Malintencionada pobreza televisiva

por Diana Salazar Tapia *

El cine es una de las fuentes primarias más cercana a la población en general, ya que por su carácter visual se transmite por la televisión, aparato que forma parte inherente de la decoración de un hogar mexicano (a diferencia de internet, que todavía no es empleada de manera generalizada). El tener una mirada crítica para analizar las fuentes de la historia es una habilidad que  hay que impulsar no sólo en los niveles educativos, sino también en la vida diaria.

Algunas películas que forman parte de la época de oro del cine mexicano todavía se transmiten en los canales más vistos de televisión abierta. Sin embargo, no se cuestiona su contenido, y considero que para comprender más el periodo de dicha producción cinematográfica hay que inquirir el porqué de esos contenidos: a qué valores, esquemas y realidades responden en el contexto de producción.

Revisemos un solo caso, el del más famosos galán de cine y cantante de la época, querido aún por gran número del público televisivo: Pedro Infante. Si hurgamos en los papeles que interpretó, con gran carisma y maestría, habrá que admitir que hallaremos una gran cantidad de antivalores que ya no eran vigentes ni siquiera en la época en que se encarnaron.

Malintencionada pobreza de contenidos fílmicos y televisivos.

Malintencionada pobreza de contenidos fílmicos y televisivos.

En Pedro Infante: Las leyes del querer (México: Aguilar-Raya en el Agua, 2008), Carlos Monsiváis presentó una crítica a este personaje y al contexto histórico en el que se le dio vida. En ese momento se trataba de unificar al pueblo de alguna manera, manteniendo sobre todo la moral católica, la cual se presentaba en forma de culpa y de acto cotidiano de unión en los momentos religiosos: bodas, bautismos, misas, defunciones, etcétera. Estas películas se caracterizaban por estar llenas de culpas y de secretos familiares, que se escondían precisamente para no manchar el nombre, orgullo y dignidad de la familia.

Uno de los filmes más visto y reconocido protagonizado por Pedro Infante es Nosotros los pobres, producción de 1948 dirigida por Ismael Rodríguez. En éste, al igual que en Los olvidados, de Luis Buñuel, se retrata el ambiente de las vecindades de la ciudad de México de los años cuarenta, aunque con una mirada y representación totalmente distintas: la vecindad de Rodríguez se mira llena de igualdad, amistad y sencillez, las desgracias unen más a los personajes y lo único que atenta contra estas familias pobres es la gente con grandes posibilidades económicas: un junior con una gran fortuna y un licenciado que abusa de las jóvenes del barrio. No se trata aquí de  cuestionar lo que pasa en la película, sino de ver la intención que tenía el director al crear la historia y los personajes. En Nosotros los pobres, Pedro Infante representa a un hombre pobre rodeado de tragedias, carpintero de oficio —como el padre de Jesucristo—, viudo y celoso protector de la dignidad de su familia, protegida aún de su propia hermana caída en el libertinaje y madre de una hija nacida fuera del matrimonio. El típico personaje moralino, juez y parte de su entorno social  dominado por los hombres.

El éxito de películas como ésta, llenas de melodrama, es que los espectadores  se vieron reflejados en esos temas de injusticia social. Sin embargo, el hecho de que sea una de las que más se transmite en la televisión tiene que ver con el arraigo de la resignación ante la desgracia —postura de data católica— que parece inserta en la idiosincrasia del mexicano, que se encomienda a dios antes que culpar a las autoridades responsables. Sociedad apolítica la nuestra…

Antaño los filmes de los hermanos Rodríguez, hoy las telenovelas —bastante menores comparadas con aquéllos—, siguen cumpliendo la función de inyectar valores y antivalores en las mentes espectadoras, los que, apoyados por la ideología de la iglesia católica, van creando individuos acríticos, que no cuestionan, por ejemplo, el ensalzamiento de grandes transnacionales como fuentes de empleo y prosperidad para el país.

