por Dalia Argüello *

Desde que la inmobiliaria Quiero Casa inició las excavaciones profundas para su proyecto de torres de departamentos en el predio de avenida Aztecas 215, dio origen a un conflicto con la comunidad de los alrededores. Sus máquinas para abrir el espacio para cimientos y para un estacionamiento con capacidad de más de 600 cajones, hicieron aflorar un manto acuífero, como el mensaje más contundente de la naturaleza para una ciudad construida sobre un lago desecado, que se hunde, se quiebra y que enfrenta graves problemas de abastecimiento y acceso al agua: aún no aprendemos las lecciones y la voracidad sobre los recursos naturales se paga caro.

Durante meses, el terreno de casi una hectárea se cubrió de agua y desde la banqueta se podía ver una especie de laguna, llenándose rápidamente de algas y demás plantas alrededor de las máquinas de construcción que quedaron ahí anegadas.

Los vecinos instalaron un plantón indefinido, porque consideraron que la construcción de departamentos de lujo en esa zona implicaría problemas de desplazamientos además de saturación y concentración de los servicios; es decir, profundizaría las desigualdades, obstruyendo los procesos comunitarios de vida y organización fundamentales para las colonias, barrios y pueblos aledaños.

Dijeron los especialistas del Instituto de Geología de la UNAM que los afloramientos de este predio forman parte de un acuífero somero; es decir, no tan profundo como los pozos que abastecen de agua potable, pero igual de indispensable para el curso subterráneo que recorre la zona de los Pedregales hasta la “cantera” de Ciudad Universitaria, la que por cierto, forma parte de la reserva ecológica del pedregal de San Ángel y se ha abocado a la restauración e investigación de flora y fauna local. Sus lagos son ahora sitio privilegiado de axolotes para cuidarlos de la extinción. También dijeron que, si bien no es potable, basta con una planta y un tratamiento adecuado para que esa agua pueda ser aprovechada por la gente; es decir, basta con inversión pública y ganas de que en esta ciudad aprendamos a cuidar de nuestro recurso vital.

Hace un par de meses la empresa replanteó el proyecto, le cambió el nombre, y propuso “la rehabilitación de dos pozos, la construcción de un cinturón aislante dentro de la obra y la puesta en marcha de una planta purificadora por dos años.” (La información completa está en la página de la Asamblea General de los Pueblos, Barrios, Colonias y Pedregales de Coyoacán.)

Las autoridades delegacionales, de la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial y del Sistema de Aguas de la ciudad de México, aprobaron la propuesta sin objeción alguna y a partir de entonces hacen todo lo necesario para que la constructora no pierda ni un minuto (ni un peso) más: desalojaron la calle, quitaron el plantón y pusieron un cerco de policías las 24 horas.

Acuífero

La reacción popular no se hizo esperar. Por la tarde, los vecinos se concentraron para una asamblea extraodinaria y urgente. Hubo música, carteles, comida, fruta, agua para todos, y conforme oscurecía las velas se encendieron formando una cadena humana para resguardar el manantial. Unas luces encendidas con la esperanza de que los patos, que espontáneamente llegaron a instalarse en este nuevo e inesperado cuerpo de agua, no se fueran junto con los miles de litros que las pipas en este momento están sacando para desecar el terreno.

Las luchas por el agua y el territorio que se están librando por todo el país se componen en gran parte así, con canciones, bailes, saludos fraternales, comida al por mayor, solidaridades, palabras francas, y ese ambiente cálido y emotivo que acoge, que agrupa. Esa convivencia que sólo se puede vivir cuando lo que se está construyendo es comunidad, cuando se abren posibilidades y se piensa en futuro; cuando las personas que se reúnen son capaces de pensar en eso que para muchos es incomprensible: el bien común.

