Palabra del 68 francés

Daniel Medel Barragán

Resulta necesario observar las relaciones que postulamos con la herencia del 68 a propósito de un presentismo que coloniza el pasado y respecto de prácticas que rompen las certezas culturales, los “sistemas de creencias” sociales y las representaciones constituyentes de lo político. En términos de una relación espectral con el pasado —esto es, como ontología latente que puede asediarnos en cualquier instante—, el 68 permite una multiplicidad de lecturas relativas a su memoria y olvido, la violencia estatal y la represión paramilitar o los intentos de democratizar un sistema político inmerso en un paulatino proceso de anquilosamiento. Al mismo tiempo, nos permite elaborar lecturas que reactiven el 68 en clave desbordante, más allá de los acartonadas conmemoraciones y la “domesticación” de su lenguaje innovador.

La escritura de Michel de Certeau puede situarse, precisamente, en la revolución simbólica de la palabra y en el modelo del compromiso intelectual. Sus textos de carácter político —publicados primero en Études y luego compilados en La toma de la palabra y otros escritos políticos, trad. Alejandro Pescador (México-Guadalajara: Universidad Iberoamericana-Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 1995)— pueden ser leídos como una observación reflexiva de los acontecimientos en el 68 a partir de las preocupaciones singulares que De Certeau desarrollaría a partir de 1967: la cuestión de la creencia.

La creencia es aquello que posibilita la vida en sociedad. Es parte funcional de la confianza que un individuo deposita en el otro, en medio de un “lugar social” pletórico de “autoridades y verdades” (Alfonso Mendiola, Michel de Certeau: Epistemología, erótica y duelo [México: Navarra, 2014, 50). Podemos considerar a la creencia como parte constitutiva de lo político. Para De Certeau, la creencia en el otro, desde el habla individual —un “dialecto tribal”, afirma Mendiola—, facilita el encuentro con el otro en la medida del reconocimiento de su diferencia y el conflicto resultante del mismo.

Lo anterior nos permite comprender los acontecimientos del 68 a la luz de lo que se pone en escena: los límites de la sociedad consigo misma. La vida social encuentra el abismo constituyente, la “tumba vacía”, de sus fundamentos. Vacío que, sin embargo, es suprimido, archivado, por mor de las “convenciones que tejen la comunicación social”.

Y fue el acontecimiento lo que visibilizó la acción simbólica de las creencias. De Certeau describe a la “revolución de mayo” y sus “estragos” como una “traza de sacrificios necesarios en la expresión de una reivindicación”. Eran, por tanto “combates” donde la “lucha ritual” hacía su aparición en la medida de oponer “signos” a otros “signos”: un contrasentido del cual, relata De Certeau, participaron gestualidades mediante la representación de un cambio. Así, la revolución de mayo “atacaba la credibilidad de un lenguaje social” (Michel de Certeau, “Una revolución simbólica”, en La toma de la palabra, 33).

Veo un fenómeno sociocultural nuevo e importante en este impacto de la expresión que manifiesta una desarticulación entre lo dicho y lo no dicho, que sustrae a una práctica social sus fundamentos tácitos y que remite finalmente a un cambio de “valores” sobre los cuales una arquitectura de poderes y de intercambios se había construido y en la que todavía creía poder apoyarse. Bajo este aspecto, la acción simbólica abre también una brecha en nuestra concepción de la sociedad [35].

Como ejemplo de lo anterior queda el levantamiento de barricadas en las calles. Si Verdi afirmaba su emoción por aquellas barricadas que le hicieron visitar Milán, en el 68 francés los actos de cerrar y tomar las calles “transformaban el miedo del gendarme en una acción colectiva”, al tiempo que fungían como una “festiva experiencia” en la “trasgresión creadora de comunidades”: “[…] despojaron del encanto a una organización social al descubrir una fragilidad allí donde suponíamos que radicaba la fuerza, y al hacer posible un poder donde reinaba el sentimiento de la impotencia” (34).

La revolución simbólica observada por el jesuita pasaba por la toma de la palabra, ese “algo” que desbordaba el nosotros e inundaba los espacios de aquel mayo francés: las calles, las fábricas. Su expansión convertía a los espacios en lugares donde se transformaban los asistentes. Algo aparecía: el acto de hablar. Eso que por vez primera desenterraba los “tesoros” y las “experiencias jamás dichas” (Luce Girard, “Por qué el mañana ya se dispone a nacer”, en De Certeau, La toma de la palabra, 12). Su importancia no solo radicó en el acto negativo, contestatario, de hablar. La palabra, quizás en su versión performativa, adquirió la centralidad de una generación de universitarios y obreros que buscaron el “derecho de hablar”. “La toma de la palabra” asistía al “poder expresarse, manifestarse desde su propio lugar de producción social, sin importar quién lo hiciera”. Era “un modo de decir algo” y un intento de “restituirle al lenguaje su sentido de ser una verdadera comunicación” al interior de un contexto de descrédito protagonizado por “las instituciones de lo político” (Luis Ignacio Sierra Gutiérrez, “El poder de la palabra: o la ‘mirada inversa’ de Michel de Certeau sobre el mayo francés, Signo y Pensamiento, 27:  53 [2008], 349). Si para De Certeau “lo político” constituía la instancia que “dona de sentido al hacer social” (Alfonso Mendiola, “Hacia una antropología histórica de la creencia”, Michel de Certeau: Un pensador de la diferencia, comp. Perla Chinchilla [México: Universidad Iberoamericana, 2009], 41-59), la toma de la palabra vehiculizó la desconfianza de las creencias, de los fundamentos de lo social y, en suma, de lo político.

