Con-ciencia

Wilphen Vázquez Ruiz

En ocasiones, cuando buscamos analizar la forma en que han tenido lugar los avances científicos, no es extraño encontrarnos con que han sido las conflagraciones bélicas las que han dado lugar a impulsos portentosos en diversas áreas del conocimiento tecnocientífico. De hecho, a partir de la gran guerra (1914-1918) se sentaron las bases para que, llegada la segunda guerra mundial, esto fuera inobjetable. En este último conflicto, la detonación de dos bombas nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, no sólo provocarían la rendición de lo que antes fuera el imperio japonés, sino también el inicio de una nueva etapa en la investigación tecnológica y científica desarrollada por unas cuantas naciones, quedando la mayoría de ellas rezagadas en ese aspecto.

De hecho, para quienes recorrimos parte del siglo XX durante la educación básica es fácil recordar que, en los libros de texto dedicados al área de historia, se señalaba a 1945 como el año que daba inicio a la “época contemporánea”. Ignoro cuál era el sustento teórico que condujo a quienes redactaron esos materiales a sostener tal afirmación. Sin embargo, aun con la posibilidad de que carecieran de una base teórica para establecer tal periodización, ésta empataba, cuando menos parcialmente, con uno de los señalamientos expuestos por la historia de la ciencia que establece no en la detonación de las bombas nucleares sobre Japón sino en el arranque del proyecto Manhattan el inicio de la ciencia contemporánea.

En forma por demás clara, Javier Echeverría —en La revolución tecnocientífica (Madrid: Fondo de Cultura Económica, 2003), 282— establece que dicho proyecto dio inicio a la ciencia contemporánea por varias razones. Una de ellas, quizá la principal, fue que las investigaciones científicas en las áreas de física, matemáticas y lo que comenzaba a ser la informática fueron concentradas y dirigidas por el propio gobierno estadounidense para lograr el enriquecimiento de un isótopo particular de los átomos de uranio y de plutonio, con el fin de una arma cuya capacidad de destrucción hasta ese momento era inimaginable para el ser humano.

Estas investigaciones, cabe decirlo, buscaron el desarrollo de esta tecnología bélica ante las evidencias de que la Alemania nazi también lo hacía y de que entre las filas de los científicos alemanes estaba Werner Karl Heisenberg, una de las mentes más notables de su época en el área de la física atómica y la mecánica cuántica. En Estados Unidos, el papel jugado por los centros de investigación de diversas universidades fue nodal. A esta etapa el desarrollo de la ciencia contemporánea se le conoce, en los términos propuestos por J. Echeverría, como la de la “macrociencia”.

El resultado de esa carrera es de todos conocido y más aún lo que ésta provocó terminado el conflicto bélico: una competencia entre lo que serían las dos grandes potencias hegemónicas, Estados Unidos y la Unión Soviética, que dio pie a la fabricación de miles de ojivas nucleares que no tardaron en hacer palidecer a las arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Es con este periodo que, de nuevo, J. Echeverría nos ofrece una clasificación para la segunda etapa de la ciencia contemporánea: la “big science”, la cual, a su vez, también presentó una evolución en la que los patrones mediante los que las investigaciones científicas y tecnológicas se llevaban a cabo se fueron modificando.

Durante esta segunda etapa, en lo que se refiere a los vecinos del norte, el estado fue el garante no sólo en la dirección sino en el financiamiento de la mayor parte de estas investigaciones que, terminada la guerra, comenzaron a abarcar otras áreas del conocimiento, particularmente las ciencias de la vida y la medicina. Eventualmente, hacia la década de los años ochenta, y de manera por demás clara en el decenio siguiente, el estado se fue retrayendo para ceder su lugar a los capitales privados que, eventualmente, conformarían un vasto número de compañías transnacionales con la capacidad para decidir cuál sería la agenda que habría de privar en la investigación tecnocientífica.

Discusión sobre política científica para el próximo gobierno. (Foto tomada de aquí.)

¿Qué relación guardan estos hechos con nuestro país y con nuestra realidad actual? Como otros tantos países, México participó en la segunda guerra mundial. Tras la guerra, la nuestra fue una de las muchas naciones que tardaron en valorar la importancia que la investigación tecnocientífica tenía para su desarrollo. De hecho no fue sino hasta la década de los años setenta que, de manera coincidente con buena parte de los países latinoamericanos, que se creó el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Los objetivos de su creación respondían al atraso científico y tecnológico que ya enfrentaba el país y a la necesidad de ofrecer, por medio de la ciencia y la tecnología, una serie de alternativas para el desarrollo industrial, económico y social del país.

