De regreso en San Cristóbal de Las Casas

La acción tiene al menos cuatro dimensiones significativas. En primer lugar, la movilización tuvo lugar en las cinco poblaciones que las tropas del EZLN ocuparon militarmente en las primeras horas de 1994. La elección de los lugares parece claramente una forma de afirmar que, a pesar de un silencio mediático que ha ido haciéndose cada vez más espeso, los zapatistas no han perdido nada de su fuerza geopolítica. Sin embargo, en segundo lugar, el hecho de que las cinco marchas hayan sido silenciosas parece ser una forma de establecer un contraste entre el pasado y el presente: si hace casi 19 años la locuacidad del subcomandante Marcos acaparó la atención pública, hoy lo que sobresale es la terquedad —entre resentida y desafiante— de los indígenas rebeldes. Con su silencio, más aún, los zapatistas parecen decir que ya estuvo bueno de palabras (incluidas las de Marcos).

Un tercer aspecto de las manifestaciones es que ocurrieron el mismo día en que, a lo largo y ancho del área “maya”, multitudes y políticos de todos los colores y sabores se reunían para celebrar el final de la cuenta larga del calendario maya. En casi todas partes, el tono dominante de la celebración osciló entre un milenarismo new age y la evocación de los mayas del periodo clásico. Los herederos de esos mayas míticos, sin embargo, brillaron por su ausencia, particularmente en Guatemala, donde el estado (que hoy encabeza uno de los autores del genocidio de los años ochenta del siglo XX) se apropió de los festejos. En cierto modo, los militantes civiles del EZLN reclamaron para los “mayas” de carne y hueso la propiedad de la nueva era prevista por sus antepasados.

En cuarto lugar, las cinco marchas pacíficas deben haber sido una manera de recordar la matanza de Acteal, ocurrida hoy hace quince años, el 22 de diciembre de 1997. Desde entonces, el asesinato a mansalva de 45 personas por un grupo paramilitar se convirtió en el emblema más siniestro de la guerra “de baja intensidad” con que el gobierno mexicano enfrentó a la insurgencia zapatista. No quitar el dedo del renglón resulta importante porque los principales responsables del atentado nunca fueron castigados. Pero también porque uno de ellos goza hoy de la protección del gobierno estadounidense y porque otro acaba de ser nombrado, una vez más, secretario de estado. Así, el gesto de memoria zapatista parece también encaminado a recordarnos qué clase de persona es Emilio Chuayffet.

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