La revolución, el PRI y Macario Schettino (1 de 2)

por Pedro Salmerón Sanginés *

El pasado 4 de agosto, Macario Schettino dio respuesta a la denuncia que publiqué hace varios meses en La Jornada y que recientemente recuperé y renové para el El Presente del Pasado. Ésta es mi contrarréplica. Pido excusas al público lector por la tardanza, así como por la extensión de la misma.

1. El doctor Schettino no entendió: no pretendo debatir con él. El objetivo explícito de mis artículos sobre los falsificadores de la historia es la denuncia. No la crítica a aquellas posiciones con las que discrepo, pero llenas de aportes y bien fundamentadas (eso sería debatir con autores como François-Xavier Guerra, Héctor Aguilar Camín, Ramón Eduardo Ruiz, Enrique Krauze o Jean Meyer, por ejemplo), sino la denuncia de la manipulación tramposa de la historia perpetrada por individuos que, sin respeto por el conocimiento histórico, sin distinguir entre el hecho y su interpretación, con un muy escaso manejo de fuentes y nula crítica de las mismas, se inventan o se acomodan narraciones históricas con objetivos políticos casi siempre evidentes: la denuncia de los falsificadores.

Asegura don Macario que mi objetivo es desacreditar a su persona “para evitar una discusión sobre el presente” (curioso que lo afirme quien explícitamente rechaza la discusión porque no le gusta mi estilo). Schettino confunde lo privado con lo público. En mis textos no hay una sola palabra sobre su vida y sus decisiones privadas. No me interesan —ni interesan al público— la religión que profese, sus preferencias sexuales, su equipo de futbol, sus relaciones familiares o amistosas, si le gusta el vino tinto o las malteadas de fresa ni a qué dedica su tiempo libre. Ese tipo de cosas deben volverse públicas únicamente cuando trasgreden la convivencia (lo que no es el caso). No hay en mis artículos ataques personales. Hay denuncias de posiciones publicadas, es decir, públicas. ¿Que no le gustan? Es natural, a un falsificador no puede gustarle que se le señale como tal.

Hay otras falsedades, fácilmente refutables en su respuesta, sobre quién puede opinar o no (defínase, doctor Schettino: usted opina, o concluye terminantemente, hasta el punto en que “las dudas desaparecen” como asegura en el último párrafo de su libro); sobre “verdades establecidas” y “posturas ideológicas” (en efecto: lo dice quien no tiene dudas), sobre libros primerísimos y originalísimos (el suyo, por supuesto). Pero aquí no se habla de mi obra sino de la suya (aunque si quiere, discutamos mis libros.)

2. Vayamos, pues, al tema. Afirmé con todas sus letras que Schettino es un falsificador de la historia. Lo reitero. En su respuesta dice que, en efecto, como lo señalé, en su explicación de la revolución mexicana no revisó fuentes primarias “porque este no es un libro de historia ni una tesis doctoral”. Parece sugerir que, en su carácter de opinólogo, se trata solo de una opinión… con empaque académico y 526 páginas. Sin embargo, es muy distinto lo que dice en el libro: “La revisión cuidadosa de la información que tenemos acerca del periodo no nos permite sostener con algo de confianza ninguna de las tres primeras explicaciones. Es sólo la cuarta, la prosaica, la que parece contar con cierto apoyo de las fuentes.” Por tanto, la revolución solo fue “destrucción, lucha descarnada por el poder” (Cien años de confusión: México en el siglo XX [México: Taurus, 2007], 31; las cursivas corren por mi cuenta).

Hacia el final del libro repite el argumento: “Este libro es un intento por comprender el siglo XX mexicano. Por lo mismo, he tratado de analizar con el mayor rigor posible los procesos políticos, económicos y sociales que vivió México en esos cien años” (453). Y más aún: “Este libro es una evaluación crítica, reúne muchas visiones especializadas que han podido aclarar diversos momentos del siglo, desde diferentes perspectivas, pero aporta una perspectiva de conjunto hasta ahora inexistente. Y cuando se tiene esta visión de conjunto, las dudas desaparecen” (455).

¿En qué consiste tan riguroso análisis, evaluación tan crítica? Ya lo señalé en mi artículo anterior y Schettino parcialmente lo acepta al reconocer que no realizó investigación en fuentes primarias. Más aún, como señalé (sin respuesta, porque no puede tenerla), el capítulo sobre la revolución mexicana tiene 131 referencias bibliográficas, 78 por ciento de las cuales proceden únicamente de dos libros (de Alan Knight y de Hans Werner Toebler), cuyas conclusiones, por cierto, difieren notablemente de las suyas. Al parecer, Schettino utilizó ambos libros para darle apariencia académica a un libro que nació sin dudas y concluyó sin dudas. Lo que hizo es una trampa intelectual que no se hubiera colado ni siquiera como tesis de licenciatura (al menos no en mi facultad): usar dos libros para dar apariencia de solidez a sus prejuicios. ¿Es esto una “evaluación crítica”, una “revisión cuidadosa”?

