por Gerardo López Luna *

Los políticos mexicanos, desde el presidente de la república hasta los directores de área, han procurado ser siempre una especie de médiums, que manifiestan ideas y exponen decretos en voz alta como si fueran los deseos del más allá de los personajes que colocan a su espalda. Un retrato, una escena o la representación de un “héroe” crean en cada uno de esos momentos la hagiografía civil que ya es costumbre.

Los personajes recurrentes son los “fundadores” de nuestras matria y patria. Si el mensaje es de amor a la patria, las imágenes de Miguel Hidalgo y José María Morelos son las elegidas para enmarcar los discursos. Cuando el mensaje trata de legalidad, Benito Juárez y Venustiano Carranza desempolvan sus ropas grises y negras. Si el sentido es la justicia social y la educación, Lázaro Cárdenas quita a todos. Luego aparecerán Josefa Ortiz, Leona Vicario, Vicente Guerrero y los “niños héroes” para ilustrar el sacrificio por el bien común. Y así hasta que se diluyen los nombres y la memoria. De tal suerte, en las fotografías de los diarios y en las imágenes de la televisión dos son los personajes que vemos: el héroe y su elegido.

José López Portillo obligó a Morelos parecerse a él en las monedas de un peso. Felipe Calderón tampoco lo dejó en paz y en el retrato que dejó al final de su mando, el “Siervo de la nación” está presente en lo que parece un busto de metal.

En la madrugada del primero de diciembre, el primer personaje histórico que apareció en este sexenio fue Nicolás Bravo. Enrique Peña Nieto tomó protesta al gabinete de seguridad de su gobierno en la sala que tiene como obra de arte principal el cuadro El general Bravo perdona la vida a 300 españoles, de Natal Pesado.

El general Bravo en la cabeza del pintor Pesado.
El general Bravo en la cabeza del pintor Pesado.

La escena es la representación de un acto “noble de generosidad”, como lo califica Lucas Alamán. El 13 de septiembre de 1812 fue ejecutado a palos Leonardo Bravo, el padre de Nicolás. Morelos le había comunicado la fatal noticia junto con la orden de ejecutar, en represalia, a los 300 españoles que tenía prisioneros. A las cuatro de la mañana del día de la ejecución, sin embargo, Bravo resolvió “á perdonarlos, de una manera que se hiciera pública y surtiera todos los efectos en favor de la causa de la independencia”.

Como dijimos, la toma de protesta del día primero de diciembre fue en esa sala del Palacio Nacional. Quizá fue una coincidencia y no existe mensaje alguno… como también lo habría sido la elección de la otra sala, ésa con el gran librero, en la que la nueva familia presidencial se tomó la primera fotografía oficial de este sexenio.

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