Para comprender el ascenso de Trump

por Arturo E. García Niño *

En 2008, Joe Bageant —adscrito a esa añeja práctica del periodismo hoy en agonía que imbrica la investigación acuciosa de los hechos y la acreditación de las fuentes con el talento narrativo para dar cuenta de las situaciones ocurrentes en el terreno de lo íntimo y de lo social ampliado—, publicó Deer Hunting With Jesus: Dispatches from America’s  Class War  (Nueva York: Crown Publishing Group, 2008). Se trata de un libro recuperador de la cotidianidad en su lugar de origen: Winchester (la ciudad más al norte del sur profundo) en Virginia Occidental. Bageant había retornado en 1999 a donde nació, vivió y de donde salió para convertirse en un periodista siempre crítico y autocrítico desde y con su postura de liberal de izquierda, que en 2002 decidió mandar al diablo treinta años de trabajo en revistas y diarios, “cansado de todo ese periodismo superficial que atestaba los puestos intentando cazar un espectro demográfico cada vez más amplio al que venderle más y más publicidad.”

Se embarcó así en las naves subidas en la gran ola que por entonces era ya la red de redes, para hacer periodismo desde ahí. Ello “a pesar de que nadie en la industria [periodística] le prestaba… atención” a internet por aquellos tiempos. Envió sus primeros textos  a counterpunch.org y a energygrid.org y, según él, al tercer día su buzón de correo electrónico estaba lleno de comentarios inteligentes. En el primer mes, cuenta que le dijo uno de los webmasters que varios millones de lectores comentaban sus escritos. No volvió a bajarse de internet como su espacio periodístico hasta morir de cáncer a los 65 años, el 27de marzo de 2011, cuando ya su trabajo era difundido en cientos de páginas y blogs como Cyrano’s Journal Today y The Greanville Post

Deer Hunting With Jesus es un acercamiento a ese “mundo paralelo desconocido para los liberales universitarios de las grandes ciudades  [que] los cogió por sorpresa en noviembre de 2004”. Es una ruda crítica a la American radical chic —según la definió Tom Wolfe en uno de sus textos más entrañables y memorables— y es también un trabajo poco atendido a pesar de ser no sólo un inteligente y detallado referente para comprender por qué ganó el George W. Bush la presidencia de Estados Unidos hace más de diez años, sino que deviene hoy, guardando las distancias obvias y con algunos asegunes, casi un prontuario para entender el ascenso de Donald Trump en la carrera por la candidatura republicana, su casi segura nominación y su posible llegada a la Casa Blanca. Realizando así lo imaginado por el guionista Dan Greaney en “Bart to the Future”, capítulo de Los Simpsons trasmitido el 19 de enero de 2000, cuando Lisa  es electa presidenta de Estados Unidos para el periodo 2030-2034 y tiene que rescatar una economía hecha pomada por la pésima administración de su antecesor en la Casa Blanca: Donald Trump. Según Greaney, el cometido del episodio era mostrar un país enloquecido y con un personaje en la presidencia capaz de llevar a Estados Unidos a la última escala antes de tocar fondo, “y por eso elegimos a Trump”, sintetizó.

Claves para un entendimiento suprarotular de la América profunda    

“Esa América profunda que asiste a la iglesia, practica la caza y la pesca, toma Bud light, que ni siquiera es capaz de ubicar Iraq o Francia en el mapa, en caso de que tenga uno, que escucha al pastor hablar de la infalibilidad de la Biblia para todo  y se emborracha mientras Teddy y los  Starlight Ramblers tocan en el Eagle Club” de Winchester, asevera Bageant, está integrada por los blancos pobres de una  zona donde dos de cada cinco de ellos no terminaron el bachillerato y la mayoría de los cincuentones tiene graves problemas de salud debido al alto consumo de alcohol y mala comida, a la vez que son parte de la mitad de sus congéneres que apenas fue alfabetizada y del 94 por ciento de ellos que es analfabeto funcional en Estados Unidos. Y ahí están, en esa tal América profunda, los posibles votantes a quienes “les llega” y les resulta comprensible el discurso de Trump, mismo que, según este estudio de la Carnegie Mellon University dado a conocer días atrás, tiene un nivel gramatical de sexto de primaria y un vocabulario de segundo de secundaria; aunque Sanders y Clinton, los mejor calificados, sólo tienen un vocabulario equivalente a primero de preparatoria.

Son la white trash, los rednecks, el 24 por ciento de la planta laboral estadounidense que en conjunto superan a todas las minorías jodidas que habitan la Unión Americana, alrededor de 35 millones de sujetos “conservadores, políticamente desinformados y patriotas en perjuicio propio”, sostiene Bageant. Dentro de un país en el que las tres cuartas partes de sus oriundos no tienen un título universitario y donde la lucha de clases cedió el paso a la lucha entre los ilustrados progresistas de las grandes ciudades universitarias y los ignorantes de los pueblos homogéneamente fundamentalistas, neoconservadores y ultra protestantes. Son, escribe Bageant, los Homero Simpson y los Bud Johnson —personaje de la película Swing Vote (2008) interpretado por Kevin Kostner— que “elegirían a un tipo igual de indeseable aunque se le voltearan a Bush”, y que dejaron de ser atractivos para los liberales demócratas en el tránsito del siglo XX al XXI.

