por Jaime Ortega Reyna *

Para quienes hemos tenido entre nuestras manos libros como El poder despótico burgués y Las redes imaginaras del poder, o algún ejemplar de El Machete de principios de los años ochenta, causa asombro, extrañeza y hasta un poco de pena leer las últimas intervenciones de Roger Bartra en su afán de ser soporte de los Chuchos dentro del PRD y de combatir en round de sombra al “populismo”. (Como a Enrique Krauze —otrora contrincante, ahora muy buen amigo—, populismo es un fantasma que aterra tanto a Bartra que es incapaz de definirlo.) La última de estas penosas publicaciones apareció en Reforma el martes pasado; se titula “La unidad, ¿para qué?”.

Intelectual postmarxista.
Roger Bartra, intelectual postmarxista.

Expliquemos nuestro asombro sobre el empobrecimiento del razonamiento intelectual al momento de su “intervención”. En primer lugar hace un recuento fácil, quizá digno del ingeniero Krauze pero no del antropólogo Bartra, sobre el problema de la “unidad” en el marxismo y en la izquierda. Reduce debates con más de un siglo de historia a una actitud simiesca que podría sintetizarse en “leninistas y maoístas se unen para reprimir a sus antiguos aliados que han colaborado en destruir a los explotadores”. Por supuesto, Bartra asume que no hay trabajadores ni hay explotadores, ni ciudadanos ni consumidores; nunca dice que sí es lo que hay en el orden social: el silencio es un buen artilugio en el texto. Después de esto, que es doctrinariamente menor y que cualquier literatura contemporánea a propósito del marxismo (en cualquier idioma y en cualquier lugar del mundo) harían languidecer tan pobre argumento, viene en realidad el sentido de su “intervención”: el debate mexicano sobre las elecciones venideras.

El objetivo de Bartra no es dar un cierto sentido político e ideológico a la “izquierda”, siempre adjetivada como progresista o moderna —es decir, no populista y siempre paralizada ante la ofensiva de quienes despojan a los pueblos de sus tierras, a loa trabajadores de derechos y a la población de seguridad mínima. No. El objetivo de Bartra es solamente uno: mostrar que el hartazgo social, el clima de violencia, el enojo por las injusticias (de los 43 de Ayotzinapa a los muertos de Nochixtlán, de los feminicidios a la víctimas de la corrupción en la guardería ABC, del asesinato de periodistas a la Casa Blanca) y todo lo que acumulemos en los próximos años, no es más que una burda estrategia del “líder populista y mesiánico” que se presentará a las elecciones para ser derrotado. Sacando la bola de cristal que debe guardar entre sus viejas ediciones de Historia y Sociedad (revista de la que se dice siempre aspiró dirigir), Bartra ha marcado ya el sentido de la historia de nuestro país: según se desprende de su razonamiento, no hay más que hacer en 2018.

Ahora bien, en los momentos en donde la obsesión antiobradorista es más intensa (¡jamás pronuncia el nombre del líder populista y mesiánico que tanto teme y detesta!), se revela también la decadencia de su análisis. Según el otrora intelectual marxista, el “mito de la unidad de la izquierda” (es decir entre el PRD y Morena) impedirá que se avance a la democratización real. Sería bueno preguntarle a Bartra de donde concluye que alguien dentro del actual PRD busca la unidad con Morena, pues hasta donde se ha visto en lo que va del último sexenio (Pacto por México de por medio) a los Chuchos, jefes del cada vez más exiguo aparato electoral perredista, no les interesa la unidad ni las alianzas ni mucho menos ser oposición de algún signo, sino apenas conservar un miserable 8 por ciento de votación para mantener a los Belauzarán, Navarrete, Ortega y demás jefes de Nueva Izquierda en bancadas parlamentarias, así como recibir un poco de financiamiento público. Bartra no ve lo que ya es claro para todos: que el espíritu del recientemente finado Rafael Aguilar Talamantes se apoderó del “sol azteca”.

Peor aún, para Bartra cualquier intento de alianza entre el PRD y Morena (¿en serio alguien cree que esto puede suceder ahora?), en realidad es un obstáculo para lo que él considera verdaderamente importante: la alianza entre el PRD y el PAN. Según las cuentas del autor de La jaula de la melancolía, esa alianza abriría el paso para que por fin tres estados del país tengan alternancia gubernamental —particularmente en el estado de México, donde se juega la derrota emblemática del autoritarismo. Pensemos entonces en gobiernos como los de Puebla o el anterior gobierno de Oaxaca (por poner solo dos ejemplos), donde esas alianzas ya tuvieron lugar, para constatar si la dupla PRD-PAN “derrotaron al autoritarismo” o simplemente afincaron otro, no muy distinto al del PRI, con las mismas corruptelas y clientelismos que se reproducen a lo largo y ancho del país. Habrá que decirle a Bartra que en la aritmética política los números se cuentan distinto: menos votos para el PRI y más para PRD-PAN no juegan a favor de la democratización. La dicotomía en la que se mueve Bartra es tan simple como ilusoria: esa espuria alianza PRD-PAN poco se diferencia de sus predecesores tricolores.

Por último, no queda más recordarle a nuestro laureado intelectual que el PRD fue asaltado por el actual jefe de gobierno de la ciudad de México, colocando ahí a un alfil estratégico, para fortuna de la Secretaria de Educación local). Y eso, por supuesto, no apoya ninguna “pluralidad” ni “cultura cívica”, sino el atasque en el fango de un partido que, ya desfondado, buscará acomodarse a la cola del PAN. Una poderosa jaula le impide ver a Bartra lo que para todos es ya claro: que el PRD es el nuevo Partido Socialista de los Trabajadores —sólo que al servicio del PAN.

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