por Octavio Spíndola Zago *

Desde un enfoque marxista crítico (herencia de su formación como economista en los años sesenta y setenta) y ahora suscrito a la agenda teórica denominada Cultura histórica, Carlos Antonio Aguirre Rojas se ha caracterizado por ser uno de los más destacados estudiosos de la historiografía del siglo XX como una unidad global analizada más allá de los hechos superfluos, rechazando las seducciones de la leyenda así como los venenos de la retórica y de la rutina erudita.

Es decir, la historiografía es un sujeto histórico por sí mismo, no sólo una fuente o una forma de aproximarse al pasado. Pasa de ser el resultado de un proceso escriturístico que busca dar cuenta de un pasado-que-ya-pasó a convertirse por sí misma en un pasado-que-no-pasa, que no se cierra cuando se agota su redacción, pues se mantiene siempre abierta a causa de las lecturas que de ella se van haciendo. No termina de pasar tampoco porque sirve siempre a la causa identitaria. Como él mismo escribe,

La memoria, a la que los griegos han concebido en su mitología como la madre de todas las artes y las ciencias, incluida también la propia historia, y a la que Aristóteles dividía en memoria ‘conciente’ o anamnesis y memoria ‘inconsciente’ o mneme, puede ser también entendida, siguiendo a San Agustín, como esa suerte de ‘palacio’ en el que se concentra el entero tesoro de nuestra percepción y de nuestra experiencia [Mitos y olvidos en la historia oficial de México (México: Ediciones Quinto Sol, 2003)].

En sus aproximaciones historiográficas, como buen marxista, Aguirre busca desentrañar algo más: los mecanismos que dan cuenta de los esfuerzos pedagógicos por orientar a la colectividad hacia un sentido determinado, pero sin limitarse a ello. También han sido de su interés los discursos contrahegemónicos así como las resistencias de las minorías.

Mnemosine, en la cabeza de Dante Gabriel Rossetti
Mnemosine, de Dante Gabriel Rossetti

Sea sobre las cuatro generaciones de Annales, la microhistoria italiana, los estudios desde abajo británicos, el sistema-mundo o las subalternidades latinoamericanas, el abordaje de Aguirre, con su escepticismo sobre los grandes relatos nacionalistas y su desdoblamiento en los diferentes artefactos culturales (museos, historiografía, instituciones, programas culturales, etcétera), participa, por una parte, de “una nueva manera de pensar y comprender la relación efectiva y afectiva que un grupo humano mantiene con su pasado” —búsqueda de sentido característica del periodo post-68 y tras la caída del Muro de Berlín— y, por otra, resulta sumamente rico como evidencia que demuestra la moribunda supervivencia del proyecto decimonónico del estado-nación y sus tecnologías discursivas y políticas dentro de una economía global que lo ha desbordado.

El historiador y todo aquel que se atreva a visitar al “pasado histórico” como recurso simbólico y material debe ser consciente de las implicaciones políticas de su construcción historiográfica, de las consecuencias identitarias e ideológicas que tiene su visión del ayer desde el presente. Mantener vivos mitos tradicionales como la leyenda negra de España y de la inquisición hispana, el binomio inamovible liberales-conservadores, la imposibilidad de analizar en términos distintos las extremadamente polarizadas figuras de Santa Anna (con el enquistado recuerdo de la pérfida venta del territorio) y Porfirio Díaz, así como el discurso de bronce de la revolución mexicana no permite construir una consciencia histórica reflexiva.

México es un país “pletórico de pretérito”, escribe Luis González y González. La riqueza de vestigios satura la mirada. La diversidad de archivos y rastros, sumados a un calendario plagado de mártires y remembranzas conmemoracionistas sirven para concitar odios y fatalismo, mantienen caliente la xenofobia. El antídoto para esta saturación de pasado es hacer historia en serio —para seguir con el autor de Pueblo en vilo—, justificando la destrucción de los modos indigestos, intoxicantes y malsanos de comer ayeres, encarcelar residuos y enterrar ánimas, generar espacios dialógicos, no totalitarios.

Analizar entonces el pasado desde nuevos enfoques plurales es una posibilidad para reconstruir alguna posibilidad de futuro, es abrir camino para nuevas generaciones de historiadores que asuman el compromiso social y político con su tiempo, como ha exhortado Aguirre en “Generando el contrapoder, desde abajo y a la izquierda”, el último capítulo de su libro Mandar obedeciendo: Las lecciones políticas del neozapatismo mexicano (2009).

En charlas de pasillo con un amigo poeta concluíamos precisamente que la incapacidad de articular un proyecto político más allá de los caminos tradicionales (partidos políticos y estrategias de lucha social) se debe al escepticismo de las generaciones jóvenes, a nuestra imposibilidad de soñar utopías, a que hoy —como afirma Derrick de Kerckhove— “el futuro ya no es lo que solía ser”. Vivimos una realidad fragmentada que nos aísla en el individualismo radical, muchas veces justificado por una lectura cargada del pasado.

5 Comments

  1. Difiero radicalmente de este texto: los “estudios” de Carlos Aguirre solo demuestran la maestría con la que usa las tijeras y el engrudo, así como su incapacidad para aportar. Todo su feroz crítica a la historiografía mexicana es nula en aportes propios (¿dónde o de qué manera haa aplicado a nuestro pasado las grandes enseñanzas que extrae de sus pastiches sobre los annales?
    Lo de AGuirre es únicamente, crítica sin sustento ni obra propia.

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    1. Tienes un buen punto ahí, un reto para todo proyecto académico es pasar de la crítica a la propuesta propositiva. Agradezco la observación.

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