por Arturo E. García Niño *

El poeta retorna a Nicaragua procedente de Francia

En 1907, Rubén Darío regresó de París a Nicaragua y en la ciudad de León fue objeto de una apoteósica bienvenida. Ahí, el cuarentón poeta, nacido el 18 de enero de 1867 en Metapa, coincidiría con Margarita Debayle, hija del médico Luis Debayle y hermana de Salvadora, quien a la postre sería esposa del dictador Anastacio Somoza García, asesinado por el poeta Rigoberto López Pérez el 21 de septiembre de 1956 en la misma ciudad de León. Padre de Luis y Anastacio Somoza Debayle, el primero continuaría la dinastía dictatorial hasta 1963, mientras que Tachito lo haría este año hasta 1979, cuando fue derrocado por la insurrección sandinista y partiría al exilio a Paraguay. Ahí, el 17 de septiembre de 1980 moriría por un bazucazo del Ejército Revolucionario del Pueblo argentino, mientras transitaba en su limusina no blindada mercedez benz por la avenida —ironías de la vida— Generalísimo Franco. Haberse creído a salvo en el país bajo la férula del dictador Alfredo Stroessner lo había conducido a la muerte, y al fin de la criminal dinastía de los Somoza.

En aquel lejano 1907, en León, la niña Margarita Debayle le solictó a Darío unos versos o que le contara un cuento, petición que el puntal del modernismo literario cumplió cabalmente, escribiéndole el famoso poema que cuenta un cuento y del cual algunos fragmentos llegaron a nosotros en las páginas del libro de texto gratuito de Lengua Nacional en la primaria. Dicho poema, incluido en ¿miles? de antologías con variados nombres —“Margarita está linda la mar”, “Cielo y mar (Margarita está linda la mar)”—, originalmente se llamó simplemente “A Margarita Debayle” y su primer renglón decía así: “Margarita, está linda la mar…”, frase que utilizaría el narrador nicaragüense Sergio Ramírez para titular su novela —ganadora del Premio Alfaguara— Margarita está linda la mar (Madrid: Alfaguara, 1998), que transcurre precisamente en dos tiempos alternos mediantes flash backflash forward: 1907, cuando el poeta conoce y le escribe el poema a Margarita, y 1956, cuando el poeta López Pérez mata al dictador cuñado de Margarita.

El poeta arriba a México procedente de La Habana

Siendo representante diplomático de Nicaragua en España, Rubén Darío fue nombrado por el doctor José Madriz Rodríguez, presidente de la república que suplió a José Santos Zelaya —derrocado y exiliado en París por la invasión estadounidense de 1909—, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario para asistir a las fiestas del centenario de la independencia de México. Así lo cuenta el poeta en La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1991), memorias publicadas originalmente en 1913. En ellas, Darío narra así el inicio de su viaje: “En el mismo vapor que yo iban miembros de la familia del presidente de la república, general Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado, don Antonio Pliego, el ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la legación de Francia en Washington. En La Habana se embarcó también la delegación de Cuba, que iba a las fiestas mexicanas” (127).

Arribó al puerto de Veracruz procedente de La Habana el 28 de agosto del año en cuestión y no pudo continuar su viaje rumbo a la capital del país “a causa de los recientes acontecimientos”, como le informó un tal “señor Nervo”, quien le pidió que esperara la llegada de un representante del Ministerio de Instrucción Pública, lo que no obstó para que el propio “señor Nervo, introductor de diplomáticos”, le dijera que el gobierno lo “declaraba huésped de honor de la nación”. Como se ve, el talante jactancioso del escritor —catapultado y validado por su talento, no cabe duda— se manifiesta de bulto: podría quedarse varado en el puerto, pero su capital simbólico no cedía. Ello puede corroborarse con su narración de los hechos (va cita en extenso que por sí misma se justifica):

Entretanto [ocurría lo anterior], una gran muchedumbre de veracruzanos, en la bahía, en barcos empavesados y por calles de la población, daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos. El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó, con una carta del ministro, mi buen amigo, don Justo Sierra, en que en nombre del presidente de la república y mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino. El gobernador civil me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días, esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país, y que entonces yo podría ir a la capital; y el gobernador militar, a quien yo tenía mis razones para creer más, me daba a entender que aprobaba más la idea de retornar en el mismo vapor para La Habana… Hice esto último. Pero antes, visité la ciudad de Jalapa, que generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teocelo, donde las niñas criollas e indígenas regaban flores… Hubo vítores y músicas. La municipalidad dio mi nombre a la mejor calle. Yo guardo, en lo preferido de mis recuerdos afectuosos, el nombre de ese pueblo querido [128].