La última barricada del mayo francés, en la calle de los Saints-Peres, en París. (Foto tomada de aquí.)

La palabra en el 68 puede ser leída como aquello que puso en escena lo “no-dicho” y lo que una sociedad consideraba como imposible. Hablar era el acto de poner en crisis el sistema de certezas, des-fundarlo, hacer patente aquello que era ausente, suplementario para la vida social. Era parte de las tácticas que expusieron, a decir de Luce Girard, el “devenir sin fundamento” de la autoridad (Luce Girard, “Abrir los posibles”, en Michel de Certeau, La cultura en plural [Buenos Aires: Nueva Visión, 1999], 7-14).

La palabra es aquello que “permite entrar en el concierto de voces”, concierto que se conforma de la contradicción, de las elaboraciones de verdad. Según Girard es lo que “alimenta el cuerpo social”: lugar donde “se expresan las relaciones de las fuerzas, se imitan los conflictos, en ella se insinúa la astucia del débil y se gana un espacio de libertad” (18). Pero, además, la palabra constituye el “lugar simbólico” que, al mostrar los espacios latentes entre la “representación” y los “representados”, “los miembros de una sociedad” y “las modalidades de su asociación”, exhibe el vacío fundante, la tumba vacía archivada en el sistema de creencias pre-68: los límites de la representación política. No es gratuita entonces la sentencia “las estructuras no salen a las calles” inscrita en las calles de París ni la denuncia de lo faltante: “la adhesión y la participación de los sometidos” (De Certeau, “Una revolución simbólica”, en La toma de la palabra, 36).

Quizás de forma metonímica, De Certeau compara dos acontecimientos cruciales en la historia, ambos umbrales de discontinuidad. Así como en 1789 se tomaba la Bastilla, la toma de la palabra en la Sorbona el 13 de mayo de 1968 hace posible la liberación de la “palabra prisionera”. Las asambleas, por ejemplo, muestran las prácticas de la toma de la palabra consistentes en el derecho de hablar inherente a todo participante (39):

Al mismo tiempo que los discursos resueltos callaban y que las “autoridades” quedaban en silencio, las existencias congeladas se despertaban en una mañana prolífica. […] en realidad, consiste en decir: “no soy una cosa”. La violencia es el gesto de quien rechaza toda identificación: “existo” [40].

La palabra participó de la “creación de un lugar simbólico” y, sobre todo, la figuración de “un lenguaje común” compartido y desbordante de las divisiones sociales, entre los trabajadores intelectuales y los trabajadores manuales: “un lenguaje social se vuelve, pues, simbólico allí donde recibe un nuevo estatuto” (51). Ambos dan cuenta de aquello que “modifica el código”, esto es, lo “tácitamente recibido” a partir de elaboraciones performativas: acciones ejemplares que rompen con lo instituido e instituyen un nuevo sistema de creencias a partir del desplazamiento de “leyes” y la visibilización de “lo que permanecía latente”, “la zona oscura que todo sistema postula y que no sabía justificar”: la fuerza de ley, quizás. La toma de la palabra funge como “acción ejemplar” que “crea posibilidades” en función de “imposibilidades admitidas”.

Existen maneras de decir, formas posibilitadas del acontecimiento que otorga “opciones” y les “da lugar” a “discrepancias inesperadas”: emancipaciones y sublevaciones enmarcadas en lugares: “instituciones y medios sociales, grupos por afinidad o por pertenencia, lugares de militancia o de debate”, marcas, según Girard, del cuerpo social (20). El lenguaje social adquiere un sentido, se le afecta de forma particular desde las posiciones y gestualidades. La emisión y recepción no se subsumen bajo el signo de lo Mismo, son, en todo caso, parte de la otredad que les vincula con una “acción contestataria”, un “vocabulario ajeno” (20). La palabra resulta entonces lo que devela, bajo la mirada inversa certoliana, aquello reprimido y suprimido en la archivación instituyente de un orden social: la pluralidad y la diferencia:

Resurge una inquietud por todas partes, incluso a través de las afirmaciones más categóricas, en cuanto no nos contentamos más con enhebrar un rosario de hechos o documentos: finalmente, ¿qué sabemos de una sociedad y de los acuerdos silenciosos sobre los que descansan los contratos del lenguaje? [De Certeau, “Una revolución simbólica”, en La toma de la palabra, 30].

