por Pedro Salmerón Sanginés *

Hace unas semanas se realizó un coloquio sobre movimientos sociales en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, en el marco del cual Ariel Rodríguez Kuri y Francisco Pérez Arce presentaron espléndidas ponencias sobre el movimiento de 1968. En la ronda de intervenciones, voces del público —voces jóvenes— mostraban notable extrañeza y desazón ante las justificaciones oficiales y oficiosas de la represión. La sensación entre ellos era “¿quién en su sano juicio puede creer que el movimiento fue resultado de una conspiración contra México?”

2 de octubre, 1968
2 de octubre, 1968

Les respondí entonces y lo reitero ahora: una parte de México para quien la historia inmediata está formada por prejuicios que no tienen que investigarse, de los que no se duda. Así, para el distinguido panista Luis Pazos, la masacre de Tlatelolco puede resumirse en tres renglones: “El 2 de octubre, en un intento de desestabilizar al gobierno, un grupo interesado en crear caos y confusión para que no se celebraran los juegos olímpicos, propicia las víctimas de Tlatelolco” (Historia sinóptica de México, 139).

Pazos, autor de una veintena de libros sobre historia y economía (algunos ilustrados por Francisco Calderón), fue diputado federal, director de Banobras y presidente de la Condusef durante los doce años de gobiernos panistas. Lo recordamos por la desviación de dineros públicos al grupo Provida y porque ha sido presentado como un economista serio, aunque sus libros en esa materia tienen el mismo tipo de sustento y base que los de historia. Dediquémonos solo a la perla anterior.

Para Pazos, el movimiento estudiantil de 1968 buscaba “desestabilizar al gobierno de Díaz Ordaz” mientras que sus líderes, “comunistas y socialistas” en su mayoría, “se dice que fueron financiados por la CIA”. Los estudiantes fueron utilizados como carne de cañón, siguiendo la “recomendación concreta” de “los libros de subversión comunista” de “crear víctimas para mantener viva una subversión”. “Fueron los líderes izquierdistas [los] que propiciaron la masacre […] para impedir la realización de los juegos olímpicos, ganar posiciones políticas y el poder” (141).

El doctor Pazos repite sin matices la versión sostenida por Gustavo Díaz Ordaz en su cuarto informe de gobierno. Pero puesto que se presenta como analista o experto en nuestra realidad, podríamos exigirle pruebas. De esas habla en su libro ¿Por qué Chiapas?, que a diferencia de su Historia sinóptica, sí pretende ser una explicación fundamentada de un hecho. Y claro, del hecho de que francotiradores dispararan desde los edificios contra estudiantes y soldados el 2 de octubre. Efectivamente, ambos libros sugieren que los francotiradores eran parte de la conjura orquestada por los líderes “socialistas y comunistas”.

Por supuesto, no puede evitarse que en los blogs y páginas web inspiradas por la historia del odio a que me referí en otra entrada siga campeando esta idea. Pero sí podemos señalar a uno de los “ideólogos” del PAN que sostiene las tesis del licenciado Díaz Ordaz, sin una sola prueba, más allá del “me dijeron”. Máxime que la filiación de los francotiradores ha quedado precisada por infinitas pruebas documentales, como oficiales del estado mayor presidencial que integraban el Batallón Olimpia; entre las pruebas aportadas destacan los documentos del general Marcelino García Barragán que su hijo entregó a Julio Scherer y son la base del contundente y espléndido Parte de guerra, publicado por don Julio y Carlos Monsiváis.

¿Se disculparía Luis Pazos por sus calumniosas mentiras? Por supuesto que no.

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