Un momento

por Luis Fernando Granados

Esto no se parece a nada. Esta plaza, que una vez fue nuestra y en los últimos días volvió a estarnos vedada, se parece mucho pero no es aquélla que conocimos a principios o a mediados o a fines de los años ochenta del siglo XX. Teníamos entonces veinte o veintipocos o quizá un poco menos. Estuvimos aquí, en esta misma plaza, porque estábamos convencidas, por supuesto, pero también porque sabíamos que al final del discurso —siempre tan bueno, siempre un tanto moderado— las cantinas de los alrededores ofrecerían oportunidades de convivir que la timidez y torpeza nos habían frustrado hasta entonces. Antes y después del discurso, muchas y muchos hablaban de la huelga universitaria como si hablaran del seseitaiocho, igual que los sesentaiocheros habían hablado durante años a los hijos de la crisis, a los activistas del ochentaicinco, a los adolescentes del ochentaidós: con la misma arrogancia de quienes recordaban las huelgas ferrocarrileras y aún pensaban en la guerra de España.

Esta plaza no es aquélla(s). Y no sólo porque ahora es medianoche y las cantinas están cerradas, o porque en los largos minutos de espera antes del discurso —como siempre tan bueno, como siempre un tanto moderado— unos mariachis vestidos de blanco cantan canciones de Juan Gabriel en un espacio que entonces, durante mucho tiempo, fue monopolio de la nueva trova cubana, similares y conexos. Hace treinta años que tenía guardada esta alegría, dice alguien que entonces le aplaudió al ingeniero. Es la primera vez que ganamos, dicen otros que volvimos una mañana en el amanecer del zapatismo y también quienes llenaron esas fotos impresionantes de cuando el desafuero y la reedición de las marchas contra el fraude. Los del cientotreintaidós parecen especímenes menos antiguos; los que saturamos las calles del centro en la cresta de la movilización contra la desaparición de los de Ayotzinapa parecen incluso contemporáneos de lo que está ocurriendo. Pero no. Todos sabemos que no estamos ante lo mismo —y la edad en este caso es lo de menos.

Fotografía: Gerardo López Luna.

Se puede decir —lo dijo él mismo hace menos de una semana— que ninguna ruptura lo es en sentido estricto, que hay muchos muertos detrás de estas vidas, y así que las alegrías de esta noche requieren de aquellas frustraciones para serlo verdaderamente. Se puede decir, y está muy bien que se diga, que esta plaza no se llenó de pronto, repentina y aleatoriamente, sino que fue llenándose de a poquito; que es resultado de las muchas multitudes que llenaron esta plaza desde esa época remota en que la gente podía comunicarse sin teléfonos portátiles y para escuchar un discurso no era necesario mirarlo en una pantalla gigante. Eso y no otra cosa es o debería ser la historia —dicen, decimos, cuando por fin aparece la camioneta que lo trae al escenario.

Ya sabemos, sin embargo, por qué decía Borges que en el Corán no estaba escrita la palabra camello. La diferencia entre esta noche y todas las otras tardes, mañanas y noches es tan obvia y es tan grande que puede terminar por volverse invisible y dejarnos un tanto deslumbrados, suponiendo que lo “histórico” de lo que estamos viviendo tiene que ver con su excepcionalidad o su magnitud —digamos con la cantidad asombrosa de personas que votamos por López Obrador o con el hecho de que nunca en la historia de las elecciones verdaderas un candidato había conseguido la mayoría absoluta de los votos (el tal cincuenta por ciento más uno) ni había quedado tan por delante de sus adversarios, lo que quiere decir que nadie nunca hasta ahora había tenido un mandato y una legitimidad tan categóricas, tan contundentes, como este señor que se abraza para abrazarnos y nos promete cosas tan elementales como no mentirnos, no robarse el dinero público ni traicionarnos.

Quizá la cosa es más simple y más pequeñita. Quizá sólo tiene que ver con que esta noche, esta madrugada, podemos respirar el aire fresco y crujiente de la felicidad.

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