por Juan Salazar Rebolledo

Quizá sea una ilusión, pero me parece haber conocido una felicidad distinta el domingo pasado. Puede ser que en mi mocedad erre las dimensiones, pero por primera vez la alegría ha sido colectiva, contagiada y contagiosa.

Los numerosos recuerdos de las manifestaciones, marchas y movilizaciones en las que cada generación hemos participado son inevitablemente evocados en cada ocasión que se vista el Zócalo de la ciudad de México. Sólo que ahora, por primera vez, la toma de postura se mezcla con sonrisas, con pitazos de claxon, banderas color marrón y blanco o pequeños muñecos de peluche (“Amlitos”) que los niños abrazan al cargarlos. Si bien el dolor de los millones de muertos y decenas de años de movilización social que posibilitaron este momento no disminuyen ni desaparecen —al contrario—, se siente bien poder gritar, por primera vez, “¡sí se pudo!” Y se abre la puerta para exigir, al fin, una verdadera justicia, una humana, no la de los poco verosímiles y dolorosos carpetazos “históricos”.

Antes del discurso. (Foto: Juan Salazar Rebolledo.)

La ciudad fue otra el domingo. Las filas gigantescas en las casillas no desembocaban en la firma de autógrafos de un cantante famoso o un remate de televisores en el Buen Fin; eran para expresar ese veredicto sobre el futuro, marcar con un tache el sitio donde la esperanza llevaba soterrada tanto tiempo, y que solamente entre 25 millones de personas pudo ser desenterrada. La avenida 20 de Noviembre asumió su papel: el coro desentonado pero alegre de la procesión, hacia el Zócalo desde Tlaxcoaque, suena “queremos que sepas, que estamos tan felices como tú”.

La espera, con mariachis, en el Zócalo, transmuta pronto en impaciencia. Se asiste a un festejo, pero, así como hermana la celebración, también el grito es unánime: “¡Queremos escuchar el discurso del Hilton!” Los sones no callan y la plaza se llena. ¿Cuántas veces estuvimos ya aquí antes? ¿Cuánto hemos cambiado desde la última vez? Por fuera no mucho, pero por dentro hoy somos otros, hoy se nos escapa la voz por desgañitar no pasados perdidos sino futuros posibles, que se concretan en estallido de emoción cuando el viejito parte plaza. ¿Y por dónde subirá al escenario?

De pronto, se toma postura. O se grita hasta quedar afónico “Presidente, presidente, no estás solo, no estás solo…”, o se alzan firmemente las manos, sosteniendo el celular, como intentando apropiarse del instante, capturar ese segundo en el que no le trajimos gallinas, Señor presidente (electo), le trajimos flashazos, destellos de luz desde abajo, gritos, coros, “abrazos no balazos”. O puede ser que uno se quede ahí de pie nomás, pasmado, suspendido, dejando todo el silencio entrar entre el ruido, y salir transfigurado en forma de lágrima: nos conmueve lo increíble, entre la ilusión de un futuro y la conciencia de que vienen tiempos de demolición y construcción colectiva. Esta vez no tomamos Reforma para defender el voto arrebatado, esta vez tomamos durante una noche el corazón de la ciudad, porque ya no pudimos contenernos. Estamos aprendiendo a celebrar, a festejar en tiempo presente, latiendo en conjunto.

Durante el discurso. (Foto: Juan Salazar Rebolledo.)

Algunas personas siguen diciendo que ojalá AMLO les calle la boca. La verdad es que nunca se trató de eso. La construcción de la que estamos formando parte no es para demostrar a nadie que está equivocado; hace mucho tiempo que esta marcha comenzó en búsqueda de la conformación de un nuevo lenguaje, una nueva manera de hacer patria y ser mexicano, nada más alejado de la preocupación por corregirle las faltas de ortografía al antiguo régimen.

El viejito concluye su discurso plagado de referencias históricas, con un sencillo encogimiento de hombros: “Ya… No tengo más que decirles. Sólo así, abrazarles mucho. Decirles que amor con amor se paga. Que así como ustedes me quieren a mí, les quiero yo a ustedes y un poquito más todavía. Y no les voy a fallar…”. Y quien contenía las lágrimas, apenas aprieta ahora el mentón como para cachar con la barbilla la inminente gota de esperanza lanzada como abrazo de vuelta al orador. La plaza se despeja muy lentamente, pero el júbilo no para, se canta, se aplaude, se sonríe, se concluye el llanto, se baila…

Después del discurso. (Foto: Juan Salazar Rebolledo.)

En alguna ocasión escuché a René Delgado decir sobre la labor periodística: “Soy periodista porque quiero ser testigo de primera línea de la historia.” Hoy sé que la aspiración de muchos de nosotros no está solamente en ser testigos de primera o cuarta fila, sino artífices, colaboradores y constructores del enigmático pero luminoso porvenir. El domingo fuimos arrojados a esta nueva historia. Muchos de nosotros deseamos construirla mientras la contamos; de nosotros depende que esta larga caminata haya valido la pena.

1 Comment

  1. Tras un “discurso plagado de referencias históricas”, hora nos corresponde contribuir a la nueva transformación de México desde los papeles de historiadores y ciudadanos. Aunque, si hacemos bien el primero, ya estamos haciendo el segundo. Confirmen por favor la reunión anunciada del 16 de agosto.

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