A Sicilian History X (2 de 2)

por Arturo E. García Niño

El recuento

Eric Hobsbawm afirma, en su ya clásica obra sobre el bandolerismo social —Bandidos (Barcelona: Ariel, [1967] 1976)—, que los hombres que se niegan a asumir el papel social manso y pasivo del campesinado sometido; los testarudos y recalcitrantes, los rebeldes individuales. Son, según frase familiar a los campesinos: “los que se hacen respetar, [los] que, cuando se enfrentan a algún acto de injusticia o de persecución, no claudican dócilmente ante la fuerza o la superioridad social sino que eligen el camino de la resistencia y de la proscripción” (35).

Como los hermanos Sacco, a quienes posiblemente sus vecinos empezaron a considerar como tales cuando el abogado C, jefe de la mafia en la región, se enclaustró temeroso durante años luego de ser balaceado en el pórtico de su casa por desconocidos. ¿Fueron los Sacco o simpatizantes anónimos de ellos? Alfonso no lo aclara en sus memorias ni en “La banda de los Sacco” —escrita en 1959, estando preso en la cárcel de Saluzzo— ni en la entrevista con Giuseppe Pirello a los ochenta y siete años. Lo que no obsta para que, en La banda de los Sacco (Barcelona: Debate, 2015), Andrea Camilleri extraiga de esas fuentes, de otras más y de una posición justa con los hechos y los personajes, pero sobre todo con la historia, con la historiografía y la narrativa integral, conclusiones interesantes acerca de esta historia familiar siciliana devenida historia social. Una de tantas, X por ser desconocida más allá del ámbito parroquial.

Andrea Camilleri. (Foto tomada de aquí.)

Los Sacco personificaron involuntariamente por fuerza de su resistencia, y continúan haciéndolo, al bandido social, quien, de nuevo según Hobsbawm, es visto no sólo como un hombre, sino también como un símbolo porque “es valiente, tanto cuando actúa como cuando es víctima” (170). El acercamiento, que da pie a la revelación histórica ampliada mas allá de la parroquia y de las fronteras nacionales, de Andrea Camilleri al caso, mediante una estructura que integra el corpus de la obra en 16 capítulos conteniendo la crónica, 15 de consideraciones hermenéuticas sobre éstos, una nota final y las notas y referencias del aparato crítico utilizado, es tan puntual y honesto como su atuendo: una prosa de altos vuelos literarios, patrimonio inherente a su autor, quien a los noventa años —en esta entrevista con Pablo Ordaz aparecida en Babelia— asume autocríticamente:

Mis ideas políticas ya no son realizables. Porque han fracasado en todos sitios… Pero yo continúo fiel a aquel ideal que es el de dar a todos la misma base de partida. Digo, madre mía, he vivido tanto, he luchado políticamente, y estoy dejando en herencia a mis nietos y a mis bisnietos la incertidumbre absoluta sobre su futuro… [aunque] la vida es más fuerte que toda esta situación desgraciada.

Si en el imaginario colectivo la involuntaria personificación de los hermanos Sacco como bandidos sociales permanece cual símbolo de la resistencia frente al poder, la mafia siciliana también está ahí, sólo que ella voluntariamente, viendo pasar el tiempo sin que cambie el estado de cosas, al igual que lo están sus congéneres: la camorra napolitana, la ‘ndrangheta calabresa, las mafias de los países del socialismo hoy realmente inexistente, de todos los cárteles globalizados que, siameses de los cárteles aparentemente legales y de los gobiernos nacionales, trascienden las viejas fronteras nacionales. En Cosa nostra: La mafia siciliana (Barcelona: Debate, 2006), John Dikie afirma que las mafias nacieron con la unificación que originó el estado italiano: “La mafia y la nueva nación de Italia nacieron juntas. De hecho, el modo en que surgió y se generalizó el término mafia resulta bastante curioso, sobre todo porque el mismo gobierno italiano que descubrió el nombre también tuvo un importante papel a la hora de nutrir a la organización que lo llevaba.”

Si el fin de la historia es hasta hoy no sólo improbable y sólo posible en mentes hiperideologizadas que generan visiones anudadas a sus supersticiones y deseos, una de las finalidades de la historiografía es develar las historias con minúsculas. Revelar y vencer con la fuerza de la tozuda memoria al cruel olvido que mantiene ocultas historias injustas, como la de los hermanos Sacco, contada por Andrea Camilleri y que es “el resultado de la suma de dos componentes: por un lado, el asesinato de Luigi Sacco por obra de los mafiosos; por el otro, una cantidad insoportable de abusos por parte de las fuerzas del orden y de la justicia”. Hechos semejantes continúan reproduciéndose en el siglo que corre quizás porque, aunque los tiempos hayan cambiado, la injusticia es la misma, y porque la historia de la justicia camina por el lado salvaje y oscuro que le da la razón al aforismo del clásico: todo documento de cultura, como el trabajo de Camilleri, es también un documento de barbarie, la historia de los Sacco. Trabajos como el puesto en cuestión mediante estas líneas que andan terminando apuntalan a la microhistoria, la historia social, la crónica, la historiografía, la literatura y a la justicia per se.

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