por Wilphen Vázquez Ruiz *

Entre las preocupaciones que mantienen la atención constante de quienes formamos parte de este Observatorio de Historia está el pulsar la actividad de los egresados de la carrera de historia, lo que incluye la producción bibliográfica que estos mismos generan. Pero más allá de la sola producción, a este OH también le es particularmente significativa no sólo la cantidad de trabajos elaborados, sino también la calidad de los mismos y antes que todo, algunas cuestiones sobre la  autoría, sin duda aspectos centrales en el proceder ético-moral de quien no sólo ve en la historia una profesión, sino una forma de vivir y de pensar, es decir, una filosofía de vida.

A ese respecto los artículos que de manera recurrente nos ofrece el Dr. Pedro Salmerón, resultan por demás significativos al hablarnos no sólo de la calidad de los trabajos que merecen ser atendidos, sino también la falsedad o tergiversación que algunos autores han hecho de los procesos y de las figuras históricas. En ese tenor y en fecha reciente, el texto  que nos ofreció el Dr. Luis Fernando Granados resultó al unísono espléndido por su nivel de análisis y lo fundamentado de su crítica, como entristecedor también por los hechos que en él señala, al referirse tanto al plagio de ideas e investigaciones, así como a la supuesta autoría que se arroga un individuo al momento que una obra es publicada.

Durante una reunión entre los miembros de este OH, el tema formó nuevamente parte de la discusión e incluyó, esta vez, la situación de quienes en algún momento han prestado sus servicios de investigación a diversos “autores”, quienes omiten el crédito correspondientemente merecido,  no pagan lo justo y, más grave aún, hacen una tergiversación de las investigaciones que les son entregadas. Cabe mencionar en este punto que, con frecuencia, este tipo de “autores” ni siquiera son historiadores de formación. Debo aclarar que no pretendo defender la tesis de que para tener un pensamiento histórico es condición Sine qua non el cursar una licenciatura o un posgrado en dicha área del saber, ejemplos de ello hay suficientes. Pero esto dista mucho de aquellos “autores” quienes sacan ventajas leoninas de sus contratados y que, además, so pretexto de establecer y defender la tesis que propone su “autoría”, no hacen sino entregar trabajos que, –con las modificaciones adecuadas y las cuales sí responden a su puño, letra, pensamiento, palabra u omisión-, terminan siendo publicados con tirajes que, hay que reconocer, quizá serían la envidia de un profesional de la historia en toda la extensión de la palabra, pero esto pienso que se antoja difícil.

Trabajo pagado pero no reconocido. Realidad de muchos historiadores en ciernes. Foto: Urban360
Trabajo pagado pero no reconocido. Realidad de muchos historiadores en ciernes. Foto: Urban360

Por ejemplo -y he aquí un dato anecdótico- al igual que otros tantos egresados de la Licenciatura en Historia, llegado el momento tuve que enfrentarme a un mercado laboral ya desde entonces muy limitado y con remuneraciones escasas. En ese contexto, y con ciertas necesidades y anhelos económicos a flor de piel, una amiga muy cercana a su vez amiga de uno de estos “autores” me habló de un proyecto en el que por una investigación de quizá 15 o 20 cuartillas se podía conseguir una remuneración “buena” y que si ésta resultaba satisfactoria para el “autor”, abría la puerta para posibles nuevas “contrataciones”.

Mi amiga y yo aceptamos, y a fin de tener claros los detalles que pedía el “autor”, éste nos ofreció una cena en su casa. Recuerdo que la vista era espectacular pues se observaba parte de la Avenida Reforma así como algunos segmentos del Bosque de Chapultepec, y que las viandas eran exquisitas. Con maneras muy educadas y cordiales, el “autor” –en pocas palabras- describió las características que tenía su proyecto señalando que a final de cuentas, y asumiendo lo que el resultado final produjera –incluyendo las posibles críticas- sería él quien signaría dicho trabajo. ¿Cuál era el problema o la incomodidad que a mí y a la amiga quien me invitó nos provocó esto? Su visión de la historia. Me explico. Para él, resumiendo, las concepciones que fácilmente pueden descubrirse en sus libros se basaban -o se basan, pues sigue publicando- en que ya se trate de Díaz, Madero, Carranza, Obregón, Calles, Cárdenas o el personaje que sea, ubicado en el siglo XIX, XX y seguramente de lo que va del XXI, el móvil para sus decisiones obedecía a sus arrebatos carnales, a su deseo de poder o al hecho de que a final de cuentas su vida y obra lo retrataban como un traidor. No hace falta que explicite su nombre, más aún porque la experiencia fue tan mala que ni siquiera me atrevo a mencionarla en mi currículum.