Si bien sería absurdo negar las enormes bondades que ha tenido la existencia del Conacyt, no debe negarse tampoco que nuestro país ha estado muy lejos de lograr esquemas que le permitan alcanzar una producción tecnológica y científica sobresaliente en comparación no sólo con las economías más desarrolladas, sino también con algunos países latinoamericanos y asiáticos.

Si bien con el andar del tiempo se ha logrado la creación de institutos y centros de investigación formidables, así como la formación de recursos humanos altamente capacitados y especializados, la política científica que han seguido las distintas administraciones federales desde la creación del Conacyt no ha logrado, ni de lejos, acercarnos a los parámetros de organización y funcionamiento que caracterizaron ni a la “macrociencia” ni a la “big science” estudiadas por J. Echeverría.

Hay unos cuantos datos que pueden revelar la situación en la que nos encontramos. De acuerdo con las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, se recomienda que cada país destine el 1 por ciento de su Producto Interno Bruto para el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos establece que ese porcentaje del PIB dedicado a ciencia y tecnología debe ser del 2 por ciento. En los últimos sexenios el promedio del PIB que México destina a dicha actividad ronda el medio punto porcentual. ¿Dónde estamos entonces? ¿Qué hacer de ahora en adelante?

Sin lugar a dudas, el pasado proceso electoral nos ha mostrado que conjugándose una serie de factores y actores pueden generarse cambios políticos trascendentales y que, en principio, involucran al propio desarrollo científico y tecnológico de nuestra nación. ¿Qué podemos esperar en esa materia de la que será la siguiente administración federal?

Si bien en los debates presidenciales uno de los temas de discusión se centró en la necesidad de impulsar el desarrollo científico y tecnológico, lo cierto es que el formato del propio debate sólo permitió a los contendientes ofrecer algunos lineamientos tan generales que en realidad terminaban por ser vagos, y el abanderado por la coalición “Juntos haremos historia” no fue la excepción. De hecho, si revisamos la página en la que se ofrecen algunos detalles de lo que será el “proyecto de nación” que la nueva administración federal instrumentará durante el próximo sexenio, encontramos que en realidad no se establece en ningún momento qué porcentaje del PIB será destinado al desarrollo de la ciencia y la tecnología, si bien se hacen menciones específicas a la intención del siguiente gobierno federal de impulsar sectores productivos trascendentales como el agropecuario y el energético, entre otros. Es cierto, y es valioso anotarlo, que en estas páginas se menciona en más de una ocasión el papel que jugarán el Conacyt, así como algunos centros de investigación en estos proyectos, y que cuando menos ya contamos con algunos datos específicos en los medios de comunicación masiva que muestran una clara disposición por aumentar los recursos para sectores como el energético, el agropecuario y el forestal.

Es muy temprano para especular cuál será la situación que se presentará en cuanto al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Más allá de la innegable y valiosa sensación de que el rumbo del país puede cambiar para llevarnos a mejores puertos, cometeríamos un error si nos instaláramos simplemente en el regocijo que da una victoria electoral por la que se ha luchado tanto y que tardó décadas en ser conseguida. Para que ésta logre muchos de sus propósitos en materia social, económica y política, requiere de un apoyo decido y notable a las investigaciones tecnocientíficas que requiere el país, no sólo en el ámbito energético y agropecuario, sino en todo lo que se refiere a la biodiversidad y a los genomas de las especies que habitan en nuestro territorio y que desde hace tiempo son señaladas como una de las alternativas con las que contamos para asegurar mercados, patentes e incluso una autosuficiencia alimentaria, entre otros rubros que han sido triste y lamentablemente abandonados (véase por ejemplo Fundamentos y casos exitosos de la biotecnología moderna, compç Francisco Bolívar Zapata [México: El Colegio Nacional, 2004]).

De no conservar una actitud crítica y autocrítica correremos el riesgo de conformarnos con algunos avances en materia social para seguir quejándonos si se presentan nuevamente recortes al presupuesto destinado a ciencia y tecnología, lo que nos condenará nuevamente al atraso en esta materia y a la incapacidad de defender los recursos bióticos con los que cuenta el país, así como a no dejar de importar bienes manufacturados de alta tecnología, con las consecuencias negativas que todo ello conlleva.

En cambio, hagamos votos para que la siguiente administración cambie el rumbo en el que desde hace décadas nos encontramos. Y estemos atentos y dispuestos a criticar las acciones, o la falta de ellas, que pudieran mantenernos en el mismo escenario.

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