por Bernardo Ibarrola *

Eran profesionales. Tenían información precisa y fiel, procedente de buenas fuentes de inteligencia. Iban a realizar un trabajo y lo realizaron. Iban a “darle piso” a alguien y lo hicieron. Impecablemente.

Tal vez eran tres. En cualquier caso al menos dos y, menos probablemente, cuatro o más. Entraron sin llamar la atención al departamento 401 de Luz Saviñón 1909 porque alguien les abrió la puerta. Por la buena o por la mala: o conocían a alguna de las inquilinas o habituales de ese departamento compartido por cuatro chicas o forzaron a alguien con llave a abrirles la puerta.

Entraron. Inmediatamente amagaron a los presentes. Sabían muy bien lo que iban a encontrar; que ahí nadie estaba armado ni tenía entrenamiento o práctica para enfrentar una situación así, para intentar defenderse. Mientras uno apuntaba, el otro o los otros amordazaban y maniataban. Cosa fácil gracias a la cinta industrial. Tal vez algunos empellones y bofetadas, pero nada de importancia. Ni un ruido fuera de lo normal. Ninguno de los variados acentos de la casa —había una cachanilla, una chiapaneca, una colombiana, una del estado de México y un chilango— pudo expresarse en un grito, en una súplica de ayuda o de clemencia.

Una vez neutralizados, separaron a todos. Dos en una habitación, otros dos en otra y la sirvienta —expresión de un clasismo inconsciente pero omnipresente— en el baño. Luego, la rutina: identificar con precisión al objetivo o los objetivos, o sea, a la persona o personas condenadas a muerte por la voluntad de algún jefe mafioso. Luego, entrevistarlo o entrevistarlos, seguramente delante de una cámara. En un primer momento esperanzar a la víctima si el objeto es obtener información; luego amedrentarla, primero por medio de amenazas cumplidas inmediatamente en el cuerpo del compañero de suplicio (golpes, vejaciones, ropas arrancadas, violación) y luego en el propio. Todo en silencio. A la vista de la otra víctima, del victimario, del vigilante o los vigilantes que permanecen en los umbrales de los cuartos.

Rubén Espinosa (9 de julio de 2015) hablando de las razones que lo llevaron a salir de Veracruz (Fuente: Rompeviento TV).

Luego de las entrevistas, las ejecuciones. Realizadas todas por una sola mano, la más experta, la que tiene más experiencia en esos menesteres. Acaso rápidas para los que les tocó morirse por estar en lugar y momento equivocados (la cuarta roomie llegará un poco más tarde); sin duda más cruel y lenta —tal vez grabada— para el o los condenados. Sujetar a la persona, tenderla bocabajo en el piso o en una cama, ponerle una colcha o un cojín en la nuca, pegar el cañón de la pistola, disparar. Hacer lo mismo con el compañero o compañera de cuarto. Pasar a la otra pieza. Repetir la operación. Todo en unos cinco minutos.

Luego, la deliberación en la sala. También “darle piso” a la sirvienta que está en el baño. Mientras el matarife mayor lo hace (a ella no la tira, simplemente le ordena que pegue su cara a un muro), los demás terminan de hurgar en el departamento. Se llevan computadoras, cámaras, celulares, dinero en efectivo, alguna otra cosa que les llame la atención.

Apagan las luces. Salen. Cierran la puerta. Disimulan sus armas. Bajan. Llegan a sus transportes (¿un automóvil, una motocicleta, una motoneta?). Los abordan y se pierden por la ciudad. Ningún vecino escuchó nada.

Horas después, a pocos kilómetros de ese barrio clasemediero y sin pretensiones que es la colonia Narvarte, los que participaron en el “jale”, reciben su paga. Luego de revisar las grabaciones y de recibir computadoras y celulares, el contratista mafioso les paga. ¿Cuánto recibe cada uno? ¿Dos mil, tres mil, cinco mil pesos? El jefe de grupo tal vez diez mil. No más.

Cada uno se va con su dinero, que tendrá destinos diversos: un escondite en una casa pobre, una cuenta bancaria, el pago de una deuda urgente, la cuenta de una francachela. Esa madrugada todos tardarán mucho, muchísimo en dormir. Llegarán a su mente imágenes perturbadoras que cada uno ahuyentará como pueda. Tendrán miedo, pero no de la policía ni de la justicia, sino de que alguien, por alguna razón —la que sea—, ordene a otros como ellos que a su vez les den piso.

Malditos.

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