Resulta necesario promover la crítica y el análisis de estos productos televisivos, para que exista un criterio de selección y no se consuma todo lo que la “caja idiota” presenta con ciertos fines e intereses, escondidos en sus melodramas.

5 Respuestas a “Malintencionada pobreza televisiva

  1. Hola Diana, efectivamente, tienes razón. Soló una observación, en esa película el papel de Pedro Infante, no era de un viudo viudo, era soltero, pero en fin el mensaje es el mismo.

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  2. Gracias por la observación, después de verla como 20 veces todavía me equivoco con la trilogía: Nosotros los pobres, Ustedes los ricos y Pepe el “Toro”. Saludos.

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  3. Hola,

    Tu texto tiene errores de dedo. Esto cada vez es más común en las publicaciones en general y es una lástima. Creo que la revisión debe ser rigurosa tanto en redacción como en contenido.

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  4. ¿Por qué tendría que existir un “criterio de selección”, por qué es “necesario”, según leemos? Y ¿por qué la existencia de un criterio de selección haría que «no se consuma todo lo que la “caja idiota” presenta con ciertos fines e intereses, escondidos en sus melodramas.»? O mejor dicho, según entiendo la intención de lo escrito: ¿por qué criticar y analizar los productos televisivos, y de este modo proveernos de un “criterio de selección”, debería hacer que no consumamos «todo lo que la “caja idiota” presenta con ciertos fines e intereses, escondidos en sus melodramas.»?

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  5. Acudo a señalar que concuerdo con lo que refleja “medusita”, con los errores de dedo, muchos y necesariamente deben revisarse los textos antes de publicarse, pero más allá de eso, me parece que el texto inicia de manera importante, ofrece una expectativa significativa y el desarrollo es muy pobre o me quedó a deber un verdadero análisis de los cuestionamientos que postula, y porqué solo se condicionan dos películas y si hay muchas más que caen en estos mismos e insistentes mecanismos del “mexicanismo”.

    Siempre me he preguntado porque el cine hecho en el distrito es nacional, si todo lo que se construye o realiza en el mismo territorio es nacional, porque la misma intención de influenciar el impropio mecanismo de la capital conquistadora y los al rededores ignorantes, pero hablando de historia, uno de los errores que no se quieren corregir es ese, establecer la igualdad de las realidades.

    Nunca lo que pasó en el DF pasó en las muchas ciudades del país, nunca el lenguaje, las condiciones, las particularidades de los defeños han sido las de los habitantes del resto del país, no entiendo nuevamente porque lo que sucede ahí, necesariamente sucedió en otra parte y la falta de reconocimiento al valor, a las características a los alcances y condiciones de las muchas otras regiones que no son DF y que no tienen nada que ver con DF, generalizando condiciones y atribuyéndose sentidos de paternidad total a las condiciones culturales, sociales, políticas, económicas de otras latitudes.

    Hay mecanismos específicos que urden controles, la iglesia, los gobiernos corruptos y corruptores, pero en el común general, nunca fue y tampoco hoy es igual, lo que sucede en Tijuana, no sucede en Chetumal, lo que se come en Nuevo Ladero, no se conoce o cocina en Tapachula, aún y cuando que se insiste en establecer que es lo mismo.
    Es cierto que los medios de comunicación se atreven insistentemente a establecer condiciones muy distantes a las realidades, es muy común que se intente “unificar” en pro de una imagen “nacional”, pero aun hoy 200 años después de la más llamada independencia y la mal llamada revolución, no hay una identidad “nacional”, los poblanos son poblanos, los jarochos son jarochos y los culiches, son culiches y que yo sepa, no hay indicios de retransformación de identidades.

    Si van a insistir en hablar de historia, empecemos por reconocer las condiciones de igualdad, de reciprocidad y conocimiento sobre lo que sucede, de otra manera, seguirá la misma “caja loca” haciendo y proponiendo lo que mejor le interesa, y la población en general absorbiendo sin carácter y si capacidad la determinación de cambiar las cosas, reciba un saludo cordial.

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