De Guanahaní a Wirikuta

por Dalia Argüello *

La próxima conmemoración del 12 de octubre es una oportunidad para pensar acerca de la identidad nacional, el pasado indígena y su impacto en nuestro presente. También es una invitación para reflexionar acerca de las condiciones actuales de las comunidades indígenas, y las políticas de estado que las afectan.

En México ha sido frecuente la imposición de proyectos de desarrollo en territorios indígenas, sin que la población originaria pueda participar en la toma de decisiones. Un ejemplo reciente es el conflicto generado por las concesiones otorgadas a empresas extranjeras para la explotación de yacimientos mineros en la zona de Wirikuta (San Luís Potosí). El problema no es menor, pues no se reduce a un asunto territorial, ni exclusivamente ecológico, sino que involucra la supervivencia cultural de la población wixárika.

Contra la mina. (Foto; Heriberto Rodríguez.)

Contra la mina. (Foto; Heriberto Rodríguez.)

Ante estos proyectos económicos, basados en la voraz explotación que beneficia sólo a unos cuantos, la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió esta semana una recomendación para el gobierno mexicano en la que se reconoce, entre otras violaciones, que al transgredirse el derecho ancestral del pueblo wixárika sobre sus territorios, se afectó su derecho básico a la identidad cultural, ya que la estrecha relación entre comunidad, territorio y recursos naturales es un elemento constitutivo de su cultura, en tanto forma de vida. Además, se establece que “Wirikuta no debe entenderse solamente como puntos geográficos, sino como una expresión de la cosmovisión del pueblo wixárika y de sus costumbres y tradiciones”. (El comunicado de prensa de la CNDH puede verse aquí.)

El conflicto está latente y nos hace pensar en la histórica relación entre las comunidades indígenas y el estado, desde la creación de éste en el siglo XIX: para consolidar la nación en la que todos pudieran identificarse fue necesario establecer una noción de pasado común y un ideal de futuro que se mostrara prometedor, lo que implicó que una sola historia fuera contada y muchas silenciadas; que unos valores fueran exaltados y otros condenados.

En su origen decimonónico, la enseñanza de la historia cumplió esta función y por eso estuvo cargada de estereotipos raciales, de discursos excluyentes y unívocos. Hoy en día sabemos que la identidad no es una sino que es múltiple, que la diversidad cultural es lo que nos constituye y enriquece. Por eso la forma como pensamos y enseñamos la historia no puede seguir siendo la misma.

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