por Federico Anaya Gallardo *

He resumido los casos históricos de no coincidencia entre el voto popular y el voto en colegio electoral para ver si este mecanismo resultó efectivamente un freno frente a la mob rule, como lo deseaban Madison y Hamilton en 1787. Como tres de los casos ocurren en el siglo XIX y dos en nuestra era, la comparación puede parecer difícil. De entrada, los calificativos modernos de izquierda y derecha podrían entorpecer el cotejo de los casos. El caso de 1824 es ilustrativo. ¿Puede calificarse a Andrew Jackson y a la Jacksonian Democracy (1828-1854) como de izquierda? Siendo esclavistas, nunca. Pero cuando se les confronta con el elitismo del régimen previo (1788-1828), los jacksonianos definitivamente parecen “populares”. Por lo mismo, acaso el mejor modelo para comparar sería entre populares y elitistas —dicotomía que, aparte, puede ayudar a entender la elección de 2016.

Tabla 1

Los tres casos del siglo XIX parecen demostrar que falló el mecanismo de los padres fundadores. Sólo en 1824 se detuvo en el colegio electoral al movimiento social (los jackasses de Jackson). Y aún esta victoria resultó pírrica, pues Jackson y su modo de hacer política, involucrando a los hombres blancos comunes de la Frontier, dominó a Estados Unidos por casi tres décadas, hasta que la cuestión de la esclavitud rompió el sistema de partidos.

Sin embargo, un análisis más profundo demuestra otra cosa. En 1876, Hayes logró la presidencia porque prometía terminar el “periodo especial” durante el cual el norte antiesclavista había impuesto sus reglas al sur derrotado. Al hacerlo, abrió la larguísima era de las leyes Jim Crow que sostuvieron la segregación racial en el sur hasta la década de 1960. En el segundo caso, entre 1888 y 1892 el gobierno de Harrison procuró contrarrestar las leyes Jim Crow pero el congreso lo detuvo. Logró ciertos avances contra los monopolios capitalistas, pero en general fue protector de la gran industria. Y como fue incapaz de promover derechos sociales, los nacientes sindicatos obreros y la izquierda republicana formaron el Partido Populista. Cleveland, el candidato elitista, perdió en 1888 pero recuperó la presidencia cuatro años más tarde. Ciertamente, el segundo gobierno de Cleveland también fue incapaz de responder a las demandas de los nuevos movimientos obrero y agrario, lo que provocó la reconfiguración del sistema de partidos quedando, entre 1896 y 1933, los republicanos como el partido de los grandes negocios (salvo el periodo anti-trust de Theodor Roosevelt) y los demócratas como los representantes de las clases medias emergentes, proponiendo medidas como los plebiscitos y la revocación de mandato para regresar algo de poder a las masas.

Los tres ejemplos antiguos demuestran que el colegio electoral permitió a las elites contener o retrasar el impulso popular de los candidatos (Jackson), obligar al ganador a asumir posiciones pro-elite (Hayes) o a moderar sus políticas (Harrison). ¿Que nos dicen los dos ejemplos modernos?

La dicotomía popular-elitista podría tener problemas para la elección de 2000 (Gore vs. Bush Jr.), pero si ponemos atención en el aspecto intelectual y universitario de Gore y en la condición de Born-Again Christian de Bush Jr., esos problemas disminuyen. De hecho, que el tercer candidato en esa elección (Nader, del Partido Verde) haya capturado los votos de muchas de las organizaciones grass-roots de izquierda confirma que Gore era el candidato elitista.

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Ya se vio que la desesperada búsqueda de legitimidad luego del escándalo del recuento de Florida obligó al gobierno de Bush Jr. a buscar la guerra exterior como justificación para la unidad nacional. Esto benefició al complejo militar-industrial y a los especuladores financieros, mientras que la base popular de Bush Jr. quedaba satisfecha con la cruzada anti-islámica convocada por la Casa Blanca. Esta política fue puesta en cuestión por la exitosa campaña de Obama de 2008, pero los dos gobiernos del primer presidente negro no cambiaron la situación ni en lo exterior (continúa la guerra en Afganistán, la inconstitucional prisión de Guantánamo sigue abierta y el número de mexicanos deportados aumentó exponencialmente) ni en lo interior (Washington rescató a Wall Street pero no reconstruyó la economía industrial del Rust Belt).

