por Israel Álvarez Moctezuma *

Casi poético resulta el hecho de que afuera del recinto que en estos días alberga el blockbuster del verano del Museo Nacional de Arte se encuentre cubierto y abandonado uno de los mayores símbolos del poder regio en el Nuevo Mundo: la escultura ecuestre de Carlos IV. Como sabemos, justo a unos pasos, anunciada con bombo y platillo, se encuentra montada una exposición dedicada a mostrar las representaciones plásticas de los monarcas hispanos de los siglos XVI al XIX.

Compuesta con obras procedentes de diferentes museos alrededor del mundo, la exposición pretende mostrar al público las imágenes que conformaron la representación de ese ente complejísimo que fueron los reyes hispánicos y su monarquía durante el antiguo régimen. En realidad, la exposición se consume en un devaneo dedicado a ensalzar las figuras de los monarcas, sin mayor calado que el de mostrar la “majestuosidad” de las casas reinantes durante los años de gloria del imperio español. A pesar de sus aciertos —como la gestión de préstamos de algunas obras con el Museo del Prado o el préstamo de manuscritos de la Hispanic Society—, la exposición se queda corta en más de un sentido, pues trata su tema de forma confusa, fragmentada y banal. Victima de su propia ambición, la propuesta curatorial se difumina en un sinfín de rutas sin origen o destino claros.

Promocional de la exposición Yo, el Rey. La monarquía hispánica en el arte (Fuente: INBA)

La exposición, por ejemplo, se halla estructurada en “núcleos” que pretenden guiar al visitante por tres siglos de monarquía, pero que no guardan entre ellos puntos en común ni tienen un hilo conductor y cronológico claros. Cabe mencionar también las muchas erratas y confusiones que se hallan en las fichas informativas de las piezas y en las salas. Así, en la ficha inicial, en la que se busca introducir al visitante al tema de la exposición, se confunden conceptos fundamentales como monarquía, monarca, corona y reinos —traspié que da la impresión falsa de que se trata en todos los casos de una y la misma cosa.

Queremos sobre todo hacer hincapié en el discurso subyacente de la propuesta curatorial, a cargo de Abraham Villavicencio. Lo que muestra la exposición es una imagen secular, inmutable y monolítica de los monarcas, que no de la monarquía y menos de la corona (éstas brillan por su ausencia). La exposición ofrece un cuadro idílico de la “época de los reyes”, a los cuales vemos desfilar en sus múltiples retratos y representaciones metafóricas, con sus armas, insignias y pendones; desfile de galería que resulta inconexo, pues la muestra no brinda al visitante una guía cronológica, u otra cualquiera, que ayude a contextualizar todos aquellos adustos rostros engalanados de sedas y “ricos joyeles”.  Los diversos objetos mostrados tampoco ayudan mucho a explicar nada y parecen hallarse fuera de lugar y sólo estar para decorar las salas —como el intento de dosel y trono o la armadura de desfile de Felipe III (cuya ficha tiene, por cierto, erratas en su datación y cronología)—. Así, la exposición discurre casi tan sombría como el triste retrato de Carlos II en una colección de reyes cuyos nombres —todos Felipes y Carlos—terminan por crear en el espectador una imagen plana y obtusa, no ya de las monarquía hispánica, sino de los reyes mismos.

La muestra se concibe a sí misma ambiciosa y, sin embargo, termina por omitir varios aspectos fundamentales para comprender la complejidad de su propio tema. No se habla, por ejemplo, de las diversas y continuas crisis políticas, económicas o religiosas en las que se embarcaron los reyes hispánicos y sus reinos, cuya vocación absolutista y confesional apenas se asoma de entre las cortinas de terciopelo y los gobelinos. Tampoco se habla de su vocación expansionista y militar, mucho menos de los móviles religiosos y políticos que los guiaron y que, como han apuntado desde hace ya varios años historiadores como Geoffrey Parker o John Elliott, era lo que le daba sentido histórico, político y cultural al imperio europeo y ultramarino de los monarcas españoles. En este sentido, y pese a tener un par de salas dedicadas a la “Monarquía mesiánica”, tampoco se termina de señalar el papel fundamental de la iglesia hispánica como pilar de la monarquía toda. Por supuesto, se olvida el papel del rey como patrono de la iglesia, con todas las implicaciones políticas y culturales que de ello resultaba.

De igual modo, no se dice casi nada de ese otro aspecto que desde los siglos centrales de la edad media le daba sentido a la monarquía: la nobleza. Es cierto que se menciona en un apartado a la “hidalguía”, pero no se vuelve a tocar el tema y lo que se menciona, como buena parte de la exposición, resulta muy insuficiente a la luz de los tres siglos que se pretenden abarcar. Nada hay, asimismo, de esa parte de la nobleza hispánica que vuelta al servicio de la corona recibía el significativo cargo de virrey, es decir, un cuerpo distinto, un otro yo del rey, integrante de la misma institución. Lo mismo sucede con las reinas y consortes de los monarcas; olvidadas en su papel central dentro del sistema señorial: sólo aparecen como accesorias y pocas veces se recuerda su papel como mujeres reinantes.

Resulta, pues, que la exposición sirve para crear una imagen superficial, frívola y gris —pese a los vivos colores de la grana y el armiño— de una institución de tal impronta cultural e histórica. En cierto sentido, la condescendencia de la muestra cae en lo que Brenda Caro Cocotle ha señalado en tono irónico a propósito de las exposiciones de Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti en el Museo del Palacio de Bellas Artes: “se lo traemos al público mexicano porque, la verdad, su salario (si percibe) mínimo y minimizado jamás le permitirá hacer la fila en europa”.

Desconozco los motivos que haya tenido el curador para, a veces descaradamente, echar mano de exposiciones y reutilizar obras, argumentos y discursos curatoriales anteriores —pienso en Pintura de los reinos de 2011; Juegos de ingenio y agudeza de 1994; Los pinceles de la historia: El origen del reino de la Nueva España de 1999; El éxodo mexicano: Los héroes en la mirada del arte de 2010—. Intento fallido que al final resulta en un mélange confuso y trivial, una especie de revista Hola! de siglos pasados que contribuye a crear una imagen rosa y distorsionada de una parte fundamental de la historia del mundo hispánico.

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