Sustentabilidad meridional

por Octavio Spíndola Zago *

El subalterno tiene la virtud, afirma Ranajit Guha, de cambiar los signos y sus significados culturales, de empezar a ejercer su poder epistemológico en el preciso instante en que transgrede su lugar asignado, de reconocer su agencia en la esfera pública sólo desde las narrativas contra-estatales y de la decolonización de su vida privada. Subalterno es todo lo que lo mortifica desde el cuestionamiento.

La homogeneidad, tecnología discursiva del poder occidentalizador, es aquella sensibilidad popular que no discute lo esencial y que presume identidad y transparencia entre signo y referente. La homogeneidad, y de paso la visión imperante en la historiografía y en la antropología, fue echada abajo estrepitosamente por la elaboración de teorías explicativas de la situación de atraso material y económico de las regiones del sur. La lógica de evolución del capitalismo dio lugar a un orden internacional compuesto por núcleos hegemónicos y periferias vinculadas por relaciones desequilibradas, pues los avances de los primeros dependieron de la explotación de recursos naturales y mano de obra de las segundas, cuya condición de subordinación obstaculiza su propio desarrollo, estancándolas en subdesarrollos (desde la lógica de la política moderna), como lo afirman Raúl Prebisch, Theotonio Dos Santos y Celso Furtado.

Como parte del compromiso de los países avanzados hacia el resto del mundo, la política primermundista —pronto asimilada por los tecnócratas autodenominados tercermundistas como Adolfo López Mateos en México o Juan Domingo Perón en Argentina y sus sucesores neoliberales— pronto adoptó la doctrina económica desarrollista de Richard Nixon, que privilegiaba el crecimiento económico sin importar la equitativa distribución, despreciando los objetivos sociales y el perfil humano del capital y el trabajo.

El crecimiento y la acumulación han sido las prioridades de la acción gubernativa en detrimento de la repartición del ingreso y del desarrollo humano. La lógica del emprendedurismo neoliberal es confiar a la tecnología el progreso y apostar por la “ciencia y desarrollo” ingenieril en las universidades, así como promover políticas que sigan ciegamente la técnica mecanizada a la naturaleza para aumentar el rendimiento y modernizar a las sociedades. ¡Vaya decepción al confrontar seis décadas de desarrollismo con 850 millones de personas en estado de pobreza! ¡Qué gran contraste es desmontar la política empresarial mercantilizante y dejar al descubierto una crisis ambiental (que algunos científicos buscan justificar como sistémica, sic) y los procesos de deshumanización radical!

Una milpa en Guatemala

Una milpa en Guatemala

Por supuesto que las innovaciones tecnológicas son importantes: no podemos hacer oídos sordos a las ideas de E.P. Thompson y dejarnos llevar por un neoludismo. Pero lo que realmente resuelve problemas sociales es la propia inventiva colectiva contextualizada. Así lo ha afirmado recientemente Henrietta Moore, directora del Instituto para la Prosperidad Global del University College London:

Es precisamente en respuesta a los problemas generados por este tipo de agroindustria —contaminación de los recursos naturales, aumento en los precios de los alimentos locales, problemas de salud, degradación de la tierra— que muchas comunidades en América Latina y el Caribe han hecho la transición a la agroecología. Combinando lo mejor de la ciencia, lo mejor de la agricultura tradicional y la igualdad social con acceso a la tierra, alrededor de 500 millones de personas están hoy en día involucradas en la agroecología [aquí está el texto completo].

La sustentabilidad debe ser entendida como una filosofía política y una forma de vida institucional ligada a la bioética con perspectiva de género, a la seguridad social universal, a una enérgica inversión social y a priorizar la ética empresarial, respetando los derechos humanos y promoviendo políticas públicas interculturales. Apostar a la sustentabilidad debe traducirse en una pedagogía del compromiso ambiental, es un acto de justicia para la ecuanimidad intergeneracional y asegurar mecanismos equitativos de distribución y acceso de la riqueza producida por los recursos naturales y humanos dentro de redes de solidaridad.

Una política sustentable necesariamente debe combatir la corrupción, la opacidad y la simulación que, además de ser costosas para las finanzas públicas, minan la confianza en el vínculo ciudadanía-instituciones. La vigencia de la ficcionalidad imperante en numerosos concursos y la discrecionalidad en el otorgamiento de licitaciones públicas estancan la posibilidad real de incentivar la innovación, desalientan la competitividad y socavan la operatividad eficiente de ideas novedosas por autores aun no descubiertos.

Las políticas entreguistas y desarrollistas de los funcionarios en turno, que no han dudado incluso en engrosar los penales con presos políticos y atentar contra patrimonio natural e histórico, han constituido 326 conflictos ambientales alarmantes en Puebla, Tlaxcala, Morelos y Veracruz, entre megaproyectos petroquímicos, mineros y de construcción. El centralismo es incluso tan tóxico como el desarrollismo; las causas sociales y la cultura sólo encuentran volumen en la ciudad de México. La historiografía misma registra ese fenómeno: como ha dicho Luis González, la historia de México es lo que se ha escrito del centro. Surrealista tendencia a hacer las cosas desde centros gravitacionales que poco o nada conocen de las realidades locales y regionales.

Las metrópolis siguen creciendo sin ton ni son, se aplican estrategias ya obsoletas, se mantienen debates superados y viciados, los estudiantes universitarios así como la intelectualidad académica se mantiene dentro de los cánones occidentales. Mientras tanto —por recuperar la metáfora de Eduardo Galeano— el sur sangra. Pero aún no está todo dicho, Latinoamérica, África y el Asia del Pacífico empiezan a hacerse eco en marcos conceptuales como la interculturalidad, la sustentabilidad propia y la economía solidaria. ¿Seremos capaces de oír al sur desde el sur?

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