por Luis Fernando Granados *

Se supone que Enrique Peña Nieto viajará este viernes a Mérida para sumarse al Festival de Cultura Maya 2012, y así celebrar o atestiguar —o lo que deba hacerse ante— el final del decimotercer baktun maya. Si lo hace, cuatro jefes de estado habrán estado involucrados de manera directa en el acontecimiento: porque en Copán encabezará los “festejos” el presidente de Honduras, Porfirio Lobo, mientras que en Tikal —en lo que promete ser la reunión pública más numerosa: más de tres mil personas, de acuerdo con esta nota de Prensa Libre— se encontrarán los presidentes de Guatemala, Otto el Kaibil Pérez Molina, y de Costa Rica, Laura Chinchilla.

Además de tan conspicuos personajes, en decenas de sitios arqueológicos del antiguo reino de Guatemala y de la capitanía general de Yucatán este viernes se están reuniendo todo tipo de celebrantes, testigos o lo que sea que sean quienes se han tomado en serio la “profecía” maya del final del tiempo: junto a los “sacerdotes mayas”, los estudiosos del pasado prehispánico y los turistas despistados, sobresale esa multitud de peregrinos apocalípticos, a medias místicos y a medias frívolos, en espera de que algo ocurra que termine de significar el 21 de diciembre, 2012.

Aun si se descuenta la presencia de los presidentes de Costa Rica, Guatemala, Honduras y México, las ceremonias parecen investidas de un carácter público que resulta extraño a simple vista. Después de todo, lo que se supone que está ocurriendo en este día no es más que el cumplimiento de un ciclo calendárico, la famosa cuenta larga maya, que carece de todo efecto práctico. Para empezar, porque hace siglos que nadie se sirve del calendario de los mayas prehispánicos para regular su vida. Y ni siquiera puede decirse que el origen de todo este alboroto forme parte la cosmovisión maya en su conjunto: como han insistido muchos especialistas, la única inscripción que permite relacionar el final de la cuenta larga con el solsticio de invierno de 2012 proviene de un sitio tabasqueño de poca monta.

Tikal de Guatemala
Tikal de Guatemala

La sofisticación y aun opacidad los debates científicos sobre el calendario maya prehispánico hubiera llevado a pensar que el impacto social, la vida pública de ese conocimiento, tendría que ser tan limitado como, por ejemplo, el de las discusiones sobre la antigüedad del poblamiento americano, acerca de las dimensiones de la catástrofe demográfica del siglo XVI o, en fin, a propósito de la función económica del peonaje por deudas en las haciendas coloniales y decimonónicas. Es obvio, sin embargo, que no es el caso: el “fin del mundo maya” ha estado en boca de millones de personas en todo el mundo desde hace varios meses (y aún años, a juzgar por la existencia de ese churrazo bíblico que es 2012, la película de Roland Emmerich).

¿Cómo es que un asunto tan esotérico pudo colarse en las conversaciones y la imaginación de tantas personas? Además de la facilidad con que la cuenta larga puede conectarse con las pulsiones apocalípticas de alguna porción de la sociedad; además de que los ministerios de turismo de los países mesoamericanos encontraron en el acontecimiento una gran oportunidad mercantil, y además de que —como Alfredo López Austin declaró ayer a La Jornada— la popularidad del suceso sea consecuencia al mismo tiempo de la ignorancia y la idealización del pasado prehispánico, es posible que la respuesta a esta pregunta tenga que ver con el aura de misterio que no ha dejado de rodear a los constructores de Tikal, Palenque y Piedras Negras —que es más o menos la misma que se proyecta cada vez que se habla de la “desaparición” de tan egregia civilización-que-inventó-el-cero.

Lo cual, por supuesto, encierra una paradoja inquietante para la disciplina de la historia: si el atractivo social del pasado radica en su incomprensión, en su misterio, entonces el conocimiento científico acerca del pasado está llamado a ser socialmente más irrelevante entre más exitoso sea; es decir, entre mejor consiga disipar el misterio de lo desconocido. Acaso ahí radica la potencia, irritante y seductora, del dicho que proclama ignorance is bliss.

1 Comment

  1. Esta reflexión me pareció muy sugerente. Considero que el problema reside principalmente en un vulgar espectáculo “científico”. Conviene tener muy presentes los efectos de la monstruosa cobertura mediática que 2012 ha recibido en películas y cientos de “programas especiales” en “canales autorizados” como History o Discovery. Hay distintos fenómenos involucrados. Puedo pensar en la divulgación pseudocientífica masificada y el sensacionalismo aceptado por los “especialistas”, pero también en el problema de lidiar con la información en la era de la información. La tiranía de los especialistas y las especulaciones en torno a 2012 se difundieron también por internet, en foros que no son arbitrados y en donde cualquiera puede lanzar la teoría más disparatada y añadirle una gráfica incomprensible para muchos, o una fórmula extraña (de nuevo, el misterio), con el fin de que su hipótesis parezca verosímil. El esoterismo parece así un mecanismo de defensa de la autoridad para conservar un aura de seriedad y rigor, incluso en las situaciones más disparatadas.

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