Su crítica y cuidadosa revisión lo lleva a una serie de conclusiones en la que no cabe la duda. Iniciaremos —otra vez— con una de ellas, para ver si ahora queda claro, no a Schettino sino a quienes aún confían en su ética profesional: la revolución —dice— fue sólo “destrucción,  lucha descarnada por el poder” (31) cuyas causas fueron inventadas ex post-facto. Asegura que no demuestro la falsedad de sus afirmaciones sobre la invención ex post-facto de los agravios en cuyo origen está el despojo de los campesinos y las formas de tenencia de la tierra. Demostremos en lo posible, pues, que miente o apuesta por la ignorancia (injustificada en quien escribe un libro de 500 páginas, de apariencia académica y conclusiones que no permiten duda) cuando afirma que “la revisión cuidadosa de la información que tenemos acerca del periodo no nos permite sostener con algo de confianza ninguna de las tres primeras explicaciones” (31) —sí, lo sé, ya había citado esto—; cuando reitera que “el problema agrario, esencialmente el problema de la tenencia y aprovechamiento de la tierra, es fundamental para los zapatistas, mas no para el resto de quienes intervinieron en la revolución” (34) y, en fin, cuando me responde, el 4 de agosto, que “[Salmerón] critica mi afirmación de que la primera revolución, la de Madero, no es agraria, y que va a ser hasta los años veinte cuando el agrarismo en México se convierta en una fuerza importante”.

Primeros rebeldes

Primeros rebeldes

3. Puesto que concede el agrarismo en las filas zapatistas, aunque no el carácter revolucionario del zapatismo —pues sólo parece conocer la frase inicial del libro de Womack y no conoce ni quiere conocer los libros que demuestran (documentalmente) ese carácter revolucionario y que ya cité en mi anterior artículo—, pasemos al caso que mejor conozco: el de la revolución en Chihuahua, Durango y Coahuila.

Cuando inicié la investigación que llevó a mi tesis doctoral (defendida en 2003) y luego al libro La División del Norte: La tierra, los hombres y la historia de un ejército del pueblo (México: Planeta, 2006), yo también atribuía poco peso al conflicto agrario en el norte, porque eso decían los más importantes de los libros sobre la revolución mexicana que había leído. Por eso no me extrañarían también las contundentes aseveraciones de Schettino sobre la historia oficial y las verdades absolutas… si su libro no revelara tan a las claras su ausencia de ética o su ignorancia sobre la historiografía de la revolución.

La lectura de los historiadores revisionistas me llevaba a dudar seriamente de que, entre los agravios que empujaron a miles y miles de hombres del norte a la revolución, los de carácter agrario tuvieran verdadera importancia. Sin embargo, buscando en las fuentes primarias (los periódicos de la época los archivos locales y nacionales; eso que los historiadores llamamos “fuentes primarias”, cuya crítica y contraste nos permite llegar a verdades parciales y relativas, siempre matizadas por la duda) trajeron consigo una revelación sorprendente: el nexo directo, la primera de las dos razones principales (razones explícitas) de la rebelión maderista en el norte era el hambre de tierras, la sed de agua. (Y no hablemos del resto de la década, antes de los años veinte, cuando según don Macario aparece apenas el agrarismo.)

La documentación original (original, no de segunda mano ni, mucho menos, ex post facto) muestra el despojo de los recursos de los hombres del campo y el conflicto agudo de los pueblos con los hacendados, así como la aparición de los mismos nombres entre los protagonistas de esos conflictos y la revolución en Chihuahua y el carácter masivo de la participación de los vecinos de estos pueblos en la revolución, en las poblaciones de San Andrés, Santa Isabel, Chuvíscar, Santa María de Cuevas, Santa Rosalía de Cuevas, Satevó, Ciénega de Ortiz, San Lorenzo, Santa Bárbara de Tutuaca, Cusihuiríachic, Namiquipa, Cruces, Bachíniva y muchos más, en lo que llamo “El país de Villa”.