Por supuesto, en la discusión tanto mi amiga como yo objetamos esta postura de manera educada, entendiendo que a final de cuentas aceptábamos dichas condiciones laborales pensando –equivocadamente- que ello podría tener alguna ventaja, amén de económica, curricular también. Así entonces, me entregué a las tareas encomendadas de las cuales destaco una que se refería específicamente al actuar de Venustiano Carranza –en tanto presidente de México y Jefe del Constitucionalismo- con relación a la cuestión petrolera.

Quiero pensar que el trabajo que realicé obedeció a los criterios de objetividad y claridad en la exposición y explicación de las ideas, así como de las conclusiones obtenidas, con los que fui formado en la Universidad Nacional. Algo debió salir mal, pues en varias ocasiones la investigación me fue devuelta al considerar que ésta carecía de la información requerida por el “autor”. Incluso  me sugirió que leyera un libro que, de acuerdo con su criterio, podría otorgarme las herramientas que me faltaban para que la investigación fuera exitosa, era un libraco de Miguel Alemán Valdés –ex presidente de México-, el cual versaba sobre la cuestión petrolera en nuestro país. “Debe ser una broma”, pensé. No era tal. Acometí con la mejor disposición el libro ofrecido e incorporé lo que a mi criterio podría ser útil –que en pocas palabras fue nada o casi nada- obteniendo el mismo resultado: el rechazo de la investigación.

Ante ya un buen número de “fracasos” traté de hablar con el “autor” a fin de saber qué quería que señalara la investigación y que, al parecer, yo había pasado por alto. Lo más que conseguí fue una llamada de su asistente quien me dijo que el “autor” (sic) “no veía la traición en el texto”. A ello repuse que le dijera al “autor” que yo había estudiado historia y que eso era lo que hacía, no novela barata. Supongo que por tal motivo nunca me pagó ni me puso en los “agradecimientos”. En venganza conservé el libraco aquél, mismo que se perdió en las profundidades de algún librero.

Volviendo al tiempo presente, por desgracia esto es algo que sucede con una frecuencia tan constante como ofensiva. No ahondaré en los aspectos que otros miembros del OH han desarrollado sobre el tema. Únicamente me atreveré a comentar algo y a imaginar una situación. El comentario radica en que este tipo de trabajos no dejarán de existir y que, tratándose de una persona con integridad moral y con respeto hacia la historia, ésta no tiene por qué ser una experiencia negativa para una persona recién titulada o en vías de serlo; incluso le puede brindar herramientas que a la postre deriven en una mejor formación como investigador e incluso como divulgador de la Historia; pero insisto, solamente si quien se ostenta como “autor” no cae en los abusos que algunos de los miembros de este OH han señalado profusamente.

En cuanto a la situación imaginaria, me pregunto si en alguna de nuestras más queridas y respetadas instituciones, como lo pueden ser la UNAM, la UAM, el Colegio de México, la Universidad Pedagógica Nacional, el CIESAS o cualquier otra, un “autor” como al que me he referido podría presentar su obra; o si reformulo la pregunta, ¿alguno de los profesores, de las investigadoras o investigadores de estas instituciones se prestaría a presentar y comentar un libro de manufactura semejante? La respuesta se ve reflejada en lo cotidiano.

1 Comment

  1. Catón y todos ellos (los cronistas sangrons) no se plantean este tipo de problemáticas entre metodología e historiografía académica, en realidad solo les ocupa vender y lo hacen muy bien. La historia que hacen ni siquiera se acerca a un trabajo de segundo semestre de Comentario de Textos. Ahora bien, los negros en literatura siempre existieron, Dumas explotó a Nerval hasta el cansancio y tampoco es para desgarrarse las vestiduras, no sé si el artículo quiso hacer una correlación entre explotación/martirologio/calidad, cosa que queda un poco difusa. Que los gatos follen con gatos y perros con perros, zapatero a tus zapatos. El punto acá es que dejar el asunto del plagio y/o deformación del conocimiento histórico en terrenos morales es estrecho, lo mejor sería que los especialistas se volcaran a fondo para producir sus propias conclusiones para divulgar el conocimiento histórico “como debe ser”. El historiador no está para dictar cátedra de valores o departir la mesa con arrogancia, sino para investigar el devenir de la res gestae. Entre más nos enojemos más se rien los nefastos tipo Catón. Para mi no existen, son basura, menos que bazofia, dedicarles tiempo es perder minutos de vida. Mejor callarlos vistiendo de frac, con la pluma… Sobre la última pregunta, ¿alguno de los profesores, de las investigadoras o investigadores de estas instituciones se prestaría a presentar y comentar un libro de manufactura semejante? mi respuesta sería; dicho sujeto ni siquera se tomaría en serio la interrogante puesto que tal libro a elaborar no sería siquiera historia. Como novela “barata” yo por supuesto aceptaría para evidenciar más aún más a ese pobre iluso que cree estar haciendo historia y un billete de más no caería mal. ¿Ya ven como no es cuestión moral?, es un acto de sabotaje desde adentro…

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