Tomar la palabra implicó para De Certeau la posibilidad para los actores sociales del momento (obreros, estudiantes) en las distintas emocionalidades y transgresiones de “decir más de lo que hasta entonces había articulado” (22). Lo impensado hacía su aparición, quizás bajo una forma latente, espectral. Al mismo tiempo que, según Girard, se hacía patente la diferencia que haría de la identificación (en función de autores, por ejemplo) de la palabra una labor imposible, se “señalaba lo que de fundamental faltaba a las instituciones, a las representaciones […] no sabía como decirse”. De esto se entiende que la conciencia sobre la fragilidad del establishment político derivada del lenguaje no buscaba, en primera instancia, la “toma del poder” ni la ocupación efectiva del sistema político. La falta expuesta por la toma de la palabra hacía que el trabajo de la política se vinculara más con la acción simbólica y la “revisión global” del sistema de creencias que la sustitución plena de un mecanismo. De Certeau se pregunta si el acto de tomar la palabra es o no “el principio constitutivo de una sociedad” al instante “cuando la excepción asume el peso de una regla”: momento donde lo accidental deviene universal (47).

En medio de las múltiples lecturas de los acontecimientos en los contextos y latitudes políticas de 1968, de los intelectuales, de los trabajadores, de los obreros, cabe preguntarnos por el mañana del 68. La memoria del mayo francés, las barricadas, la toma de las calles, la disposición de lugares y espacios para la palabra forman parte de una herencia que llega a las preocupaciones sociales actuales y las nuevas generaciones. Preguntarse por lo que viene respecto de esa herencia implica cuestionarnos sobre la posibilidad de un futuro —un horizonte utópico— a partir de la reactivación de la palabra, el cuestionamiento del sistema de creencias y la invención de un lenguaje horizontal.

Dos formas de reactivar, de “responder” ante el 68 vienen a nuestra mente. Una de ellas consiste en desplazar la archivación de la experiencia, necesariamente negativa, y el testimonio de la negación de las normas censurantes y las “instituciones” a través de la afirmación positiva en los actos de autonomía (universitaria o sindicalista, según De Certeau). Dicho de otro modo, no cancelar la experiencia; hacer permanecer la palabra transformadora de “los espectadores en actores” sin incurrir en la enajenación de las “ciencias humanas” (capaces de “integrar al disconforme en el conforme” o lo “bastante fuertes […] para imponer a un “malestar” de la civilización la interpretación que ha secretado esta misma civilización”), fuera de la reducción basada en “ideas precedentes” o “recuperada por un pasado ya pensado” capaz de “cubrirlo con palabras del todo preparadas” (44). La invención de la toma de la palabra en el 68 es una novedad “opaca”, esto es, “indecible” en la medida de la “forma” que toma: un “derrumbe subterráneo”, “una emergencia inesperada”. Otra forma consistiría en echar a andar las implicaciones de la “invención” y la capacidad horizontal de la toma de la palabra:

[…] la experiencia directa de la democracia, la permanencia de la impugnación, la necesidad de un pensamiento crítico, la legitimidad de una participación creadora y responsable para todos, la reivindicación de la autonomía y la autogestión, y también la fiesta de la libertad: poder de la imaginación y festividad poética [40].

En suma, desbordar (no invertir) la experiencia desde el éxtasis producido por la reactivación de aquellas prácticas y tácticas expuestas en los límites del sistema de creencias. Dicho de otra forma: desplazar aquellas lógicas donde la denuncia adquiere tonalidades de enseñanza y rasgos institucionales que, según De Certeau, carecen de la capacidad para heredar a otras generaciones las estrategias (“los instrumentos”) para posibilitar otras experiencias distintas a las de los maestros o dirigentes (43). Reactivar el 68 y archivarlo en forma desplazada se entiende desde la operación historiográfica que asume su posición agónica dentro de las condiciones de posibilidad de una sociedad inserta en el plano de la historicidad: “una sociedad ya no está segura de su suelo” puesto que, justamente, mayo del 68 conmovió aquello clausurado y esencializado: el sistema de la representación.

La toma de la palabra interesa tanto a De Certeau como a nosotros en la medida de su capacidad de romper la “coherencia interna” particular a los sistemas de representación. La “devaluación” del lenguaje hace que las certezas de los sistemas de creencias se conciban ahora desde la “línea de ruptura”, el “eje invisible” donde una sociedad comienza a trastornarse: necesidad de lenguaje que cuestione el lenguaje compartido, social, del sistema de representación política.

En este sentido, Michel de Certeau, como partícipe desde su habla particular, tribal, nos recuerda, en función de su condición pasajera, una forma de impugnar los términos, los signos y la acción simbólica sin incurrir en las formas presentistas y colonizantes de un acontecimiento que exhibió el funcionamiento de la sociedad en el mayo francés. Reactivar la herencia como “desborde amoroso” ante los distintos mecanismos de archivación que desean hacerlo olvidar: reprimir, suprimir (Michel de Certeau, “El poder de hablar”, en La toma de la palabra, 58).

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