Il y a 15 ans

por Jorge Domínguez Luna

La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, realizada el pasado 23 de abril, ha dejado al descubierto una realidad preocupante no sólo para Francia y Europa en conjunto, sino para el resto del mundo: el fortalecimiento de los grupos de ultraderecha en espacios de representación y gobierno.

Hace 15 años, después de la primera vuelta de las presidenciales francesas, el país se conmocionó con la llegada del candidato del ultraderechista Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, a la votación definitiva en contra de Jacques Chirac. Tras la sorpresiva eliminación del ex primer ministro, Lionel Jospin, en la primera vuelta, prácticamente todos los sectores sociales se movilizaron para denunciar y combatir el riesgo que representaba Le Pen para la Francia de principios del siglo.

En su momento, desde los candidatos presidenciales derrotados el 21 de abril de 2002 hasta los franceses más afamados radicados fuera de su país, se pronunciaron públicamente respecto del proceso electoral. Irónicamente la declaración con mayor eco en contra de Le Pen no se originó desde Francia, ni desde la esfera política, sino desde la capital española en voz de Zinedine Zidane, para entonces el futbolista francés más popular. El 29 de abril de 2002 el entonces seleccionado francés se manifestó en respuesta a las voces que le demandaban un posicionamiento sobre las elecciones. Para sorpresa de muchos, las palabras de Zidane fueron claras y contundentes para advertir del riesgo de votar por el Frente Nacional:

penser – et je pèse mes mots – aux conséquences que cela peut avoir en votant pour un parti qui ne correspond pas du tout aux valeurs de la France.

[Pensar –y mido mis palabras– en las consecuencias que puede tener votar por un partido que nos corresponde en nada a los valores de la Francia.]

Los resultados de la segunda vuelta en mayo de 2002 permiten pensar que la movilización de las figuras públicas francesas tuvieron el efecto esperado. El candidato Le Pen obtuvo el 17.79 por ciento de la votación (5 525 032 votos) contra el 82.21 por ciento (25 537 956 votos) que permitió la reelección de Chirac. En la primera vuelta habían obtenido 4 804 713 votos y 5 665 855 votos respectivamente.

En la jornada celebrada hace menos de dos semanas, el Frente Nacional, representado por Marine Le Pen —hija del ex candidato presidencial y sucesora en la dirección del Frente Nacional— obtuvo el 21.3 por ciento (7 679 493 votos), sólo detrás de Emmanuel Macron que obtuvo el 24.01 por ciento (8 657 326 votos). Es decir, respecto de la elección de Jean Marie, su hija obtuvo un incremento del 3.5 por ciento de la votación con un índice de participación de 77 por ciento.

En respuesta, el pasado sábado 28 de abril, Zidane ha vuelto a declarar en contra del Frente Nacional. Durante la conferencia de prensa previa al partido de futbol con mayor audiencia a nivel mundial, el ahora entrenador declaró:

Le message, c’est toujours le même, celui de 2002. Je suis loin de toutes ces idées-là, de ce Front national. Donc (il faut) éviter au maximum ça. Les extrêmes, ce n’est jamais bon”

[El mensaje siempre es el mismo, como en 2002. Estoy lejos de todas esas ideas, del Frente Nacional. Entonces [debemos] evitar al máximo eso. Los extremos nunca son buenos.]

Empero, en esta ocasión las palabras de Zidane no han tenido el mismo eco que hace 15 años, debido a que la Francia que defendía la integración de los migrantes y sus descendientes, la Francia multicolor —como la llamó Chirac tras ganar el mundial de futbol en 1998— se ha vuelto más intolerante o, para decirlo de una manera políticamente más correcta, es menos integracionista. Aunque en Francia, en torno a la migración y la integración, nunca sanaron las heridas históricas provocadas por el colonialismo, a finales del siglo XX y principios del XXI la sociedad francesa vivió un romance multirracial, en gran parte originado por la efervescencia de las victorias deportivas encabezadas por franceses hijos de migrantes o de antiguos colonos.

Aprovechando esa coyuntura social, no fueron pocos los esfuerzos oficialistas —sin éxito en la mayoría de las veces— por enterrar las deudas de Francia para con sus antiguas colonias. Probablemente uno de los más representativos fue el partido de futbol entre las selecciones de Argelia y Francia celebrado en Paris, el 6 de octubre de 2001, para celebrar el 40 aniversario del fin de la guerra en Argelia. El encuentro deportivo sólo demostró que el equipo francés no jugaba de local, que la Marsellesa fue abucheada por una mayoría de jóvenes que habían nacido en suelo europeo, por lo que, a pesar del resultado adverso para los argelinos, se convirtió en una victoria simbólica para la comunidad migrante y sus descendientes. Algunos consideran que lo ocurrido en el Stade de France contribuyó al resultado de la primera vuelta en 2002.

Hoy el romance parece haber terminado. Sin embargo, la cuestión ha estado presente siempre, desde los mismos espacios de gobierno donde alguna vez se defendió a los franceses blanc, black, beur de los ataques xenófobos de Jean Marie Le Pen, ahora se les repudia por su “falta” de nacionalismo, por no ser o parecer franceses “verdaderos” o por declarar amor por la patria paterna o materna. En 2005, el ministro Nicolás Sarkozy, posteriormente presidente, llamó gentuza a quienes formaban parte de las revueltas en los banlieu parisinos. En 2010, Laurente Blanc, símbolo del equipo nacional en 1998 y entonces entrenador nacional, pugnaba por reducir el número de jugadores “grandes, fuertes y poderosos” es decir de raza negra. En 2014, Karim Benzema fue cuestionado por Marion Le Pen, sobrina de Marine, por su falta de patriotismo al no entonar el himno nacional previo a los partidos de futbol.

Finalmente, habría que advertir que el caso francés se suma a la lista de los avances de las derechas radicales que recientemente han demostrado sus alcances con el Brexit en el Reino Unido o la elección presidencial estadounidense. También Latinoamérica da evidencia de lo anterior con los casos de Miche Temer en Brasil o Mauricio Macri en Argentina. En todos los casos anteriores muchos, quizá la mayoría, eran conscientes de lo que representaba tomar una decisión en uno u otro sentido y en todos, muchos, seguimos pensando cómo fue posible que ésto pasara. Ojalá Francia no se sume a esta lista.

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