por Aurora Vázquez Flores y Luis Fernando Granados *

Desde hace casi tres meses, el gobierno de la república está claramente empeñado en “cerrar” el caso de la desaparición forzada de los 43 de Ayotzinapa. Lo intentó primero el 7 de noviembre, cuando el procurador Jesús Murillo Karam esbozó la hipótesis de su asesinato e incineración en el basurero de Cocula. Lo hizo de nuevo el martes pasado —de manera más enfática y grosera—, cuando pretendió establecer la “certeza jurídica” y la “verdad histórica” de su versión de los hechos, sin haber añadido gran cosa a su batería de pruebas y sin haber solventado las muchas objeciones (técnicas, logísticas, forenses) que se le han hecho.

Tanto o más que su comentario al final de la conferencia del 7 de noviembre —el famoso “ya me cansé”—, las torpes, malintencionadas afirmaciones de Murillo Karam el 27 de enero pintan de cuerpo entero la actitud del gobierno respecto del crimen de Iguala y la movilización popular que éste produjo. Ésta es la verdad histórica, dijo el procurador. Por supuesto, quienes nos dedicamos a la producción, discusión y circulación de conocimiento histórico nos sentimos directamente interpelados. Pero lo verdaderamente grave de que Murillo Karam pretendiera revelarnos “la verdad histórica” no es su tremenda ignorancia acerca de nuestro quehacer, sino su intención política, su invocación de la historia para mostrar los dientes, el ímpetu autoritario de un régimen que se autoproclama como el único productor válido de conocimiento histórico.

De ahí a afirmar “la historia soy yo” sólo hay un paso. Porque el estado mexicano nos está diciendo que en la historia sólo existe una verdad, construida con base en evidencia científica (de la cual, por cierto, no hemos visto nada al respecto en las investigaciones) e irrefutable (para lo cual tendríamos que ignorar los señalamientos sobre la inverosimilitud de la versión oficial), que además, claro, ha sido producida por él mismo. Se trata, en conclusión, de la apropiación estatal de la construcción social del conocimiento, y aun de la memoria, pues hasta intenta dictar cómo debemos recordar lo sucedido.

Jesús "el Tucídides" Murillo Karam, el 27 de enero, 2015
Jesús el Tucídides Murillo Karam, el 27 de enero, 2015

¿Por qué la insistencia en “resolver” en los medios lo que —en el mejor de los casos— la PGR apenas está argumentando ante los tribunales? (En el mejor de los casos: esto es, si la procuraduría no obra con la misma eficiencia que respecto de la mayoría de los crímenes cometidos en el país, que no son juzgados en definitiva.) Seguramente por la magnitud y la naturaleza de la octava jornada de acción global por Ayotzinapa, que frustró la esperanza gubernamental de que la movilización social de los últimos meses se esfumara con las fiestas de fin de año. En efecto: tras lo ocurrido el lunes 26, notablemente en la ciudad de México, apostarle al desinterés ya no puede ser la pieza clave de su “estrategia”; ahora intenta imponer el olvido.

Lo más interesante de las marchas del lunes pasado fue su composición social. Por una parte, muchas de las miles de personas que salieron a las calles lo hicieron sin un referente de organización, probablemente más que en ocasiones anteriores. Por el otro —lo que es todavía más significativo—, entre las organizaciones que sí estuvieron presentes destacaran las sociales y sindicales: decenas de organizaciones campesinas, del movimiento urbano popular y sectores democráticos del movimiento obrero como la Nueva Central de Trabajadores (impulsada por el Sindicato Mexicano de Electricistas) y otros no tan democráticos como la Unión Nacional de Trabajadores (que agrupa a sindicatos como el de Telmex y el de la UNAM), que salieron a manifestarse junto con esas miles de personas sin militancia clara y asumieron labores de organización para garantizar las movilizaciones. Aunque fue notable que el movimiento estudiantil lograra en las últimas semanas mantener núcleos organizados en los planteles, que realizaron actividades nada despreciables para un sector que no se moviliza en vacaciones, lo cierto es que el lunes pasado las escuelas fueron incapaces de conformar los enormes contingentes que vimos durante octubre y noviembre.

Así, más que un gesto simplemente perverso —que lo es—, en el intento de olvidar y que olvidemos la suerte de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos cabe ver una nueva muestra de la debilidad y la incapacidad del gobierno, y un nuevo indicio de que la crisis por la que atraviesa el país requiere más movilizaciones y más organización. Sobre las pretensiones historiográficas de Murillo Karam, nuestra única sugerencia es que le pregunte a Luis Echeverría, o a Carlos Salinas, o a Ernesto Zedillo, o a Vicente Fox, o a Felipe Calderón —porque están vivos, no porque se distingan de la inmensa mayoría de los gobernantes de éste y casi todos los países— cómo les fue con aquello de fijar la “verdad histórica” de sus actos de gobierno.

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