por Luis Arturo Salmerón

Tengo tres nuevos héroes y ni siquiera les pregunté su nombre. Yo les decía Hormigas, ellos me decían Rojo. No hacía falta más: ellos mandaban, yo obedecía. Llegué con mis cuerdas de alpinista, mis mosquetones, y ellos ya estaban ahí. Cuando regresé a casa, ellos seguían adentro. No sé cómo logran entrar y sacar gente. Sacaron (sacamos, aunque ellos hicieron todo lo difícil) a dos vivos. Tampoco a ellos les pregunté su nombre; de hecho estuve con ellos sólo medio minuto, mientras sostenía primero la espalda del primer hormiga y después la camilla en la rampa de escaleras. Ésa sí la hice yo, bueno nosotros, los mortales que estábamos afuera. Creo que una de las señoras que sacamos murió poco después en el hospital. No estoy seguro, pero leí la noticia de que “murió una señora que sacaron viva, solo una”; el otro señor estaba bien.

Cada determinado tiempo escuchaba aplausos; eso significaba que otros hormigas, o topos, o como se llamaran a sí mismos, había logrado salvar a alguien más. Un voluntario con casco de bombero que estaba en nuestro grupo, en la segunda escalera, haciendo lo mismo que yo, nos decía, cada que se escuchaban los aplausos, “van 2-0”, “van 3-0”, como urgiendo a los hormigas a que se apuraran. Ellos lo hacían todo lento, bien hecho, como se debe; los rápidos teníamos que ser nosotros.

—¡Una segueta! —gritaba el de adentro.
—¡Una segueta! —gritaba yo. Bajaba dos escalones, extendía la mano y me daban tres.
—¡Agua! ¡Un gato! ¡Una jeringa! —y llegaban de mano en mano, y yo se los daba al hormiga.
—¡Silencio, todos! —eso fue lo único que no pudimos conseguir.

Repetir el grito, subir los escalones y extender la mano; bajar los escalones y dar al hormiga lo que pedía. Ésa fue mi labor durante dos horas. En algún momento alguien por atrás me puso un chaleco y un casco. El casco lo sentí y lo devolví al retirarme, del chaleco no me di cuenta hasta llegar a la casa: ahí nomás, del otro lado de la calzada de Tlalpan, a cuadra y media del desastre.

Los treinta segundos que cargué la camilla me quitaron todo el cansancio. Los hormigas no se detuvieron a los aplausos, ni siquiera descansaron. Observaron el derrumbe, señalaron un boquete. Los que para entonces conformábamos “su brigada” entendimos. Cargué la escalera y los seguí. A empezar de nuevo, mientras otras manos recogían el tiradero de herramientas que dejamos atrás y las acercaba a la nueva entrada.

Cuando llegué, ellos llevaban un buen rato trabajando; cuando al pardear la tarde llegó el ejército —y yo me retiré (sin luz de día mis ojos no son de gran ayuda)—, ellos seguían adentro. En la madrugada me llegó el mensaje de que ya no estaban dejando entrar a civiles y que a esa misma hora sacaron dos niños con vida. Supongo que los aplausos serían atronadores. No los escuché pero me reconfortan el corazón.

También escuché cómo sacaron a dos personas muertas. Igual había aplausos y, aunque sonaban distinto, también reconfortaban. Lo más duro no fue ver salir muertos; lo más duro fue no dejar subir a “mi” escalera a un chavillo de unos veinte años que intentaba desesperadamente entrar por algún boquete: su hermana estaba adentro. Pedir que lo detuvieran es lo más difícil que he dicho en la vida. Lo detuvieron entre tres grandotes, uno con pinta de albañil y que cortaba vigas con la segueta como si fueran palos de escoba. Lo abrazó y le dijo:

—No seas pendejo, cabrón. Quédate quieto, pendejo —nunca oí insultos que sonaran más cariñosos. (No supe si sacaron a su hermana. Espero que sí.)

Hoy los vi de cerca, a los hormigas, a los topos, a los sin nombre que estiraban la mano, que ponían el hombro, que detenían escaleras, incluso los que no podían guardar silencio. Los abrazo. Son mis héroes.

[Luis Arturo Salmerón — jefe de investigación histórico-iconográica de la revista Relatos e historia de México— estuvo en la tarde del 19 de septiembre de 2017 en la unidad Erasmo Castellanos Quinto, en la delegación Coyoacán.]

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