El futuro es de quien lo define

por Dalia Argüello *

En 2007 se creó Calidad de Vida, Progreso y Desarrollo para la Ciudad de México S.A. de C.V., empresa que gestiona financiamiento de proyectos públicos con recursos privados en la ciudad de México. Desde entonces, algunos proyectos impulsados por ella han sido seriamente cuestionados o frenados por la inconformidad ciudadana, como el “Corredor cultural Chapultepec Zona Rosa”.

Calidad de Vida, hoy llamada PROCDMX, está a cargo de Simón Levy Dabbah. En sus propias palabras, la empresa “tiene como objetivos generar infraestructura y servicios para lograr que los capitalinos vivan cerca de sus centros de trabajo”, lo que significa desarrollar proyectos inmobiliarios y comerciales en zonas estratégicas, lo que ha provocado crecimientos incontrolados de edificios y plazas en la ciudad.

En la delegación Coyoacán se proyectó desde 2014 una de las “zonas de desarrollo económico y social” en una antigua planta de asfalto en los Pedregales, para construir la llamada Ciudad del Futuro, que pretendía ser una zona de equipamiento urbano, vivienda y oficinas que vinculara a la población de Ciudad Universitaria y los alrededores. Cerca de ahí, en la calle de Ciénega —en el pueblo de Los Reyes—, se inició la construcción de un conjunto habitacional de 134 departamentos, y a unas cuantas cuadras, sobre avenida Aztecas, la excavación para los cimientos de tres torres de departamentos. En enero de este año, la obra Ciudad del Futuro fue cancelada gracias a que la movilización popular evidenció la falta de viabilidad social, urbanística y ecológica del proyecto, y las otras dos obras fueron temporalmente suspendidas. Pero aún no hay acuerdos claros para resolver el futuro de los predios y, por lo tanto, la disputa entre los vecinos y las empresas constructoras y autoridades continúa.

La lucha que han emprendido los barrios, pueblos y colonias de Coyoacán para oponerse a estos proyectos inmobiliarios y de infraestructura urbana está avanzando y se va vinculando con otros grupos que están enfrentando problemas parecidos por el territorio y los recursos en otras zonas de la ciudad y del país.

La semana pasada se instaló en avenida Aztecas 215 el “Plantón en defensa del agua y de nuestro territorio”. La característica particular de la obra que lleva a cabo la empresa Quiero Casa en ese predio es que está ubicada en un lugar que cuenta con al menos tres manantiales, cuya agua, ese recurso vital y escaso en las colonias aledañas, no sólo no se está aprovechando sino todo lo contrario. Hace más de un año, cuando empezó la excavación, los vecinos empezaron a notar que en las madrugadas aparecían pipas en el terreno y durante las mañanas, con grandes mangueras, vertían enormes cantidades de agua al drenaje. Ha sido la organización vecinal la que alarmó sobre lo que estaba ocurriendo: la constructora estaba intentando desecar el terreno, ocultando a toda costa la existencia de los manantiales y cegándolos con escombro y cemento fresco, porque le resultan un problema, un elemento no contemplado en su proyecto de negocio.

Aztecas 125. (Foto: DA.)

Aztecas 125. (Foto: DA.)

Es la preocupación e indignación de la comunidad la que impulsó a los vecinos al plantón permanente para vigilar el predio de día y de noche, bajo el sol intenso, el calor sofocante y el contaminado aire sureño, y exigir que esta obra sea cancelada definitivamente y el terreno expropiado por causa de utilidad pública. Éste es un caso representativo de la voracidad empresarial y la complicidad de las autoridades en el constante abuso de los recursos naturales y del deterioro de los derechos de habitar, vivir y hacer ciudad dignamente, por privilegiar a quienes pueden pagar más.

Mucho se ha hablado del proceso de gentrificación y sus negativas consecuencias. Destinar más recursos como agua y suelo para hacer zonas de lujo no sólo conlleva el consecuente desalojo de los habitantes actuales, sino que significa la ruptura con toda una dinámica urbana de socialización y organización vecinal. Son por ejemplo, los pequeños comercios, las trazas tradicionales, las fiestas patronales, la interacción para tratar asuntos comunes, el derecho al espacio público, a los servicios de calidad y a la participación en la toma de decisiones, lo que se ve amenazado por los desarrollos que contemplan grandes edificios, vías para el transporte privado, amplios estacionamientos y grandes cadenas comerciales.

El problema de hacer la ciudad orientada según esta idea de “desarrollo económico y social” es doble: a nivel discursivo y su aplicación en prácticas concretas. En el primer caso porque parece que el desarrollo del que se habla es un destino válido para todos y entendido por igual en todos los espacios y sectores de la ciudad. En la retórica de las políticas públicas, parece ser lenguaje neutral el uso de expresiones como “ciudad de vanguardia”, “calidad de vida”, “desarrollo humano” y “progreso”, y en tanto aparecen como términos positivos por sí mismos, despojados de ideología u orientación política, se autojustifican por un consenso implícito. Por otro lado, cuando el discurso se lleva a la práctica se convierte en la imposición de la visión de unos sobre otros, en el privilegio de algunos a costa de muchos, en la sobreexplotación y desperdicio de los recursos de un lado, y la escasez de casi todo, por el otro.

Así que, cuando el director de PROCDMX, Simón Levy, habla de

transformar paulatinamente a la ciudad en un espacio donde la tecnología reafirme llevar más y mejor información a los ciudadanos para su toma de decisión, generar modelos de desarrollo urbano donde a través de un modelo de desarrollo humano logremos potenciar las vocaciones económicas, la cultura y la creatividad para generar capital humano y que este modelo local permita referenciar internacionalmente a nuestra ciudad capital

parecería que sus palabras nos interpelan a todos y nos reúnen en torno de objetivos en común.

El problema es que no es así: ni se dirige a la totalidad ni está pensando en la diversidad de los ciudadanos a los que se refiere. En los asuntos sociales ningún concepto es unívoco y todos son políticos. En la disputa por la definición del futuro, los pueblos y los barrios, que imaginan un futuro distinto, posible, viable, son descalificados por su reivindicación de un pasado que los condenaría inevitablemente al retraso y a la desaparición. Pero el futuro del señor Levy, tan moderno, tan vanguardista, no es más que una entelequia para disimular el presente de explotación, desintegración de la ciudad y despojo.

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