Lo mismo encontré en  Janos, Caríchic, Santo Tomás, La Ascensión, Buenaventura y muchos otros pueblos de los distritos Guerrero y Galeana de Chihuahua; en Cuchillo Parado, La Mula, El Mulato, San Carlos, Santa Helena en el rumbo del desierto… en todo el antiguo partido de Cuencamé y en muchos pueblos de los partidos de Indé, El Oro y Santiago Papasquiaro, del estado de Durango; en la comarca lagunera. Y así hasta en un centenar de localidades, donde hay nexos directos entre el conflicto agrario, el agravio, y la revolución de 1910-1911. ¿Fuentes? Ya las mencioné. Pueden consultarse en detalle en mi libro. En fin, también hay que decir que en otros pueblos de Chihuahua y Durango que se sumaron masivamente a la revolución la documentación original no muestra ese tipo de conflictos.

Vínculos directos de luchas y demandas agrarias con la revolución de 1910-1911 se encuentran, otra vez con documentación de la época, en Sinaloa, a través de los generales Juan Banderas y Felipe Bachomo; en Tamaulipas, con Alberto Carrera Torres; en San Luis Potosí, con Magdaleno y Saturnino Cedillo; en Guanajuato, con Cándido Navarro; en Oaxaca, en el sur de Veracruz… (véanse los libros de Romana Falcón, Carlos Martínez Assad, Heather Fowler Salamini, Saúl Armando Alarcón Amézquita, José Ángel Solorio Martínez y otros historiadores que aportan pruebas documentales). En cambio, no encontré conflictos agrarios significativos en la mayor parte de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, como tampoco parecen haberla encontrado los historiadores de Sonora en ese estado, más allá del valle del Yaqui.

Y a propósito del valle del Yaqui (“Para discutir el tema de propiedad en el norte del país [Salmerón] se va a la guerra del Yaqui y a las revueltas de Chihuahua en 1890. ¿Cómo qué tienen que ver con la revolución?”, pregunta don Macario), ¿le parece que no hay relación directa entre el despojo de tierras, la rebelión de la tribu, su posterior participación masiva en la revolución y su subsiguiente resistencia que no cesó sino con el reparto agrario cardenista? Tendría que leer, al respecto, los bien fundamentados libros sobre la revolución en Sonora de Héctor Aguilar Camín, Ignacio Almada Bay y Laura Alarcón Menchaca (a quienes supongo que ni siquiera don Macario podría acusar de veleidades populistas o agraristas, en el caso de que los haya leído). La relación directa de la revolución con los despojos de tierras que (entre otros agravios) provocaron las rebeliones chihuahuenses de la década de 1890 con la rebelión maderista está fundamentada documentalmente en otro montón de libros, de autores que también brillan por su ausencia en el horizonte schettineano (salvo Friedrich Katz, a quien cita cuando le conviene): Francisco R. Almada, Ana María Alonso, Daniel Nugent, Víctor Orozco, Lillian Illades, Jesús Vargas Valdés y Antonio Saborit, por mencionar algunos.

14 Respuestas a “La revolución, el PRI y Macario Schettino (1 de 2)

  1. Concuerdo con usted, doctor Salmerón: el señor Schettino no pierde oportunidad para dar sus opiniones que dejan mucho que desear a causa de su falta de objetividad y sustento (al menos en varias de las cuales he podido atestiguar en diversos medios de comunicación).

    En la siguiente entrevista se le presenta como un opinólogo atinado, como una especie de nuevo debelador de las ideas erróneas entorno a la revolución, ostentándose como el único mexicano que ha criticado dicha coyuntura y lo que vino después de ella en nuestro país durante el siglo XX. Pues por lo que da a entender, no se había hecho, algo así, dado que tras ” siete, ocho años de estar buscando en distintos lugares”, no encontró nada, al menos nada escrito por mexicanos, sólo por extranjeros, dado que “no había datos y nadie los había estudiado”. El señor Shettino se atreve a decir que sí recogió lo que hicieron muchos historiadores, de muchos especialistas, en donde se contradice, a partir del minuto 5: 56, cito:

    “la parte económica, ahora sabemos mucho que antes no sabíamos, se empezó a estudiar en serio lo que ocurrió en el porfiriato hace diez o quince años. Antes no había datos, nadie los había estudiado, y fui realmente recogiendo lo que han trabajado muchísimos historiadores. El libro lo que hace es recoger mucho, el trabajo de especialistas que no son reconocidos fuera del circulo de especialistas. Me parece que este es el primer libro de un mexicano que tiene una visión crítica del siglo XX, en México los otros libros que existen, son escritos por extranjeros, por ingleses, por franceses, por norteamericanos, pero no por mexicanos…”

    Parte 1

    Parte 2

    • ¿Y en dónde deja este señor Schetino la obra de Daniel Cosío Villegas? ¿Quiere datos sobre el porfiriato? ¡Que la lea!

