por Benjamín Díaz Salazar

El domingo 28 de mayo, la comunidad universitaria, oriunda y conocedora del campus principal de la UNAM, se conmocionó con la noticia del desalojo del cincuentón Paseo de las Facultades, mejor conocido como “Paseo de la Salmonela”. Para aquellos que no lo conocieron, baste decir que era el dibujo exacto de un mercado de alimentos: harta variedad a bajos costos, sazones diversas y uno que otro changarro perdido que decidió abrir, entre la grasa y el aroma, un café internet.

Aquel espacio entre Copilco y los muros de Ciudad Universitaria albergó por largos años un referente necesario para todo aquel estudiante hambriento en busca de opciones. Un sitio convertido en oasis, donde poco importaba el origen, el semestre, la carrera; lo único en común es el hambre con la que se llegaba. Punto de reunión de académicos, de estudiantes, de trabajadores, que se sacudían los grados y las pretensiones, el estrés y las preocupaciones, todo para degustar un alambre con tortillas hechas a mano.

Las voces preocupadas por el destino de aquel paseo murmuraron durante horas lo que creyeron sería el fin: la pérdida total. Una fuente de primerísima mano, convertida en amistad tras constantes visitas a su local, me confirmó la noticia en un tono bastante relajado. La promesa de las autoridades fue reinstalarlos y “dignificar” los espacios que ocupaban durante el periodo intersemestral, para que en agosto, momento de ingreso y de reingreso, conociéramos un lugar nuevo: un mercado de alimentos a la altura. El paseo promete volver; el problema es que nada será igual.

El desalojo del Paseo de la Facultades coincide con la culminación de las obras en el edificio que escoltó desde hace tiempo: el Centro Universitario Cultural. El CUC, ubicado en Odontología 35, vio de nuevo el portón que durante años se ocultó entre puestos de tacos y jugos. Pero esto resulta curioso en tanto que se erige como un nuevo paso de comunicación y de acceso para el ingreso a Ciudad Universitaria. Mas no es un paso cualquiera, sino uno que atraviesa y pasa directamente frente a la iglesia, en donde, seguramente, se ofrecerán productos a los estudiantes hambrientos de comida, y por qué no, hasta de fe.

Refectorio universitario. (Foto: Pepe Cantera.)

Asimismo, la modernización del paseo incluirá, según los comentarios, el cambio de estructuras, unificación y correctas instalaciones. Pero nada en esta ciudad es gratis, por lo que el costo de los espacios aumentará y con ello las condiciones de acceso de aquellos que ya los poseían. Es decir, si tuviste tu negocio en aquel colorido sitio, será el momento de renovar concesiones y hasta propietarios. La propuesta de origen de aquel pasillo, de convertirse en una alternativa a la economía universitaria, se diluye con cada nueva noticia de los rumbos de aquella “dignificación”.

Dicho sea de paso, el paseo representa para muchas familias el único ingreso posible. Las ganancias generadas por un trabajo arduo de más de doce horas permitieron vivir a varias generaciones. Es así que, en la exploración por seguir comiendo estos meses, muchos de los locatarios decidieron buscar nuevos horizontes, otras esquinas, otras banquetas, que, para mala fortuna de muchos, no garantiza su regreso al paseo. Es decir, en la nueva instalación veremos varios rostros nuevos y, claro está, otros costos.

El paseo de las facultades era más que una zona de comida. Fue por mucho un área de sociabilidad. Lugar que vio nacer amistades, que las consolidó y que las volvió entrañables. Lugar de muchas generaciones. De estudiantes que crecieron y ahora son profesores y que ofrecen, como extensión de la docencia, aquellos conocimientos de la vida del comer. Yace ahora como un territorio desolado y triste; al igual que una zona de catástrofe natural que asume victoriosa el arrastre de todo a su paso: locales, comida, recuerdos.

Los comentarios respecto al paseo son diversos. Los que opinan que el sitio resultaba poco atractivo y hasta insalubre —de ahí su folclórico apodo— se ponen de frente con aquellos que pensamos que, más que cualquier cosa, era una opción para vivir, para convivir y, quizá, sobrevivir al ritmo de los días de cada comensal. El desalojo representa, sin duda, la pérdida de un espacio público en aras de la falsa modernidad; un ejercicio de gentrificación disfrazado de buenas intenciones, con bonitas palabras.

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