Sospecha Bageant, un poco en serio y un poco en broma, que el Partido Republicano emite una feromona que atrae a los mensos y al dinero, y puede ser cierto. Aunque debe reconocérsele a la derecha estar insertada en la cotidianidad de esos pequeños poblados: los ricos dueños del pueblo, del comercio, de la empresa granjera y de la industria que explotan a los lugareños, van a la iglesia dominical y se mezclan con sus empleados. Igual hacen durante el resto de la semana: van a la cantina, hacen propaganda en contra de “los urbanitas comunistas” y el sábado van al baile para comer nachos, hamburguesas grasosas y tomar mala cerveza. En su caso, la izquierda dejó de mezclarse con tales personas, dejó de estar ahí como lo estuvo en el arranque del siglo XX, durante  la gran depresión y hasta los años sesenta del siglo pasado.

Para esa gente tener armas en casa es considerado no sólo un derecho natural, sino un gusto y una necesidad, porque sienten la caza como parte de su identidad rural y relacionan lo urbano con los universitarios comunistas, feministas, abortistas, homosexuales, antirracistas. Vaya un botón de muestra: la Asociación Cristiana de Cazadores de Ciervos ¡tiene una oración para que los cazadores la evoquen en tanto aguardan a sus presas!  Y aunque parezca increíble, señala Bageant, no han tenido esos estadounidenses relación cercana con un liberal, repiten lo que dicen el pastor y las emisoras cristianas que escuchan en el trabajo: los abortistas —como señalan algunos filmes exhibidos en los clubes, las escuelas y las  iglesias— meten los fetos al microondas y se los comen; los urbanitas quieren dar condones a los niños que cenan los viernes Doritos con queso derretido y Pepsi Cola o Coca Cola, para que la mamá descanse esa noche.

Subordinados, pues, a los ricos del pueblo que le echan la culpa de todo a los chinos y a los inmigrantes que vienen a robarles el trabajo a sus empleados, y a los abogados defensores de los trabajadores —como un pariente de Bageant—; ricos del pueblo que consideran al sindicalismo malo porque los aumentos de salarios generan inflación (sólo un 12 por ciento de los trabajadores estadounidenses está sindicalizado) y que son tan de derecha, apunta irónico el periodista, que pueden bien no comerse el ala izquierda de los pollos. Estos estadounidenses trabajan duro, sí, aunque para seguir igual, porque los programas sociales los abandonaron y se encuentran entre el casi 60 por ciento de quienes, según Gallup, creen a pie juntillas que Dios hizo el mundo y todas las cosas  (sólo el 28 por ciento de los estadounidenses cree en la teoría de la evolución; coincidentemente éste es también el porcentaje de los que tienen estudios universitarios). Otro dato: sólo el 20 por ciento de los estadounidenses ha tenido pasaporte y en Winchester no conocían el sushi cuando Bageant regresó a vivir ahí, donde tuvo un profesor en la secundaria que dedicó varias horas de clase a denostar a los sindicatos por comunistas y a decir que a los negros les bastaba con tener lo suficiente para comprarse una cola de mapache y ponerla en la antena del carro.

Y fue efectivo el discurso del profesor de marras: una noche conviviendo Bageant alrededor de una hoguera con viejos virginianos amantes de las armas ante una botella de Jack Daniels, sacaron la guitarra y se pusieron a tocar sus canciones favoritas. Empezaron por las de la guerra civil, llegaron a las más nuevas de 1900 y luego el escritor cantó “Walking Blues” de Robert Johnson. Al terminar de cantar todos guardaron silencio hasta que uno de los presentes habló y le dijo a Bageant que al cantar abría la boca y pelaba las encías como si fuera un puto negro. Porque a ellos les prenden las viejas canciones cerreras y estar al tanto de los resultados de la NASCAR (la cadena ABC llamó a éste “un deporte descaradamente evangelista”, donde incluso es admirado como piloto el reverendo Pat Evans).

¿Matria o patria o matria es patria?    

Para cuando Bageant regresó a Winchester la población andaba por 18 mil habitantes, de la cual más del 82 por ciento era “blanca”. Hoy son poco más de 26 mil y continúa siendo la ciudad, en palabras de Joe Bageant,  un “lugar estupendo para observar Estados Unidos, donde la América más vieja y la más moderna, y todas las fases cambiantes [y superpuestas] entre ellas conviven”. Una ciudad sintetizadora del electorado que en 2004 llevó a Bush a la presidencia ante el estupor de los demócratas, y que puede llevar al mismo lugar en el 2016 a Trump.

En 1965, W. Sheridan Allen  publicó The Nazi Seizure of Power: The Experience of a Single German Town, 1922-1945 (Chicago: Quadrangle Books), una investigación acerca de cómo, derivado de las condiciones locales concretas de existencia, el nivel de aceptación del nazismo en el pueblo alemán de Northeim (cuya población hoy es de casi 29 mil 500 habitantes) llegó a ser superior al de la media nacional. Lo preocupante del caso estadounidense para México y el mundo es que hoy Winchester no es sólo un botón de muestra que supera la media nacional de la ultraderecha más rupestre —como lo fue Northeim respecto al nazismo incubado entre 1922 y 1945—, sino uno de los cientos (¿miles?) de poblados que albergan a la homogénea masa votante de un candidato como Trump, mezcla de hillbilly y pastor evangélico televisivo. Por ello, vale la pena ir a la obra de Joe Bageant, si no para impedir que llegue Trump a la Casa Blanca, sí para comprender las circunstancias sociohistóricas de su encumbramiento, y no sorprendernos como la progresía estadounidense en el no tan lejano 2004.

 

 

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