El poeta retornó a Veracruz para embarcarse con rumbo a La Habana, y ahí —cuenta en las memorias de marras—

[…] se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la capital, sin saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en manifestación imponente contra los Estados Unidos. Por primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó a la casa del viejo cesáreo que había imperado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de una revolución que trajera el destronamiento [128-129]

¿Exagerado el poeta? Nomás tal y como era: grandilocuente, hiperbólico, desaforado, egocéntrico y… moderno y modernista con su modernismo echado por delante, pues.

A cien años de ido el poeta

A fin de cuentas —¿o a principios de ellas?— a sus cuarenta y pocos años cumplidos, cuando visitó México por primera y única vez, Rubén Darío era ya un referente universal y de sí mismo, además de sentir-saberse, por fuerza de la adulación y la crítica generadas en su entorno, el centro de un mundo que a duras penas era no sólo su circunstancia sino su complemento. Era un hombre exitoso, sí, pero humano a pesar de su empeño, “contradictorio, enfermo por el alcohol, dotado además de una complicada vida amorosa… [quien] pudo cubrir sus gastos, figurar siempre en primera plana [y] hacerse una posiciób… [porque] escribió y publicó de manera infatigable en la prensa de su tiempo y toda revista hispanoamericana lo reproducía”, como señala el anónimo autor de la “Presentación” de las memorias de Darío (5-6), las cuales por cierto fueron escritas en Buenos Aires entre el 11 de septiembre y el 5 de octubre de 1912 —con una “Posdata, en España” sin fecha—, a petición del director de la revista argentina Caras y Caretas.

El poeta fallecció el 6 de febrero de 1916 en León, la misma ciudad en la que —según Sergio Ramírez— en 1907 escribió el poema dedicado a la infanta Margarita Debayle en el abanico de ésta. (Otros dicen que la escribió sentado en una roca a la orilla del mar, otros que en una noche a cambio de un frasco de whisky y otros que…) En sus memorias, el poeta no hace referencia alguna al hecho. Sí menciona a su amigo el doctor Luis Debayle como uno de los varios personajes que —genio y figura el poeta—, aunados a “la unánime aprobación popular“ (123), condujeron a que el general Zelaya lo nombrara embajador en España. Ya para entonces, Rubén Darío había entrado en la eternidad por su obra y para bien de todos, y habíase ganado un grandilocuente “¡Salve, poeta!” que seguramente será refrendado por su lectores a los cuales espera instalado en el futuro.

Poeta en Veracruz
Poeta en Veracruz

NOTA: Hace casi veinte años el historiador Arturo Ernesto García Rodríguez me regaló por mi cumpleaños una impresión fotográfica que él hizo y viró del negativo original de un grabado donde se ve a Rubén Darío rodeado de gente bajar del tren en Teocelo (el poeta es el único con sombrero carrete). Fue mi primera noticia del hecho y ello me condujo a conseguir en ese año las memorias del poeta Por consiguiente éste va dedicado a Arturo Ernesto, y no sobra decir que con la querencia de siempre más la de hoy.

NOTA A LA NOTA: El Ferrocarril Interoceánico, que haría el trayecto entre el puerto y la capital del país vía Xalapa, incluyó el proyecto de un ramal que enlazaría a la capital veracruzana con Huatusco, pero sólo llegó hasta Teocelo. Ésta fue la segunda ocasión en que ello se intentó, porque desde el inicio del segundo tercio del XIX, cuando se proyectó la construcción del Ferrocarril Mexicano que enlazaría al puerto de Veracruz con la Ciudad de México vía Córdoba, se pensó en construir un ramal que iría de esta ciudad a Huatusco. Dada la enorme dificultad que representó atravesar la barranca de Jamapa, sólo pudo construirse dicho ramal hasta Coscomatepec, dejando a los huatusqueños en su eterno caminar de unas cinco horas —atravesando la barranca— para llegar a Coscomatepec y ahí abordar el tren, apodado Cucaracha porque era pequeño y zigzagueaba mucho, o andar unas seis horas, atravesando la barranca del Pescado, llegar a Teocelo y abordar El Piojo, apodo ganado a pulso por ser pequeño y lento. A propósito pueden verse John Greshan Chapman, La construcción del ferrocarril mexicano (1837-1880) (México: SepSetentas, 1975); Peter Rees, Transporte y comercio entre México y Veracruz, 1519-1910 (México: SepSetentas, 1975); Angelina Sedas Acosta, La vida de Manuel Sedas Rincón (Xalapa: Artes Gráficas Graphos, 2001), y Arturo E. García Niño, “Crónica de puerto, muralla y trenes… o de cómo llegó el ferrocarril y contribuyó a cambiarle el rostro a Veracruz”, Actas Latinoamericanas de Varsovia, 24 (2001), 81-95.

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