Estos movimientos comparten también, junto con sus demandas, el sistema al que se oponen y los intereses que enfrentan. El gobierno de la ciudad de México, electo por aplastante mayoría en continuidad con lo que parecía ser un proyecto democratizador, como en otros lugares del país, actualmente no reconoce otro interlocutor que el capital privado, las grandes empresas, las familias poderosas. Frente al conflicto social no se dialoga, se reprime. Los vecinos constituidos en asamblea, quienes convocaron a los investigadores para hacer un análisis del agua serio e independiente, quienes han pedido constantemente el diálogo público y quienes habitan esta zona, la constituyen, quienes llegaron a los pedregales hace décadas y los convirtieron literalmente con sus manos en su casa y su patrimonio, no son escuchados por el gobierno al que dieron su voto; sus demandas no son atendidas, nadie los representa frente al despojo.

Doña Fili, integrante de la Asamblea General de los Pueblos, Barrios, Colonias y Pedregales de Coyoacán, les preguntaba insistentemente a los policías capitalinos que resguardaban el predio de avenida Aztecas 215 para permitir el paso a los trabajadores que reiniciaban la construcción: ¿Qué representan? ¿Ustedes son la justicia?

Y habría que preguntarles, qué representan ustedes, cientos de ustedes, que uniformados, agrupados, protegidos con sus escudos irrumpen a las tres de la mañana para desalojar a un grupo de vecinos que ejercen su derecho a la protesta. Qué o a quién representan cuando durante horas, bajo el sol, de pie, inmóviles, cansados, defienden con su cuerpo la construcción de unas torres de departamentos. Cuando su valla humana sirve para separar como en dos bandos irreconciliables a los que entran a la obra y a los que, afuera, cierran las calles para impedirla.

Quiénes son ustedes que dan la cara a los vecinos indignados, inmutables, siempre callados, sin poder responder a sus preguntas y reclamos, porque quizá están pensando que también en su casa falta el agua, que ojalá les alcanzara lo que ganan, o que cómo quisieran un departamento en Coyoacán. Qué entienden por justicia o cuál es el código que asumen cuando se integran a un cuerpo de seguridad pública, si entre sus labores está robar las pertenencias de quienes se encontraban en el plantón, incluyendo automóviles y equipos de sonido.

En la lucha por la vida, los derechos humanos, el agua y el territorio, los grupos involucrados se confrontan entre sí y casi todos pierden. En este caso, los policías mal pagados, mal capacitados, desprestigiados; los trabajadores de la construcción empobrecidos, que vienen de otros estados porque en el suyo no encuentran trabajo y que no tienen ningún tipo de seguridad laboral; los vecinos que hagan lo que hagan no son escuchados ni están representados por ningún lado. Como si alguno de estos tres ganara sobre otro, como si no afrontaran problemas muy parecidos. Muy probablemente ninguno podrá comprar uno de esos 300 departamentos, pero tampoco es que quienes los compren sean los ganadores. Pagarán altísimas cuotas durante muchos años de sus vidas sin que nada les asegure que su propiedad no terminará con daños estructurales porque un muro de concreto, una vez más, no fue suficiente para frenar el cauce del agua; porque los materiales de construcción fueron los más baratos en el mercado para ahorrar costos o simplemente porque en algún momento, con esta tendencia, todos los recursos serán insuficientes para una ciudad sobrepoblada. Así que los únicos que realmente ganarán con todo esto son los miembros de la familia propietaria de Quiero Casa, el delegado y los funcionarios involucrados en la corrupción, y sobre todo los banqueros que van a financiar préstamos hipotecarios a quienes inviertan en uno de los 300 departamentos.

¿Será posible que todos perdamos y sólo ellos ganen siempre, a toda costa, por encima de los derechos más fundamentales? Éste es nuestro tiempo, dice un brillante historiador: las batallas que nos toca librar. Creo que se refiere a que es el tiempo de ya no permitirlo.

Por cierto, la asamblea permanente decidió concentrarse en el predio todos los días a las 5 de la tarde y convocar a una marcha para el 8 de diciembre por el derecho al agua y al territorio.

cartel

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