A primera vista, la elección indirecta y su colegio electoral parece favorecer a candidatos populares, pero estructuralmente significa un obstáculo para la formación de grandes coaliciones sociales, dándole a las elites que controlan las cámaras federales, la Suprema Corte y los gobiernos estaduales oportunidad de contener las “veleidades” populistas de sus masas. Al mirar el mapa electoral de 2016, todos los analistas han señalado el peso desproporcionado que el sistema da al conjunto de los estados con menor población pero con sociedades más conservadoras (el Christian Heartland de Estados Unidos). Eso es precisamente es lo que deseaban Hamilton y Adams: jugar —entre otras— con la contradicción urbano-rural para asegurar la estabilidad del orden social dominante y la propiedad de las elites. En 1787, Plublius temía una insurrección campesina general (recién en 1786 los granjeros del oeste de Massachusetts se habían alzado contra los comerciantes de Boston). En 2016, el temor de Plublius habría sido la disolvente política multicultural de las costas este y oeste, cuyo enemigo natural se encuentra en las sociedades aún dominadas por la vieja cultura de granjeros y colonos blancos cristianos.

En la noche de la elección, destacados analistas mexicanos entrenados en Estados Unidos como Luis de la Calle (uno de los negociadores del TLCAN) y Juan Pardinas (director General Instituto Mexicano para la Competitividad) sostenían que, pese a la victoria de Trump, las posiciones populistas de derecha más radical del candidato republicano serían luego moderadas por las elites de Washington. Esto es precisamente lo que vimos en los casos antiguos de Adams Jr., Hayes y Harrison. La locura anti-islámica de Bush Jr. benefició a la elite financiera al tiempo que inflamó el entusiasmo conservador cristiano. Si la situación de Estados Unidos fuera igual a la de 2000, De la Calle y Pardinas tendrían razón; pero esto último no queda claro: los movimientos de Occupy Wall Street y la campaña de Bernie Sanders en la izquierda indican que el descontento por la polarización socioeconómica es mucho más grave hoy en día. Por eso es que Hillary Clinton era una candidata que no entusiasmaba a las bases más populares del Partido Demócrata. Como no todos los explotados optan por soluciones progresistas, la campaña de Trump encontró muchos miles de votantes entre los blancos damnificados de la desindustrialización del Rust Belt.

Así ganó Trump los diez electores de Wisconsin (adonde los demócratas habían ganado siete elecciones presidenciales desde 1988), los 16 electores de Michigan (donde los demócratas habían ganado seis elecciones presidenciales desde 1992), y los 20 electores de Pennsylvania (donde los demócratas llevaban seis elecciones presidenciales ganando, desde 1992). Si los demócratas hubiesen mantenido estos tres estados, que suman 46 electores, Clinton habría ganado con 276 electores frente a sólo 260 de Trump.

Más interesante aún, tanto en Wisconsin como en Michigan, Clinton había perdido la elección primaria frente a Sanders. El discurso de Sanders en Wisconsin había enfatizado la desigualdad que promueven las grandes corporaciones económicas, la política fiscal (escándalo de los Panama Papers) y el uso de drones militares. Es decir, el discurso anti-elite fue retomado por el candidato Trump y debilitó a la candidata Clinton. Aunque Clinton ganó a Sanders en Pennsylvania lo hizo por una diferencia relativamente corta (55.61 por ciento contra 43.53 por ciento).

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¿Puede el Presidente Trump repetir el expediente legitimador de la cruzada anti-terrorista? Tal vez. Por eso es que su triunfo ha sido mal recibido en muchas partes. Si no es contra el Islam, ¿contra quién llamar a cruzada? En México conocemos bien la respuesta. Lo cierto es que la polarización social entre el 1 por ciento privilegiado y el 99 por ciento excluido no cambiará en ningún caso. ¿Qué ocurrirá cuando el votante popular de Trump se de cuenta de esto? ¿Una reemergencia de las derechas estatales siguiendo la línea del Tea Party, que presionen a las elites a asumir políticas aún más racistas y excluyentes? Parecería que parte de las respuestas a estas preguntas quedaría en la izquierda grass-roots estadounidense, ésa que votó ayer por Obama, este año por Sanders y a la cual relegó el establishment de Clinton.

Una última pregunta es qué podemos hacer los mexicanos de izquierda para asegurar que las masas estadounidenses tengan alternativas progresistas y no haya más triunfos populistas de derecha como el de este año. Nos debe importar, como ciudadanos de esta nueva América septentrional que compartimos, queriendo o no queriendo, mexicanos, estadounidenses y canadienses.

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