por Octavio Spíndola Zago *

El punto más frágil, axiomático y sensible de la esencia humana es la sexualidad, como aparato de verificación, como mecanismo de poder y como elemento constitutivo identitario. En su Historia de la Sexualidad (Tomo 1: La voluntad de saber) Michel Foucault repasa la noción clínica y social que la sociedad ha registrado hacia la sexualidad: de los simposios griegos y el sexo como parte de la vida sin tapujos; en el cristianismo medieval el sexo era considerado un pecado cuando no se orientaba a la reproducción en matrimonio, pero necesario, razón que justificaba la permisión de la prostitución; la liberación carnavalesca renacentista a los ojos de la Iglesia; hasta llegar a la monótona moral de la burguesía victoriana.

El encerramiento, el enmudecimiento y la restricción pudibunda del sexo que hoy aprecian ciertos sectores sociales no es heredera del código ético medieval, sino de la laicización de la sociedad y el robustecimiento del Estado nacional decimonónico, escribe Foucault: “Tanto en el espacio social como en el corazón de cada hogar existe un único lugar de sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba de los padres.” La psiquiatría y la medicina catalogan, entonces, la homosexualidad como enfermedad y los gobiernos la ven como una seria amenaza a la moral pública, que debía ser curada o exterminada a toda costa.

La emblemática figura del Dr. Jekyll, protagonista de la novela de Robert L. Stevenson, es el símbolo perfecto de la sociedad victoriano-napoleónica con sus dobles discursos y su rigurosidad legal (la obra Les Miserables es una aguda crítica en este sentido). Y se mantiene saludable hoy en día (no olvidemos a los panistas fervientemente católicos y celosos cuidadores de la familia, gastando el erario público en fiestas con un bufet gourmet de sexoservidoras).

La directora general de Estudios, Promoción y Desarrollo de Derechos Humanos del Tribunal Superior de Justicia de la Nación, Leticia Bonifaz, anunció el 19 de junio que en fechas próximas se publicará la jurisprudencia procediendo en favor de los derechos de la comunidad LGBTTTI, decretando que son inconstitucionales los Códigos Civiles de los estados que consideran únicamente al matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, o cuyo fin último es la procreación.

Una historia de la legislación no-heterosexual en México es amplia y bastante matizada. Sin duda, después de la reforma al Código Civil del DF que reconoce la validez jurídica de los derechos transexuales, éste se propone como un segundo escalafón histórico para los derechos LGBTTTI. A pesar de que la OMS desapareció el 17 de mayo de 1990 el concepto de enfermedad mental con que se mantenía clasificada la homosexualidad, detonando la celebración del Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia, “sin embargo se mueve”, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos reporta 91 homicidios diarios por odio homofóbico desde 2009; en el mundo árabe y ruso ser no-heterosexual es un atentado a la legalidad y a la doctrina de fe que debe ser sancionado incluso con la pena máxima.

La lucha no debe sólo revestirse con los carices de procesos jurídico-administrativos e incitar iniciativas políticas, sino fundamentalmente estimular cambios de mentalidad a largo plazo, desafiar el statu quo con una rebelión sexual que abra los horizontes para percatarnos de la plasticidad de las corporeidades y desactivar la violencia de definiciones políticas con las que nos han acostumbrado a vivir, parafraseando a Beatriz Preciado.

Reivindicar derechos en sociedades conservadoras. Marcha de la diversidad en la ciudad de México, 2015. (Foto Notimex)
Reivindicar derechos en sociedades conservadoras. Marcha de la diversidad en la ciudad de México, 2015. (Foto Notimex)

Por ello resulta tan trascendente el mensaje de Francisco respecto a que es deber de la Iglesia encontrar un espacio fraternal para los homosexuales (sin comprometer la doctrina católica de la familia) y reconocer los aspectos positivos de las parejas del mismo sexo. En el mismo camino transita la campaña del activista francoargelino gay musulmán seropositivo Ludovic-Mohamed Zahed, fundador de la primera mezquita incluyente en París que declara: “la homofobia y la misoginia no son inherentes al islam, sino fruto de las interpretaciones patriarcales que de esta tradición ha prosperado.”

La responsabilidad central del Estado laico y “moderno” es tomar cartas serias en la necesidad de orientación sexual e identidad de género en los programas educativos, promover campañas de sensibilización real y hacer comprender a la sociedad que “no hay libertad política si no hay libertad sexual. Nadie será libre, hasta que todos seamos libres”, tal como se lee en la convocatoria emitida por el Comité IncluyeT para la XXXVII Marcha del Orgullo LGBTTTI.

¿Y nosotros? Las universidades continúan reportando serios casos de violencia de género, impera una actitud machista y un ambiente homofóbico en numerosas instituciones y publicaciones. El caso de Juan Pablo Castro, miembro de las juventudes fascistas, perdón panistas, o la impresentable Comisión para la Familia y el Desarrollo Humano, son evidencia de que los mexicanos tenemos mucho trabajo que hacer para lograr una sociedad sinceramente incluyente e igualitaria.

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