  2. Te felicito por la claridad de tus argumentos y manejo de datos que hablan de tu exhaustiva investigación… tú sí sabes de qué hablas

  3. François-Xavier Guerra, Héctor Aguilar Camín, Ramón Eduardo Ruiz Enrique Krauze son falsificadores junto con el señor Screttino. Jean Meyer no me lo parece. Saludos, rc

  4. ¡Qué ganas de amargarse el gusto viento y escuchando al farsante! Hay que tener hígado. Según se de él, la historia no existe sino hasta que el cretino la delcara, la crea, la revela. (Patético.)

  5. Tuve la oportunidad de leer el libro del doctor Schettino y tmb he leido sus columnas en La Jornada. Al margen de la opinion que cada persona puede tener, permítame decirle que coincido plenamente con el doctor Schettino. Y no me refiero a sus conclusiones historias (ellas pueden ser debatibles, como toda buena teoria o hipotesis), sino a la manera que tiene usted de criticar su trabajo. Tiene razon el doctor Schettino: usted parece criticar su trabajo usando los mismos argumentos que él intenta refutar. Como dijo el doctor Schettino, si usted desea refutar su hipotesis, entonces seria suficiente con mostrar que la economia durante el porfiriato fue una catástrofe o que el apoyo popular a Madero fue contundente. Pero no lo hace, o lo intenta hacer parcialmente utilizando datos aislados que, aunque bien pueden ser certeros, no se ve como se conectan para refutar la idea central de Schettino.

    Por otra parte, y esto ya como nota personal, yo intente tener una discusion con ud por Twitter, haciendole preguntas concretas sobre Morena, petroleo y otros temas. Mis preguntas eran directas y de fácil respuesta, en una linea de Twitter hubiera podido responder. Por el contrario, lo que me gané fueron insultos disfrazados (“vaya a leer un libro”, “ud miente”, “ud apoya a EPN”, etcétera) sin nunca responder una sola de mis preguntas de manera concreta y certera. Al final usted terminó bloqueándome en Twitter, y yo sigo con las mismas dudas…

    Como ya se lo dije, yo no puedo afirmar que la tesis del doctor Schettino sea correcta o erronea. Creo que al final es sólo eso, una tesis y, como en toda ciencia (social o natural), tal tesis debe de someterse al debate y escrutinio por parte de la comunidad academica. Sin embargo, usted rehuye al debate de la idea central de Schettino (dicho con sus palabras: “la revolución mexicana, entendida como ese levantamiento general del pueblo en contra del dictador Porfirio Díaz, es algo inventado”), y sólo ofrece datos que, si bien pueden (y no dudo) ser correctos, no se ve cómo puedan refutar su idea central. A lo más podrían servir para debatir algunas de las tantas ideas que utiliza Schettino para construir su argumentación, pero no para derribar su idea central y mucho menos para acusarlo de falsificador de la historia

  6. Jc. Desconozco qué formación académica tengas. Pero de acuerdo a lo planteado por Pedro Salmerón, la metodología usada por el doctor Macario, no es útil ni siquiera para hacer una tesis de licenciatura. A lo mucho que podría llegar es a un ensayo. Lo grave del doctor Macario no es que escriba libros (sin el sustendo suficiente) acerca de un tema tan delicado, lo grave es que él tiene acceso a los medios de comunicación masiva. Y teniendo en cuenta la precaria instrucción de las mayorías, el Dr. terminaría influyendo ampliamente en una nada pequeña parte de la población.

    • Agregando a lo dicho por Fernando, y sobre le punto que indica que la economía porfiriana no era una catastrofe, es posible que así haya sido, pero es importante matizarlo diciendo que los últimos años habían sido de sequía, y el precio del maíz había aumentado considerablemente, lo que fue, como en la Revolución Francesa con el precio del trigo, la gota que derramó el vaso. Además, la revolución no sólo se dio por cuestiones económicas, sino políticas. Para 1910, Díaz había apretado demasiado la cuerda, y, contrario a sus prácticas originales, dejó fuera por completo a la población de la toma de decisiones. Basta leer con cuidado a Womack para darse cuenta, y de paso, el Plan de Ayala, cuyas demandas van más allá de lo agrario. En Tlaxcala, por ejemplo, la gente se levantó, cuando le quisieron cobrar más impuestos, y por el hartazgo de años del Prosperato.

  7. Pingback: Falsificadores de la historia: Enrique Peña Nieto | My CMS·

  8. Podría utilizar las mismas palabras de Salmerón, para realizar una critica sobre sus libros o conferencias. Exactamente las mismas palabras y mi critica sería totalmente valida. Típico intelectual de izquierda que solo dice lo que le conviene.

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